¿La maternidad? Bien, gracias.

Mario Alberto Magallanes Trejo
Mario Alberto Magallanes Trejo

El artículo que ahora mismo estás leyendo ha estado a punto de ser mi primera obra conceptual: un espacio en blanco y una sola frase, pequeñita, al final. Esto es lo que te deja escribir un bebé de tres meses, hubiera puesto. Pero a una le puede la responsabilidad. Al fin y al cabo, he sido yo quien me he dejado liar y quien ha decidido, con esa poca capacidad para el cálculo realista de los tiempos que me caracteriza, la fecha de entrega. Así que, aquí estamos, una hoja en blanco y unos minutos regalados por quienes, además de su padre y yo, han decidido implicarse en el cuidado de la nueva criatura. De tiempos y de cuidados me gustaría hablar en algún momento. Pero no hoy. Hoy quiero compartir algo que me inquieta desde hace unos meses. Casi desde que supe que estaba embarazada. O incluso antes, cuando el embarazo era un proyecto, un deseo.

Ya sé que acabamos de vivir un 8 de marzo histórico que ha provocado saltos de alegría, aunque también interesantes debates y críticas. No es que no me interesen, pero mi realidad cotidiana es otra. Y como lo personal sigue siendo político, por qué no hablar desde ahí. De lo mismo, en el fondo, pero desde otro lugar. O eso creo.

Y la maternidad, ¿qué tal? Me lo preguntan y no sé qué contestar. Bien, gracias. Sonrío, pero me quedo pensando en ello. ¿Qué me están preguntando exactamente? Enseguida entiendo que me interrogan por cómo llevo eso de dormir menos, no disponer de tiempo propio, el peso de que alguien dependa totalmente de ti, la desaparición de la vida en pareja, etcétera. Pero, ¿por qué me preguntan por esa parte y no por otras? Se me ocurren varias respuestas. Puede que quien pregunta se esté preocupando de verdad por cómo estoy, normalmente, porque ha vivido esa experiencia de cerca o en carne propia. O puede que exista una verdadera curiosidad por la respuesta. Y en este caso, quien hace la pregunta quizás se está planteando si criar o no. Pero, a veces, por alguna razón, parece que hubiera ganas de que contestara: fatal, cuánto me arrepiento, si lo llego a saber…

No voy a negar las sombras de esta experiencia: los miedos, la incertidumbre, las ataduras. Y lo que me queda por descubrir. Es verdad que una cosa es imaginarlas y otra vivirlas. Pero como en otras situaciones de la vida. Si hasta hace bien poco no se podía hablar de la existencia de madres arrepentidas (de padres, sí, por supuesto), ahora parece que, si hemos caído en esa trampa del heteropatriarcado, no tardaremos en llevarnos las manos a la cabeza. Y si decimos que no lo estamos viviendo así, nos(os) estamos engañando.

Me estoy refiriendo a mi contexto feminista, claro. El otro tiene otras expectativas. Lo que me preocupa es que ahora, muchas veces, me encuentro más cómoda en el segundo. ¿Por qué? Porque no me siento tan juzgada. Descubro, asombrada, que con esas otras mujeres, con las que pensaba no tener nada que ver, puedo hablar sin tanto miedo. Ellas no me van a quitar el carné de feminista radical.

Vivo rodeada de un feminismo muy antimaternal. Lo sé porque hace años estaba ahí. No se me pasaba por la cabeza querer ser madre de nadie y no entendía ese deseo en otras. Al fin y al cabo, había aprendido que era el mandato de género por excelencia, una cárcel disfrazada de amor-para-siempre. Y si eras madre sola o madre bollera, todavía. Pero, si cumplías con el mandato divino de reproducirte a través de un coito con un hombre cis, entonces, no había escapatoria posible.

Ay, qué pena, con lo que tú eras, mira cómo has acabado… Sí, 40 años, hetero, convivencia en pareja, una economía precaria y un bebé. Todas las papeletas para que salga mal. Y, aún así, decido jugármela. Asumo el riesgo.

Ni yo misma escapo al rechazo. Primero fue el embarazo. Me observaba y no salía de mi asombro: esa barriga cada vez más grande era yo, esa hipersensible era yo, esa olvidadiza era yo, esa asustada y pletórica a la vez era yo, esa monotema que sólo quería hablar de todo lo que estaba viviendo era yo. Las hormonas tenían un peso que no había previsto. Ay, ¿y si me convertía en una persona que no me gustaba, dulce y suave, con lo que me había costado llegar a ser una tía fuerte y dura? Después de un parto de mierda cuyo recuerdo aún me hace llorar, comienza la verdadera aventura y no sé si estoy preparada. A ratos, tengo miedo. ¿Con quién lo comparto? Después de tener en mis brazos a esa nueva criatura y llorar de felicidad, comienzo a redescubrir el mundo junto a ella y no sé si estoy preparada para tanto amor. La mayor parte del tiempo, siento una alegría enorme. ¿Con quién la comparto?

Vivo un feminismo antimaternal y, a la vez, por supuesto, en una sociedad que sigue esperando que las mujeres seamos madres. Buenas madres, puntualizo. Que ser mala madre creo que es más pecado que ser puta, que ya es. Así que, me encuentro en una encrucijada: ¿cómo ser una madre feminista?, ¿o esas dos palabras no pueden conjugarse juntas?

Si como feministas criticamos el amor romántico pero no renunciamos a reinventarlo una y otra vez, y vamos poco a poco y tropezando construyendo otros referentes, ¿qué pasa con la crianza? La crianza es otro amor, por qué no reinventarla desde los feminismos. Yo no quiero entrar en la categoría madre y dejar de ser quien soy. Soy la madre de mi hijo, nada más y nada menos. Quiero que la crianza me transforme y aprender con ella, como tantas otras veces. Pero no parto de cero. Todo lo que he aprendido hasta llegar aquí viaja conmigo. Quiero que la crianza sea lo más colectiva posible y compartir mis miedos, mis alegrías. Aprender con y junto a otrxs, como tantas otras veces.

No nos preocupamos de la crianza hasta que nos toca. Y me refiero a que, si queremos reinventar la crianza y hacerla más colectiva, también tenemos que pensar en ella aun cuando decidamos no ser madres (o padres) de nadie. Si no, estaremos contribuyendo a que el modelo de siempre, en el que sólo se puede tirar de la familia biológica, sea el que perdure. Es decir, yo no puedo reinventar la crianza sola, sin la ayuda de mis amigxs, mis compañerxs feministas.

No quiero echar balones fuera. Si yo me hubiera preocupado de estos debates antes, estoy segura de que no me hubiera sentido tan huérfana de feminismo estos meses. Tengo muchas lecturas pendientes. Si yo me hubiera preocupado por formar parte de redes de apoyo y cuidado mutuo que incluyeran criaturas antes, no me hubiera sentido tan huérfana de referentes feministas. Quiero enmendar mi descuido.

Somos diversxs. Tomamos decisiones. Nos equivocamos. O no. Como se preguntaban Lorena Fioretti y Ana García Fernández en el nº 6 de La Madeja, ¿cómo aventurarse a esa apuesta, la crianza, sin prejuicios, sintiéndonos acompañadas, amadas, sostenidas? Y ahora, donde pone crianza, pon otra cosa, tu apuesta feminista.

Irene Choya

2 comentarios

  1. Este tipo de reacciones frente a la maternidad no se dan solo en entornos feministas sino que se encuentran mucho más extendidas de lo que pueda parecer. Últimamente he estado pensando si no será una reacción a los obstáculos que la población española encuentra a la hora de procrear (como lo demuestran las bajísimas tasas de natalidad y el retraso en la edad del primer hijo). Problemas económicos que combinados con una sociedad que se demuestra incapaz de hacer las modificaciones que demanda el cambio de rol de la mujer y su incorporación al mercado de trabajo tienen como resultado que la maternidad se presente como no deseable. La respuesta a la necesidad de cambios estructurales y profundos es salir del paso creando una ideología que respete las estructuras que ya estaban ahí y a las que las mujeres simplemente nos hemos ido acoplando. Esa nueva ideología dominantes se internaliza, como decía Althusser, la hacemos propia y pensamos que la “elección” realizada es libre y espontánea, de esa forma todos quedan contentos y el mundo sigue girando.

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