La pereza, esa canción de Aute

La pereza, la pereza, laaa perezaaa… desde hace días suena en mi cabeza el estribillo de esa canción de Aute (que la tierra te sea leve), La belleza, pero algo tuneada. Suena en bucle, combinada con alguna otra. Agapimú. Canción infantil en la que se amasa pan. Agapimú. Gusanito medidor. La pereza… ¡Qué pereza por favor!

Tanta como me da sentarme a escribir algo que sea leíble, y ya que estamos legible. Pero tengo que rellenar el modelo 130 del IRPF, y para eso tengo que hacer facturas y revisar la contabilidad de los últimos 3 meses. Y como eso me da mucha más pereza, supina, abrumadora, pues escribo, y por lo menos algo voy adelantando. Cuando termine se lo mando como requerimiento a la hacienda pública y listo. Que este mes podría yo ser vaga 30 días más: el primer trimestre en cuarentena dura hasta el 20 de mayo. Pero es que eso también me da pereza. Y así. Y otra vez. La pereza, la pereza, laaa perezaaa…

Echo tanto de menos a mis amigas, que me da pereza llamarlas. Y contarles mi pereza. Me da pereza ponerle nombre, escucharla en voz alta, por si se hace más densa, más real. Más opaca, más que no me deja ver y no me deja hacer. Como si mirar para otro lado sirviera para aligerarla. Sé que es mentira, pero me puede la pereza.

El otro día me daba pereza bajar la basura. Salir a la calle. Quizá porque cuando sales tienes que volver, y eso da pereza. Y mucha pena la verdad. También da pereza apartarse al caminar, cruzarse de acera, medir los metros de aproximación en la cola de la frutería, que te miren mal si no tienes mascarilla, querer un perro sólo para tener pereza de sacarlo, ir pensando en que no aparezca un coche de policía por la esquina, porque te da pereza verles la cara y sentirte (más) vulnerable y un poco viciosa por haberte acabado todas las patatas y casi todas las cebollas en menos de una semana. Qué pereza ser previsora y qué pereza que lo que marque el día sean las comidas. Pensarlas, prepararlas, congelarlas, comerlas me da menos pereza. De hecho creo que es de lo poco que no me da pereza, porque lo hago cada vez que puedo. O quizá lo hago por pereza.

#AvisoContenidoSufrimientoAnimal

(Más) Concienciada por la necesidad de acabar con las macrogranjas de animales, el otro día compré un pollo de corral, así entero y verdadero. Delante de mí el carnicero le decapitó y desechó la cabeza. Para mi desagrado rescató la cresta y eso que cuelga del cuello. A mi cara de espanto respondió con una explicación sobre cómo preparar una sabrosa sopa. Insistió tanto que no conseguí decirle que por favor no lo incluyera en mi paquete. Logré que no me metiera “la asadura”. Consensuamos que le dejara la piel. Le sacó las pechugas y troceó el resto para guiso. El cuello era muy largo. Pensé que tampoco lo comeríamos. Cuando me lo dio metido en una bolsa de plástico de esas finas, como las de la frutería, el asco era ya ensordecedor. Pensaba: «está bien, hay que ser consciente de lo que nos comemos y el coste (vital en este caso) que supone.». También compré pescado. No me gusta cómo te miran los peces desde el mostrador de hielo. Me da escalofríos. Hice la cola fuera, eso me dio menos pereza.

Cuando llegué a casa no fui yo quien colocó la compra, me olvidé por un rato del cuerpecillo raro que se me había quedado. Al día siguiente me tocó procesarlo todo: separa, congela, cocina. Olor. Asco. Nunca he soportado el olor de las pescaderías. Cuando como pescado, rápido me lavo las manos, los morros y los dientes, porque el regusto y el olorcillo me revuelven el estómago de una manera bastante primitiva. Congelar los jureles. Guisar el pollo. Sacarlo de la bolsa, terminar de limpiarlo. Los pollos de corral son más grandes que los otros, y vienen menos limpios. Venas, tráquea. Separar los pulmones conteniendo la arcada, ese sonido esponjoso. Quitar los restos de hígado. El olor penetrante que se te pega a las manos. Lo fríes. El olor cambia: bicho cocinado, se extiende por la casa y se te pega al pelo. Cuando termina de cocinarse no quiero ni probarlo, pido no ser yo la que lo meta en tappers, uno a la nevera, otro al congelador. Mañana dudo que pueda comérmelo. Durante el resto del día siento el olor a bicho muerto en mis manos, terrenal y marino, y me da la sensación de que se queda allá donde toco. No quiero comérmelo, qué poca consideración, después de que ese animal haya perdido su vida para alimentarme. Sin embargo, si pienso en un kebab de pollo no me da asco. ¡Qué pereza!

Me da pereza “hacerme” vegetariana. Me da pereza (entre otras cosas más) renunciar. En este caso, a los sabores debe ser. A lo cultural de los guisos y recetas manidas que hago rápido y me dejan satisfecha. Cuando he pensado: a partir de la semana que viene… he comido más carne que nunca. Estrategia no válida. Me da pereza buscar otra. Me contengo mientras puedo y tengo la ilusión de reducir mi consumo animal.

Otro pensamiento circular es ir al campo, ver verde, respirar monte. La próxima pandemia la quiero pasar en una casa con terreno, repito una y otra vez. Me enfado cuando pienso en las terrazas, los patios y las piscinas de las otras. Conciencia de (no) privilegio. Qué pereza ser la (no) privilegiada. Otras llorarán pensando que yo tengo un piso con ventanales y calefacción. O que tengo un piso, sin más. No es mío, puntualizo. Pero también me da pereza vivir en un pueblo. En los pueblos no hay servicios como los entendemos en la ciudad. Está el servicio de los cantos de pájaro, el olor a tierra mojada, el espacio abierto, la vida tranquila. Pero parece que no llenan igual, es como lo de la carne, que de vez en cuando te encanta ir a un vegetariano, pero da pereza hacerse. Total, que da pereza hacerse de pueblo y tener que coger el coche (sí, el pico del petróleo también da pereza) para ver gente o museos (¡Jaja! Esos que, sin pereza, visito todas las semanas, ¡casi a diario podría decir!) o ir a alguna que otra manifestación. Y la gente de los pueblos da pereza, pensamos las bolleras feministas urbanitas. Qué difícil encontrar a alguien con quién congeniar, de qué vamos a hablar, ¿de las vacas? Y la pereza de que te miren las tetas si sales al bar sin sujetador, o que te silben (con suerte) si vas de la mano con tu novia por la plaza mayor. O que tu hije sea “el de las lesbianas” en el cole rural. Y además, ¿cómo vas a sobrevivir sin comida china a domicilio y un súper abierto hasta las 23h de la noche? No me digáis que no da pereza sólo de pensarlo, así, en conjunto.

Las que tenemos (medio) mucho (con mucho me refiero a una casa donde vivir, un trabajo con el que subsistir, un sueldo raso, redes fuertes, poder ir a los bares y hacer algún viaje), nos creemos que vamos a poder tenerlo todo. Las que lo queremos todo (que no es tanto) tenemos un poco de morro. Y una gran dosis de pensamiento mágico, porque en el fondo creemos que, si nos portamos bien, los reyes magos nos van a traer una casa de campo con huerto, y un pozo, y un lilo, en el centro de la ciudad; y un guiso vegetariano con sabor a cocido madrileño para cenar. ¡Qué pereza de verdad!

Sua

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