La rendición de Granada, de Francisco Pradilla

Francisco Pradilla y Ortiz

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Dentro de unas semanas, con motivo del día de Andalucía,  volverá el tole-tole de cada año y el Alto Ignorantazgo patrio meneará a sus bases refanfinfladoras para que se echen a la calle a eructar imbecilidades y topicazos desde la más profunda ignorancia, esa que los caracteriza. Aseguran los primates en cuestión que hay que pedirle perdón al ISLAM (así, en general) por haber tomado Granada hace  más de 500 años. No sé qué tienen los Reyes Católicos, que para quien no los ha estudiado más allá de las chuletas que se apuntaban en los codos cuando la educación básica ejercen todavía hoy, cinco siglos después, un increíble magnetismo hacia la idiocia y la tontucia. Porque estos mismos bípedos no sugieren en ningún caso que el gobierno de Italia se disculpe ante Francia por los desmanes de Julio César en las Galias; será por no inmiscuirse en asuntos exógenos. Por supuesto, tampoco sugieren una disculpa formal por parte del Islam por haber invadido la Península desde Ceuta. Y de Gibraltar directamente no hablan. Es, válgame la comparanza, como cuando un antitaurino defiende el aborto libre.

A lo que vamos, que ahora hay una exégesis con el temita de la toma de Granada. No por la de Sevilla, ni por la batalla de las Navas de Tolosa, ni por las campañas de Jaime I. ¿Por qué Granada? Imagino que por lo simbólico y por lo que vino después. Pero ¿saben estas personas qué fue en realidad lo que vino después? Digo más, ¿saben algo de lo que había estado ocurriendo antes? Lo dudo. Para eso hay que leer un mucho y estudiar un poco. Para ambas cosas es necesario forzar la retina más allá de la pantalla del esmartfon.  El argumentario es tan simplista que la novedad residiría en que un día uno de ellos saliese disertando sobre la revuelta de los Macabeos contra Antíoco IV Epífanes, con posicionamientos a favor y en contra de Matatías y sus tres hijos, Juan Macabeo, Jonatán y Simón. Mucho pedir, lo sé. Y es que, tratándose de los moriscos, lo mismo que si se trata de la guerra civil del 1936 (la última que conocemos) o de acontecimientos del siglo XIX, no se podrá nunca dejar de tener en cuenta los elementos pasionales e incluso irracionales implícitos que no se sostienen ante la explicación histórica razonada. Sin ir más lejos, resulta a veces irritante la lectura de muchos textos que circulan por ahí de españoles y foráneos en los que se da inmensa cabida al estudio de las ideologías encontradas y juicios de los políticos y no se describen y mucho menos analizan las pasiones desenfrenadas como tales. El fanatismo juega con lo económico y lo económico juega con el fanatismo. Y la fuerza de un impulso numinoso, unida a opiniones y criterios lentamente extendidos o difundidos, como los de pureza e impureza, buena y mala casta, etc… producen una situación explosiva nos guste o no. Y eso es tan aplicable para el pasado como para el presente, lo que sucede es que en el presente de cada época nadie se da por aludido. La Historia vieja, de temas viejos, exige también tener clara idea de las ideas viejas, por repulsivas que nos parezcan, para no seguir cayendo en los viejos errores de siempre. A eso nos dedicamos los que estudiamos Historia de verdad, sin periodismo.

Resulta sorprendente, no obstante, la enorme presión que ejercen sobre la vida individual juicios y prejuicios a la hora de opinar sobre temas que no se dominan. Lo que en tiempos de los Reyes Católicos y Boabdil tenía la religión de político ahora lo tiene la política de religión. Y eso es ante lo que estamos: una nueva religión, una fe, un credo para un grupo social amalgamado que no se cuestiona sus creencias, a menudo paroxísticas —¿para qué? Ya me han enseñado que aquel que no opine lo mismo que yo es un facha de provincias—. Con respecto a los moriscos, sabemos mucho sobre la Reconquista y lo que sucedió en los 100 años siguientes a la toma de Granada. Y sabríamos mucho más si no estuviéramos tan ensimismados con la documentación española. Figuras curiosas de moriscos actuaron, por ejemplo, en la Francia de Richelieu. Por ejemplo, estoy seguro de que mucha gente opina o cree o piensa que fueron los Reyes Católicos quienes expulsaron a los moriscos. ¿Cómo explicarles que la expulsión fue en realidad producto de una religiosidad especial, la del tiempo de Felipe II y su hijo, y dentro de esta religiosidad, un aspecto de ella condicionado por luchas y antagonismos seculares y por situaciones que podrían llamarse geoestratégicas? ¿Cómo explicarles hasta qué punto parte de la nobleza y del clero del siglo XVI se opusieron a dicha expulsión durante décadas y que fue gracias a su intercesión que ésta no tuvo lugar antes? ¿Cómo hacerles entender que el morisco, dentro de una monarquía cristiana podía usar, y de hecho usó, de una estrategia en sus relaciones con turcos y berberiscos, con franceses e ingleses para sabotear el Estado desde dentro, del mismo modo que el funcionario filipino[1]Filipino de la corte de Felipe II, entiéndaseme., fuera religioso o no, usó otra?

Los que reniegan de la Reconquista tienen, amén de una idea bastante sesgada y caprichosa, oportunista y necia de su propia Historia, una imagen ciertamente romanticona y moñas del califato de Córdoba primero y de la corte nazarí después, no distinguiendo las más de las veces una de otra y no sabiendo que ni siquiera fueron contemporáneas. Hacen estas personas litigantes y justicieras mucho uso de las palabras coexistencia y convivencia, oxímoron de su propio ejemplo, pues es un término que no practican. Con la palabra coexistencia parece quererse expresar comúnmente el hecho de que dos o más naciones, estados o sociedades vivan simultáneamente, aunque muy separados entre sí. La convivencia resulta algo más estrecho dentro de las relaciones humanas. Convivir es vivir juntamente con otro, y, por lo tanto, dentro de una comunidad mayor o menor de intereses y obligaciones. La mera coexistencia política hace desplegar un juego de relaciones diplomáticas y puede concluir en luchas inexorables y hasta guerras internacionales (lo que tenemos en Oriente Medio desde hace 5000 años). La convivencia se rompe más frecuentemente por revoluciones, luchas civiles y demás, producidas casi siempre por discrepancias internas (lo que tenemos en España cada 70 años desde hace 300). La derrota infligida a un estado termina a veces con un régimen de coexistencia secular. Pero no con la convivencia, por forzada y desagradable que sea —que se lo digan a palestinos e israelíes—. Esto fue lo que ocurrió cuando los Reyes Católicos deshicieron el último estado musulmán peninsular. El reino de Granada, desde su fundación hasta 1491 vivió dotado de personalidad política propia frente a los reinos cristianos. Mas, una vez destruido, los elementos que lo integraban pasaron a ocupar un puesto distinto, una situación equívoca. Pero es que el de Granada era un estado que ya había nacido en situación de inferioridad y que siempre había vivido dentro de la estrechez y el ahogo, pagando tributos (parias) y buscando amparo aquí y allá. Un problema agudo fue siempre, por ejemplo, el de la saca, es decir, el de la exportación, dificultada doblemente por la naturaleza de su frontera con los países cristianos y la lejanía relativa de los territorios musulmanes africanos. Los reyes de Granada hubieron de negociar a menudo para que sus súbditos pudieran pasar a las tierras colindantes con sus ganados, cereales o panes y aceite. Las negociaciones resultaban costosas y ostentosas: los cronistas recuerdan los regalos de camellos y avestruces que hacían los monarcas africanos a los reyes de Castilla, por ejemplo.

Pero olvidémonos de los castellanos. En Granada la familia real se hallaba dividida a causa de rivalidades de harén. El rey, hombre de espíritu belicoso y apasionado, seducido por una hermosa cautiva, había tomado odio violento a su mujer y a los hijos de ésta, en los que veía enemigos abiertos. En torno suyo se agruparon muchos nobles, siendo el que más le secundaba su propio hermano, que poseía un ánimo tan fiero como él y al que se conoce en la Historia con el nombre de el Zagal. La reina madre y su hijo mayor, es decir, el rey chico, Boabdil o Zogoibi, contaban también con partidarios y se rebelaron. Arrinconado el rey viejo por sus achaques, la lucha a muerte se desencadenó entre tío y sobrino. Y de ella supo aprovecharse Fernando el Católico del mismo modo que los invasores árabes se aprovecharon de las divisiones internas de los visigodos para tomar la Península setecientos años antes. Así, entre 1482 y 1491 no hubo año en que no cayera alguna población importante del reino de Granada en manos cristianas. Tras la caída de Málaga, Baza y Almería, la situación de Granada se hizo insostenible. Boabdil, diplomático torpe y tontorrón aunque guerrero valiente, pero poco afortunado, intentó resistir, pero fue imposible. El 28 de noviembre de 1491, Hernando de Zafra, fiel secretario de los Reyes Católicos, promulgaba las condiciones de la rendición, unas condiciones bastante favorables que se basaban en un espíritu de transigencia guiado por la vieja idea medieval de que había que convivir, amistosamente casi, con el moro, puesto que en la península coexistían cristianos y musulmanes y no se podía romper cierto equilibrio. Ahora bien, del mismo modo que en cualquier época, tras cada partido político emergente hay auténticas hordas de advenedizos, también en la consumación de la Reconquista aparecieron muchos hidalgos y cristianos viejos que buscaban prosperar a costa de la desgracia ajena. Los abusos de ellos y el comportamiento de los moriscos, en contra ambas actitudes del alto clero, la nobleza y los propios reyes, precipitaron el desastre. Fíjese el lector que he dicho alto clero; y es que no hay que olvidar que la aceptación de votos era un medio de ascenso social para familias poco afortunadas. El bajo clero sí que estuvo interesado en la expulsión, no así el alto, que lo que buscaba era la conversión de los infieles, a los que no tenía por herejes, sino por apóstatas, dado que eran descendientes de cristianos convertidos —que a veces se nos olvida—.

Luego está el tema político en la época de Felipe II. Con la toma de Granada ya no quedaba nada por delante que reconquistar, los cristianos no tenían que temer represalias porque había caído el último estado infiel. Ya no habría más revanchas, persecuciones o incursiones en su propio suelo como antaño. Además, Granada constituía el núcleo más considerable de población mora en toda Europa occidental y se hallaba, precisamente, en una zona estratégica y peligrosa, por sus posibles relaciones con las costas de África. Había que asegurar que no se repetirían ataques como los acaecidos siglos antes, iniciados desde allí y favorecidos por los moros andaluces, nunca propensos a actos de solidaridad, pero más afines en cualquier caso a marroquíes y berberiscos que a castellanos (y eso que en el pasado habían pagado bien caro el apoyo a almohades, quienes quemaron la biblioteca de Córdoba). Podría extenderme sobre el tema. Mencionaría cómo en el momento de la expulsión, los nobles moros ya se habían ido a las costas de África para ejercer la piratería (la misma que ya habían apoyado durante décadas a este lado del mar). Aportaría datos sobre los no pocos falsos conversos que acabaron en la corte de los Austrias ostentando cargos de relevancia en España e incluso Flandes. Incluso podría hablar de lo poco felices que eran los vasallos moros cuando estaban bajo el dominio de sus señores nazaríes.

Que no, que el problema no está en Andalucía ni en los Reyes Católicos y hechos que sucedieron hace medio milenio. Que el problema está en no leer. Que los andaluces bien orgullosos deberían estar de su pasado moro y de la herencia juedomusulmana que tienen en cada rincón de su maravillosa tierra. Y de la Reconquista también. Y por eso creo que el lienzo que pintó Pradilla a en la penúltima década del siglo XIX, momento en el que los ánimos patrios estaban tendentes a la depresión, una depresión cuyas consecuencias fatales todavía duran en el ánimo de los contribuyentes, es muy acertado en lo que significa y representa. Lástima que esté expuesto en el lugar de España más desierto de público y trabajadores: el Senado. Y de los jueces hablamos otro día, ya si eso y tal.

Referencias   [ + ]

1. Filipino de la corte de Felipe II, entiéndaseme.
Francisco Gijón

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