La madeja y el trabajo doméstico

Madejas | Vía: Pixabay/PDPpicks

La familia es uno de pilares en los que se sustenta el patriarcado. El modelo clásico de la familia —ahora en cierto periodo de cambio por la desestructuración de la familia nuclear— se formalizaba mediante la siguiente ecuación: el hombre trabaja y trae el dinero a casa y la mujer se ocupa de las tareas domésticas. Cuando la mujer obtuvo  más derechos y se incorporó en el mercado laboral, comenzó a estar sujeta a esa doble explotación.

Alejandra Kollontai, influyente feminista soviética, afirmaba lo siguiente en 1918: «Como el salario del hombre, sostén de la familia, resultaba insuficiente para cubrir las necesidades de la misma, la mujer se vio obligada a su vez a buscar trabajo remunerado; la madre tuvo que llamar también a la puerta de la fábrica. Año por año, día tras día, fue creciendo el número de mujeres pertenecientes a la clase trabajadora que abandonaban sus casas para ir a nutrir las filas de las fábricas, para trabajar como obreras, dependientas, oficinistas, lavanderas o criadas».

En cierta manera, esta realidad está cambiando y la mujer se está empoderando. La lucha feminista va creciendo y va siendo adaptada y aceptada  por cada vez más gente, lo que repercute positivamente en el papel de la mujer en la sociedad. Por ejemplo, la mujer moderna occidental está incorporada en el mercado laboral, aun teniendo fuertes limitaciones como la brecha salarial, que en España es de alrededor del 20%. En la gran mayoría de familias la mujer es la persona que lleva las tareas domésticas. Si ojeamos los porcentajes, observamos que el 70% de las horas de trabajo doméstico son realizadas por mujeres. El trabajo doméstico, por tanto, no deja de ser trabajo, aunque no esté remunerado.

La madeja

La Maeja —pronunciado con acento andaluz— es un concepto que usaba mi tatarabuela en el pueblo cordobés en el que vivían.  Mi abuela, una mujer de 80 años, sencilla y con una humanidad y conciencia ejemplar, me hizo conocer dicho concepto hace unos días. La madeja es según la RAE un «hilo recogido sobre un torno o aspadera, para que luego se pueda devanar fácilmente». Esto es básicamente el famoso hilo con el juegan los gatos. Tiene —o tenía— una función principal: tejer para fabricar ropa ¿y quién tejía en la familia patriarcal? la mujer.

En este sentido, la madeja se trata de las cosas de la casa. Por ejemplo, llevar la madeja significa saber en qué cajón de la nevera está el pollo que se compró el martes pasado o dónde están las mantas de invierno. En resumen: tener el control de la casa. Según mi abuela, la madeja solamente puede ser llevada por una persona, y en el caso de la familia patriarcal, es la mujer. Metafóricamente, hace referencia a la expresión mover los hilos, que significa ser capaz de ejercer una gran influencia en ciertas situaciones. Entonces, ¿quién mueve los hilos? o según mi abuela ¿quién lleva la madeja? Normalmente, la trabajadora doméstica.

Este concepto, incorporado en mi vida cotidiana recientemente, es capaz de ilustrar, con sencillez, algunas de las lógicas de la familia patriarcal que son reproducidas constantemente y que pocas veces son puestas en cuestión, bien por desinterés o por inconsciencia. Al fin y al cabo, las estructuras patriarcales están insertas de lleno en nuestras mentes. Para estas cuestiones hay una gran solución: repartir el poder, aunque sea complicado. Por ello, polemicemos y deconstruyamos la madeja para poder avanzar. El poder no está para eliminarlo, sino para administrarlo de otra manera.

Martín Madridejos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *