La mirada hacia el Otro: Reflejos en un ojo dorado, de Carson McCullers

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Carson McCullers | Vía: newyorker (quotationof)

Probablemente sea Carson McCullers (1917-1967) una de las mejores escritoras de toda la literatura norteamericana. El tiempo le ha concedido a su obra una valía merecida y sobradamente demostrada, después de que nos ofreciera, como comienzo de carrera, un mundo patético poblado por dos sordos, Singer y Antonapoulos, en The heart is a lonely hunter (El corazón es un cazador solitario, 1940), donde, como nos recuerda Cándido Pérez Gállego, «lo grotesco no estaría proscrito».[1]PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1988. Historia de la Literatura Norteamericana. Madrid: Taurus, p. 317 Su segunda novela, que comentamos aquí, Reflections in a Golden eye (Reflejos en un ojo dorado, 1941)[2]Las citas se ofrecerán en adelante del original inglés, aunque consignando nuestra traducción directa al castellano, tiene uno de esos principios que no se olvidan con facilidad, y que antecede a una narración relativamente breve en extensión, pero gigantesca en cuanto a conceptos:

«Un puesto militar en tiempo de paz es un lugar monótono. Pueden ocurrir algunas cosas, pero se repiten una y otra vez. El plano mismo de un campamento contribuye a esa monotonía: los enormes barracones de cemento, la hilera de casas de los oficiales —pulcras y construidas una exactamente igual a la otra— el gimnasio, la capilla, el campo de golf, las piscinas… todo esbozado ciñéndose a un patrón más bien rígido. Pero quizá la mayor causa del tedio de un puesto militar sea el aislamiento y un exceso de ocio y seguridad, ya que si un hombre entra en el ejército sólo se espera de él que siga los talones que le preceden. Al mismo tiempo, también pasan en una guarnición ciertas cosas que no deben volver a ocurrir. Hay en el Sur un fuerte donde, hace pocos años, se cometió un asesinato. Los participantes en esta tragedia fueron: dos oficiales, un soldado, dos mujeres, un filipino y un caballo».[3]McCULLERS, Carson. 2001. Reflections in a Golden Eye. London: Penguin, p. 7

La novela de McCullers es ya un clásico de la literatura gay, uno de los cuatro libros escritos en la primera mitad del siglo XX, que mostraba un evidente caso de deseo homosexual, junto a Nightwood (1936) de Djuna Barne, The City and the Pillar (1946), de Gore Vidal y ya en 1946, Other Voices, Other Rooms, escrita por Truman Capote. Pionera en su disposición a discutir explícitamente el tema de la sexualidad —en particular, el deseo homosexual masculino— en muchos sentidos, Reflections on a Golden Eye le dio a McCullers —la escritora norteamericana que siempre trató de contar historias acerca de las relaciones humanas a través de los extraños, de la mirada del Otro— el respeto de la comunidad gay.

Lo que tenemos es la mirada a través de una lente sureña, gótica, de alguien que escribió siempre intrigada por la forma en que conectan los seres humanos, a pesar de sus considerables obstáculos e inconvenientes, que se centra alrededor de cinco personajes cuyas vidas en el acuartelado ejército de Georgia (y que indica una posible base real en Fort Benning) están entrelazadas de manera consciente e inconsciente. El capitán Penderton y su esposa, Leonora, son una pareja respetable, sin hijos, que vive en las afueras de los cuarteles. Leonora está teniendo un affaire con su vecino, el mayor Langdon, mientras Alison, la enferma esposa de éste, esclaviza a su siervo Anacleto, como bufón, para que la divierta y distraiga de la verdad. Todos ellos han establecido un sórdido acuerdo, sin muchos deseos de luchar, hasta que un hombre recién alistado, el cabo Williams, trastorna su equilibrio. Lentamente él se obsesiona con Leonora, irrumpiendo en su casa por la noche y mirándola mientras duerme desnuda. Pero es realmente el capitán Penderton el que está se prendado de Williams, manifestando sus sentimientos primero como odio, y más tarde como deseo sexual encubierto.

De manera específica, la identidad problemática de Leonora se basa en una sensación de exceso sexual, pues no sólo tiene amantes, sino que es descrita como «algo retrasada mentalmente»[4]Ibíd., p. 20, cualidad que además parece reforzar la misoginia de su propio marido. Por su parte, el capitán Penderton es descrito desde el principio de la novela en términos queer: «tenía la penosa tendencia de enamorarse de los amantes de su mujer».[5]Ibíd., p. 15 Mientras que su propio entendimiento de la sexualidad se sucede en términos de equilibrio: «Sexualmente, el capitán se encontraba en un punto de delicado equilibrio entre los elementos masculinos y femeninos, con las susceptibilidades de ambos sexos y ninguna de sus fuerzas activas»[6]Ibíd., pp. 14-15.

Durante el transcurso de la novela, Penderton desarrolla una creciente obsesión con Williams, que lo impulsa a acechar al soldado y las cualidades homosexuales que reúne el mundo del hombre alistado. A diferencia de su propio hogar, que está impregnado de la sensualidad femenina de su esposa, además sexualmente activa, el capitán Penderton anhela el mundo de los cuarteles, «dos mil hombres viviendo juntos en ese gran cuadrilátero»[7]Ibíd., p. 95, «con secreta y profunda nostalgia pensó en los barracones, y trató de representar en su mente las filas ordenadas de los camastros, los suelos vacíos, las ventanas sin cortinas».[8]Ibíd., p. 117 La estética masculina que anhela el capitán Penderton es perfectamente reconocible como lugar de comportamiento queer[9]Ibíd., pp. 121-122. Irónicamente, al final de la novela el mismo deseo obsesivo del capitán le ha feminizado, dado que la invasión de Williams de su dormitorio reduce al capitán a cruzar su bata y apretar una mano sobre su corazón, antes de disparar.[10]Ibíd., p. 124 El capitán se da cuenta entonces de la perversa conexión homosocial que existe entre él y el soldado —en concreto, a través de la figura durmiente de su esposa— y ese «despertar» es el que finalmente le lleva a asesinar al soldado en la última escena en la novela.

Por otro lado, tenemos la cuestión de la homosexualidad como mirada hacia el Otro, en todos los sentidos de la fórmula lacaniana: «El deseo humano es el deseo del Otro».[11]LACAN, Jacques. 1971. “Subversion du sujet et dialectique du désir dans l’inconscient freudien”, en Écrits II. Paris: Seuil, p. Por un lado, el deseo es básicamente “deseo del deseo del Otro”, deseo de ser objeto del deseo de otro (y deseo de reconocimiento por parte de otro). Por otro lado, el sujeto desea en tanto Otro, esto es, desea desde el punto de vista de otro. Para Lacan, un objeto es deseable no porque posea alguna cualidad intrínseca sino porque sea deseado por otro. Ambas definiciones están unidas: el deseo humano es deseo de reconocimiento porque, si yo deseo lo que desea otro, puedo hacer que el otro reconozca mi derecho a poseer ese objeto y así, que el otro reconozca mi superioridad sobre él.

Miradas que se cruzan entre sí, sin encontrarse: Penderton y Williams. Pero también Penderton y Langdon, el amante de Leonora. Penderton sabe que su mujer tiene al menos un amante, y él, sin embargo, lo desea también. Lo que a Penderton le destruye por dentro, su deseo jamás revelado por los hombres, lo vuelca en su mirada-deseo hacia Williams. Éste, en su ritual voyeurista (espiar a Leonora, durmiendo desnuda), trata de luchar contra lo que su padre le había inculcado en cuanto al sexo femenino: «le había enseñado que las mujeres portaban en su cuerpo una enfermedad maligna y contagiosa que dejaba a los hombres ciegos, lisiados y condenados al infierno».[12]McCullers, Op. Cit., p. 23

La católica McCullers escribe con tanta precisión que a menudo es capaz de decirnos infinidad de cosas acerca de los personajes sin tener que ser directa o específica. De ella nos recuerda Marvin Felheim que no sólo lo grotesco es la base de su trabajo, sino también su «sentido de la forma».[13]FELHEIM, Marvin. “Eudora Welty and Carson McCullers”, en Harry T. Moore (ed.) 1974. Contemporary American Novelists. Carbondale: Southern Illinois U.P., p. 50 Reflections in a Golden Eye es un claro ejemplo de esta idea, y sirva para ilustrarlo una escena particularmente emocionante, que tiene lugar cuando el capitán Penderton saca al semental de Leonora, Firebird, a dar un paseo. Cuando monta el caballo, le divierte darse cuenta de que su esposa ha roto su espíritu tanto como ella le ha hecho a él. Leonora es una mujer que no hace prisioneros ni tiene miedo de nadie, incluyendo a su marido.

La decisión del capitán, de sacar el caballo, nos parece compleja al principio: se trata, es evidente, del deseo de domar a la bestia tal y como le gustaría domar a su esposa, pero también es un intento de controlar su deseo sexual hacia Williams, que inmediatamente asociamos con el caballo de Leonora. Incluso entonces, mientras trata de controlar su deseo sexual, se encuentra aún más cerca de éste, a través de las asociaciones del caballo con el joven que monta desnudo por el bosque. Al principio, Firebird parece rendirse pero luego galopa de tal forma que el capitán termina aterrorizado y herido. Penderton ata al caballo a un árbol y le golpea salvajemente. En esencia, lo que la novela ofrece es el retrato de una sexualidad y violencia descarnadas. ¿Puede domesticarse entonces la sexualidad con violencia?

La maquinaria de lo grotesco, a través de la prosa de McCullers, se pone en imparable marcha. Bien porque el amante lo sea —ahí está Penderton— bien porque lo es la naturaleza de lo amado, como en The Member of the Wedding (1946), donde se llega a describir a Frankie Addams, personaje principal, como enamorada de una boda.[14]McCULLERS, Carson. 1979. The Member of the Wedding. London: Penguin, p. 98 En The Ballad of the Sad Café (1951), el final llega en forma de terrible pelea de boxeo y en Clock Without Hands (1961) se empieza con un bombardeo y se termina en mortal leucemia. La violencia es sólo el castigo, el pago de los pecados humanos -parece decirnos la autora- por desafiar al tiempo y a los cambios. Williams yacerá en el suelo, muerto por las balas, pero Penderton y Leonora tienen un futuro igualmente incierto. Así se articula la tácita decadencia del Sur, donde una vez ocurrió un asesinato. Alguien había matado también el deseo.

Título: Reflejos en un ojo dorado
  • Autor/es: Carson McCullers
  • Editorial: Seix Barral
  • Nº de páginas: 128
  • Encuadernación: Blanda

9788432219566

Referencias   [ + ]

1. PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1988. Historia de la Literatura Norteamericana. Madrid: Taurus, p. 317
2. Las citas se ofrecerán en adelante del original inglés, aunque consignando nuestra traducción directa al castellano
3. McCULLERS, Carson. 2001. Reflections in a Golden Eye. London: Penguin, p. 7
4. Ibíd., p. 20
5. Ibíd., p. 15
6. Ibíd., pp. 14-15
7. Ibíd., p. 95
8. Ibíd., p. 117
9. Ibíd., pp. 121-122
10. Ibíd., p. 124
11. LACAN, Jacques. 1971. “Subversion du sujet et dialectique du désir dans l’inconscient freudien”, en Écrits II. Paris: Seuil, p.
12. McCullers, Op. Cit., p. 23
13. FELHEIM, Marvin. “Eudora Welty and Carson McCullers”, en Harry T. Moore (ed.) 1974. Contemporary American Novelists. Carbondale: Southern Illinois U.P., p. 50
14. McCULLERS, Carson. 1979. The Member of the Wedding. London: Penguin, p. 98
Daniel Arana

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