La justa medida

Fotografía de Joan Vicent
Fotografía de Joan Vicent

I.

No me gusta. Pintadas como puertas, desde tan jóvenes, ¡con lo que envejece eso la piel! ¡Qué vulgar! ¡Qué rápida eres! ¡Qué pronto terminas de arreglarte y pintarte! Ni una sombra de ojos, ni un pintalabios. No me hubiera importado tener un hijo mariquita, porque se quedan cuidando a las madres. Las mujeres bajitas con el pelo tan largo parecemos más bajitas. ¡Ese pelo por la cintura! ¡Qué catetas! Ya no se lleva. ¿Y ese pelo tan corto? te han cambiado, ya no eres mi niña. Cuando vimos que te cortabas el pelo nos olimos algo. Eso —léase tanga— es de ser un poco guarras. Muy limpia no eres si llevas eso. ¡Qué incómodo! ¡qué ganas de llevar eso ahí, clavado todo el día! Así estás bien: más gorda no, que tan bajita… y esos cuerpos que se ven gordos, flojos… de comer fatal. Y más delgada, tampoco: que a los hombres les gusta tener donde agarrarse. ¡Uy, qué piernas más flojas! Mira yo, con los años que tengo, cómo las tengo —al unísono un plas, plas en sus muslos—. A mí no me gustan las mujeres con tantos músculos. ¡Qué asco! parecen tíos. Cuando te arreglas un poquito, pareces otra. Te han dado la vuelta como a un calcetín. Tú no eras así. Por mucho que lo intentemos, cuando el árbol ha crecido torcido, no podemos hacer más. Eres la que tiene más sentido común de la familia. En todas las casas hay un cuadro ladeado —bocas que sonríen aprobatoriamente mientras saborean la amorosa cena navideña—. ¿A mí qué me importa con quien se acueste la gente? ¿por qué lo tienen que airear, por el hecho de ser gais? Yo lo veo por entretenerme, no hay otra cosa en la tele (de fondo Sálvame, más de 10 años en antena, y el Corazón, criándonos fielmente cada fin de semana desde 1993). Es como si nos arrancas un brazo: podremos vivir sin él pero seguirá doliendo. Me parece muy bien, que la gente tenga los mismos derechos, que se casen… pero es que no puedo. Solo de pensar en dos mujeres… —ejercicio magistral histriónico de cara de repulsión— ¡Puff! ¡Qué asco! Lo que más nos importa es tu felicidad. Nos preocupa que la sociedad te haga sufrir. Prefiero 1.000 veces que seas drogadicta a que te gusten las mujeres. No se te puede decir nada, que te pones tan sensible. Nos preocupa que esto te cueste tu carrera profesional. ¿Qué ganas contándolo, si, total, no vives en la misma ciudad? Nunca te faltará un plato en nuestra mesa. No queremos saber nada de tu vida sentimental, ni que traigas a nadie más a esta casa. Solo deseamos que seas feliz. Si las cosas van a peor, porque pueden ir a peor, casarte o ser madre, no queremos saber nada de ti. Hija, no llores que no es para tanto. Tienes que entender que si ven muestras de cariño, eso les ofende. Todas las posturas son respetables. Con la de necesidades que hay en el mundo, me parece fatal que la tecnología se dedique a tener hijos artificialmente o a cambiarse de sexo, con dinero público. Vamos, que por mis creencias tampoco lo veo. Es una aberración. Kiko Hernández tuvo sus dos niñas en Chicago; está hecho un padrazo. Es mejor tener familia en la Mancha que una mancha en la familia. Yo nunca he dicho eso. Mi hija ha muerto.

II.

Por motivos del destino estás en la pista de despegue de tu avión, en una de esas raras ocasiones en las que has ido caminando, sin bus siquiera, y esperas a subir las escuálidas escaleras metálicas, maleta en mano, disimulando sus más de 10 kgs de peso. El ruido ocupa todo. Es enmudecedor. No te deja sorda porque tú eres 100% tímpano. Todo en ti es el ruido brutal, envolvente, incesante, invasor. Si cierras los ojos un segundo, no puedes escuchar tu propia respiración. Te pierdes en el ruido, que viene en muchas direcciones, hasta que viene de dentro de ti. A veces, ese ruido provoca un despegue. Otras, un aterrizaje.

III.

28J. No queremos ser normales porque la normalidad es violencia.

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