La Soledad del Nadador de Fondo: sobre un relato de John Cheever

John Cheever | Vía: Archivo Arana
John Cheever | Vía: Archivo Arana

Aunque la idiosincrasia del héroe de la novela norteamericana, a lo largo de toda su existencia, haya sido tan alabada como desmitificada, es a partir de finales de los años cincuenta, cuando nace -en contraposición al personaje casi mítico, que sale airoso de su hero’s quest– el antihéroe. Por lo general, así es como se ha comportado el personaje principal de la historia literaria en Estados Unidos de los últimos sesenta años.

En The Swimmer[1]CHEEVER, John. 1978. «The Swimmer», en The Stories of John Cheever. New York: Alfred A. Knopf, pp. 603-12 (todas las traducciones son nuestras), el relato de John Cheever, Ned Merrill se embarca en un viaje por todas las piscinas del condado, hasta regresar a la realidad. Perdidas ya la claridad y la capacidad comunicativa, el universo que descubre Ned -en cada viaje catártico que supone atravesar una piscina- es una suerte de sinfonía desconcertante de la vida actual, irreal e imposible. La prolongación del american dream que podría suponer ese viaje termina, de súbito, chocando con esa realidad, cuando el (anti)héroe llega a su casa.

Al término de la representación que ofrece Cheever de los suburbios de clase alta de la Costa Este, su paleta de colores ha terminado por enturbiar el, en principio brillante y alegre, boceto del principio. Cuando comienzan viaje y relato, cada patio tiene una reluciente piscina, donde la gente ríe y disfruta del jolgorio, bebe sin mesura y sobrevive gracias a las empresas de catering y los camareros. Este es un mundo de lujo, parece decirnos Cheever, fácil y tranquilo. Pero no tarda en enturbiarse tal panorama ficticio, pues, en muchos sentidos, a pesar de esta descripción idílica en la historia, hay un sentido autoral obligado para alterar la felicidad desde la misma homogeneidad patente.

Precisamente porque cada casa tiene una piscina y todo el mundo es igual (rápidos y eficaces para entretener, lo mismo para ofrecer bebidas y charlar), empero, el proceso natatorio de Ned sí que varía, y se convierte en lo contrario del jolgorio irracional que se vive allí. Hay un lado oscuro en este supuesto paraíso suburbano, en el que algunas piscinas están vacías, otras turbias en exceso, y llenas, por último, de productos químicos. De ahí en adelante, los residentes se hacen cada vez más hostiles y así, el tramo final del viaje de Ned es simbólico de su nado hacia la turbiedad del fondo, más allá, en efecto, de la superficie brillante y alegre de los suburbios. Nótese que, aunque la casa de Ned está orientada hacia el sur, él toma la decisión de ir al suroeste, alcanzar su casa «por el agua»[2]Ibíd., p. 602, y toma la forma de una figura legendaria[3]Ibíd., p. 604. Casi podemos hablar de un Leviatán postmoderno. Es, en efecto, parte del delirio, en forma de stream of consciousness, de un alcohólico.

Cuando el nadador llega a su casa después de recorrer todas las piscinas de las urbanizaciones colindantes, recibe el terrible mordisco de la realidad. Durante todo el camino, se ha ido haciendo más patente que el agua, simbólicamente, ha salido de las piscinas, vaciándolas, y se ha transmutado en el agua de la tormenta que cae. La casa es tan inaccesible, comprueba Ned Reilly, como el mismo sujeto. Inaccesible, pero existente, por último. Ned está hecho añicos, tanto física como metafóricamente. Por fin lo sabemos: el nadador perseguía la búsqueda de un origen que se convierte en vacío. Rodeado de una cuadrícula de piscinas y un centro de absoluta vaciedad. Más que un arco narrativo lo que hay es una línea geográfica con una elección histérica de la naturaleza como objeto de deseo incompatible.

La naturaleza ha tomado y asediado las propiedades de Ned: las puertas del garaje presentan manivelas oxidadas y contra su casa, la tormenta ha estrellado un caño de desagüe. La naturaleza no es compatible con Ned ni las estructuras humanas, y cuanto más se aproxima el nadador a ésta, más queda separado de otros humanos y exhausto físicamente. La naturaleza como elemento inaccesible es lo Real, diría un lacaniano. Al principio, la naturaleza significó vida; al final, envejecimiento y muerte del individuo, al menos desde un punto de vista espiritual. Ned empieza joven y vigoroso y casi acaba ahogándose en una de las piscinas. El día han sido meses y años. Las hojas caen en el otoño de un supuesto verano. La línea de piscinas no es sólo espacial sino también temporal: Ned nada a través de su pasado hacia el horror innombrable de un presente no refractario, y es esa cualidad precisamente el propio espacio vacío que encuentra el sujeto humano cuando busca su origen y solo halla naturaleza sin estratificar.

Ned experimenta, así, más nociones sobre su verdad y todo ello, combinado con su rechazo, está dañándole. Le vemos llorar, incluso, al darse cuenta de que «había nadado mucho tiempo, permanecido inmerso mucho tiempo y la nariz y la garganta estaban doloridas del agua»[4]CHEEVER, Op. Cit., p. 612. El momento de la terrible verdad llega ahora, cuando ha trascendido los límites de lo extramatrimonial –la casa de su amante está casi al lado de la suya-, la fatiga le impide nadar en la piscina de los Gilmartins y casi se ahoga en la de los Clyde. Ned ya no es un hombre como lo era al principio y el concepto de masculinidad se ha perdido: los hombres se lanzan sobre la piscina mientras él, de forma muy simbólica, opta por las escalerillas.

Llega a su casa, y encuentra moho en sus propias manos: se ha conducido él mismo a la ruina, y por eso no siente nada por el triunfo conseguido.[5]Ibíd., p. 612 Su familia ha desaparecido y la tormenta a la que se dirigió voluntariamente ha desprendido uno de los caños de desagüe, que cuelga sobre su puerta, bloqueando la entrada. Ni siquiera es capaz de recordar que hace tiempo que dejaron de emplear criada y cocinera. Su futuro es el vacío más absoluto -lo ha sido siempre- sólo que él lo había olvidado. Lo que hace de The Swimmer un prodigio único en la narrativa corta norteamericana es que, aunque Cheever apunta una realidad que comienza a desvanecerse cerca del final, tal vez esta representación posterior del fasto suburbano, de la «parcelización» sobre la que asienta el espíritu fundacional de los Estados Unidos es, por triste que resulte, el trazo más realista del cuadro original pintado por el narrador al comienzo.

La historia de Norteamérica misma está escrita en torno al papel del pilgrim que arriba a una tierra desconocida, al explorador que se establece, y, en contraposición a la realidad de éstos, los fundadores del país, que se ven al final como americanos y no como colonizadores extranjeros. El caso de Ned Reilly es justo al contrario: nunca deja de ser un explorador, un extraño, de hecho continuará hasta el final viéndose a sí mismo como tal. Así es que explora una piscina tras otra, vuelve a la fase traumática del nacimiento, descubriendo, además, que el mundo no es el útero acogedor que percibió tiempo ha. Sin embargo, tampoco puede hablarse de peregrinación negativa, pues se hace en aras de la verdad. No es que este antihéroe de Cheever nazca de las aguas uterinas, sino que renace, hasta llegar a la puerta misma de su hogar, que ha dejado de serlo, que está vacío y abandonado, como está, por último, el sueño americano, tan perseguido como fallido. Navegar mares prohibidos, dice Pérez Gállego, ha sido la dinámica de la literatura norteamericana, en definitiva, el viaje hacia una hipótesis.[6]PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1978. Navegar Mares Prohibidos. Madrid: Cupsa, p. 26

Lo que era Arcadia paradisíaca, por tanto, se convierte así en lugar ominoso y cerrado. El jardín queda imparcial, lo que cuenta es la calma vegetal, natural, como telón de fondo falso, que siempre oculta algo. Los ecos de Dante, para quien el viaje mismo es digno de castigo, resuenan a nuestro alrededor, impetuosos y sin piedad alguna. Es el despertar de Ned, al final, el que nos renueva el interés en las contradicciones negativas de la literatura norteamericana de mediados del siglo pasado. Su viaje dantesco tiene cualidades de onirismo negativo, y esa isla/útero/piscina a partir de cuya separación y desprendimiento -la conclusión del relato, frente a su propio hogar- le aportará un simple extracto de la realidad. La ruptura con el resto es el símbolo del aprendizaje del mundo, tan necesario como cruel. Puede que Ned Reilly haya estado soñando con un deseo durante todo el relato. Así, su inmersión acuática sería la fase más profunda del sueño que, de pronto, se ha transmutado en un paisaje restringido: lo Real.

Dice Alfred Kazin, en referencia a Cheever, que «América era todavía un sueño, una fantasía, y que, en sus mentes, estos americanos colonos seguían en su camino hacia la Tierra Prometida».[7]KAZIN, Alfred. 1973. Bright Book of Life: American Novelists and Storytellers From Hemingway until Mailer. Boston: Little, Brown Company, p. 111 Ned emerge, incluso se humaniza, llora por vez primera en su vida.[8]CHEEVER, Op. Cit., pp. 611-12 La piscina, suburbanidad dolorosa, se ha transmutado en un espacio cerrado, donde los actos quedan reducidos, la palabra no sirve y el progreso del héroe es imposible. Sumergiéndose en el agua, Ned Reilly ha entrado en el vasto universo del todo. Eso conlleva, como vemos, el peligro de un mundo desordenado y amenazante. Como si fuera un mar homérico, entrando en el oleaje etílico y, en principio calmado, de una piscina, el cuerpo se pone en riesgo y Ned se invita a su propia desorientación (de ahí el contexto onírico al que hacíamos referencia antes). Reilly es un resistente heroico, y para nadar requiere darse un elemento extranjero, de diferencia.

Son aguas hostiles no por lo que contienen, sino por lo que anida fuera. El peligro para los límites mortales de la fuerza está en su mismo hogar. Ned Reilly es el pilgrim de la alienación y del vacío. Cheever ha escrito el viaje de toda una vida en un día, y es en el curso de ese periplo acuático en el que su personalidad se endereza y las heridas se reabren. Ha fabulado sobre una Odisea que deja en un estado lastimoso y realista el barniz de la América burguesa, sus engaños, sus hipocresías. Para la llegada, la soledad, el desconcierto.

John Cheever, nos cuentan en su biografía, encontró en sí mismo y en su ambiente cercano la inspiración para el extraordinario relato escrito en 1964. Cheever tiene resaca y decide atravesar su piscina. Entonces toma conciencia sobre su propia apariencia juvenil en un cuerpo fatigado por la cincuentena y los excesos. «Aún se lanzaba -dice su biógrafo- a piscinas heladas con vigorosa inconsciencia, se emborrachaba cada vez que le daba por ahí y siempre estaba dispuesto a salir corriendo» . Parece, en efecto, decepcionado él mismo como autor, y le cede a Reilly la capacidad de ser su trasunto. Insiste Bailey, el biógrafo, «no sólo el Yo narrador estaba destrozado, sino también el Yo John Cheever».[9]BAILEY, Blake. 2010. Cheever: Una Vida. Barcelona: Duomo, p. 363 Muestra unos compañeros de falsa normalidad que no aceptan al nadador como uno de los suyos.

No sabemos, al final, si es Ned el marginal o lo son los otros, pero sí podemos notar las cicatrices que se adivinan en el cuerpo y mente de Merrill, aquellas que dejó el sueño americano. Cada piscina, cada casa, cada encuentro revelan una parte de su vida, deformada por él y por los otros. Esta obra maestra, zambullida en el malestar metafísico de su época, es una Odisea anti romántica de un héroe desmitificado y que fluctúa entre las aguas, nunca mejor dicho, del mundo real y del mundo ficticio. La narración comienza in medias res, entre los vapores del alcoholismo patente en el personaje y el simbolismo casi épico de la atmósfera naturalista en la que participa. No se trata sólo de una historia realista y moderna, sino de algo que va más allá. Ese viaje, si supusiera como tal un plano realista, sería también de regreso y no sólo de huida. Por tanto, volver podría ser una solución, pero resulta improbable: Ned tiene que llegar a la extenuación y al horror de esa casa en la que se enfrenta con la pérdida, una pérdida que resulta inconcreta y terrible.

A Ned se le advierte, mediante signos, de su ridículo y de sus problemas, pero los ignora. La realidad, decíamos, le golpea, le hace inconexo con su misma vida, y al fin, está solo. Este relato tiene mucho de fábula, como historia del recorrido de un hombre por la vida que es, aunque se lleve a cabo en el transcurso de un día, mostrando sus intentos de aferrarse a la juventud, la virilidad y la felicidad. Querer aferrarse a las hermosas, románticas esperanzas e ilusiones de antaño, como pretende Ned le convierten en partícipe exclusivo de otra tragedia americana por excelencia. Aquí es donde incluso adquiere el relato de Cheever tintes de morality: el nadador ha recorrido toda América, a través de sus piscinas.

Y, al igual que zambullirse en un río entraña peligro, Ned, el antihéroe de toda una generación, consigue salvarse al ser arrastrado -no hacia una cueva, como en algunas fábulas- sino hacia su misma casa, hacia su misma soledad. Está solo, sí, pero quizás se haya salvado, entre tanto complaciente desaliento burgués. Ned Merrill ha protagonizado toda una poética de la desidia. Es el símbolo auténtico de esa Lost Generation que, aún hoy, simboliza Norteamérica.

Título: «El Nadador», en Cuentos Completos
  • Autor/es: John Cheever
  • Editorial: RBA Libros
  • Nº de páginas: 1088 (907-23)
  • Encuadernación: Tapa dura

Referencias   [ + ]

1. CHEEVER, John. 1978. «The Swimmer», en The Stories of John Cheever. New York: Alfred A. Knopf, pp. 603-12 (todas las traducciones son nuestras)
2. Ibíd., p. 602
3. Ibíd., p. 604
4. CHEEVER, Op. Cit., p. 612
5. Ibíd., p. 612
6. PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1978. Navegar Mares Prohibidos. Madrid: Cupsa, p. 26
7. KAZIN, Alfred. 1973. Bright Book of Life: American Novelists and Storytellers From Hemingway until Mailer. Boston: Little, Brown Company, p. 111
8. CHEEVER, Op. Cit., pp. 611-12
9. BAILEY, Blake. 2010. Cheever: Una Vida. Barcelona: Duomo, p. 363
Daniel Arana

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