La monarquía no es un juego

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Juego de Tronos
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Un león nunca se preocupa por la opinión de la oveja

Tywin Lannister

Más allá de la nevisca, una tenue melodía cobijada tras un muro que nadie aprende o sabe escuchar. El temor a descifrarla cría cuervos y mata reyes. Sin embargo los lazos familiares crean clanes tribales, pero lo desconocido está por llegar. Y como caminante paso a paso se nos mostrará.

Un gordo bonachón toma nota de esta canción, que ni el fuego desmontará su idea de que desea siete estrofas y no más. Tal gélido poema inquebrantable desde hace décadas sigue de la mano de su literato, fiel al viaje que vislumbra el sol cálido y amenazante de Poniente.

Pues en este Juego de Tronos demora un rey, que si bien no muestra su corona sí nos cautiva con su prosa: lo conocen como el viejo orondo de Nueva Jersey, clérigo de los Siete Reinos.

Juego de Tronos
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«Cabezas cercenadas de sus cuerpos derraman el vino en los festejos, entre cabellos teñidos de rubio velados por feroces animales, si bien ni los imponentes alces y astutos marinos hallaran refugio a estas masacres. Pues, sin más, el batir de las alas del dragón descubrirá a citados atemorizados.» Esto nos queda, en resumen, de su ardua lectura.

Mas tras tales sucesos surge su adaptación, y el vecindario muestra profana pasión en su honesta versión para televisión. Siempre gracias al admirable mimo por el detalle de la eminente HBO.

Un gigantesco espectáculo deslumbra ante nuestros ojos, mientras ensalzamos el virtuosismo del enano harto de putas. Se huele, se toca y a su vez se liga a esta era, una reflexiva fantasía que cobra vida. Y así, rezuman cánticos y tambores en la eterna lucha por el Trono de Hierro, el cual nunca resulta ficticio.

Juego de Tronos
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Rehenes de engaños, de matices interpretativos y grandilocuencia. La penumbra de estos individuos que entablan relaciones y disputas entre sí, atesora secretos a desenterrar que merecen ser descubiertos por la audiencia. En cada capítulo (y en cada verso) un haz de luz atraviesa nuestras entrañas por la proliferación de personajes claroscuros, cuyas descripciones crean cierta incertidumbre que nos rodea con ahínco y abrazamos con lujuria. Es el juego censado por el delirio del que no podemos desprendernos…es nuestra erótica amante.

El ser humano es capaz de gobernar, de adaptarse a las situaciones y de hacer frente a los obstáculos. Amparando en sí mismo misericordia por sus iguales, mientras empuña su espada. Es un cruce de caminos constante de fortuna esporádica, es el aria `Per pieta´.

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E igual cercano, sobre el tablero códigos de talento e individuos inquietantes. A pesar de hallar fuera de él fanatismo excesivo y merchandising barato. Los participantes siguen siendo los mismos, nosotros, deleitándonos del juego mientras sus creadores – Benioff/Weiss – lanzan los dados y se enfrentan como hombres a las bestias del Norte. De igual forma, una excelente (re)creación.


  • Desembarco del Rey

Al final mandaste callar. Cuando no sólo se te requería como figura que perpetuara con orgullo la coalición de tu reino, el peso del poder solicitó expresamente tu autoridad.

Pero de nada sirvió sentirte terrenal con una equivocación tardía, prometiendo a tu pueblo que no volvería a ocurrir. Tal vez esas célebres disculpas fueron decisivas en tu punto de no retorno y denostado recuerdo, víctimas de la confusión en tu satisfacción. Aun tras tu despedida, de mi boca brota «Valar Dohaeris».

 

Angel Villar Llopis

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