La memoria de Paco Ibáñez con el agua al cuello

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Que Paco Ibáñez salga con tres botones de la camisa desabrochados y el pelo alborotado, como diría la otra, puede resultar hasta divertido. La parodia de los mitos resulta siempre provechosa como ejercicio para sentirse vivo, para distinguir entre la vida de ficción de los libros y las canciones y las pelis, y esa vida que un día te lleva a una butaca en el Paraninfo de la Universidad de Alicante para recordar que hubo una vez, hace 75 años, cuando mucha gente salió del puerto de Alicante rumbo a ninguna parte, obligados por la infamia de las bombas.

Luis Pastor nos recordó qué es un cantautor y por qué ahora escasean, y levantó al auditorio con su compromiso y su voz sin maquillajes. Claro que todos esperábamos a un Paco Ibáñez que para alguien con almita de poeta será siempre un mito. Hace unos años lo vi por primera vez en Santander, en los jardines del Palacio de la Magdalena, en el curso homenaje a Miguel Hernández, cuando era difícil mantener la calma. “Andaluces de Jaén” nos puso la piel de gallina, aunque ni siquiera pude cogerte la mano. Las mitologías del filólogo tuvieron un camino abierto en las versiones de José Agustín Goytisolo, cómo no recordar “Palabras para Julia” y todas las dedicatorias que en otro tiempo firmaba “recuerda un día lo que yo escribí, pensando en ti como ahora pienso, como ahora pienso”, la versión de Gabriel Celaya que tanto me pone beligerante “La poesía es un arma cargada de futuro”, algunos textos de Cernuda, de León Felipe, que hablan de exilio y de pena, de rabia y de muerte, o Alberti, claro, aquella noche en el teatro Olimpia de París donde estaremos siempre todos. Mi Opel Astra corre más cuando suena “A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar”.

Pero la famosa pátina del tiempo, la de Benedetti, que todo lo mata, que todo lo vuelve canoso y gordo, que tarde o temprano nos impide respirar con la vitalidad de los treinta años. Probablemente será el último recuerdo que me quede de Paco Ibáñez, viejo, cansado, desaliñado, quizá con algún whisky de más, cantando ya con poca voz “Palabras para Julia” y resoplando en cada estrofa del poema de Celaya “poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que respiro trece veces por minuto” y que nos recuerda a otro tiempo de un país en marcha, con enemigos bien visibles y una resistencia organizada, ahora que estamos apenas sin voz, que nos cuesta más respirar y que nos llega el agua al cuello, pero no la camisa.

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Victor M. Sanchis

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