La hora de Berlín

foto: Víctor Manuel Sanchis

El ciclón informativo sobre la crisis ocupa tanta tinta, tantas imágenes y tanto teatro que cada vez es más complicado atender a otros estados de la actualidad donde es posible encontrar historias, equivocaciones o aciertos que permitan al lector atento y al filósofo de guardia obtener respuestas, construir soluciones.

Hace unos meses, cuando leía la noticia del diario Público sobre la curiosa situación del huso horario de la Península Ibérica y las voces de muchos nacionalistas gallegos llegaban a la prensa nacional pidiendo una hora menos para Galicia, que Alejandro me confirmaba porque de estas cosas sabe bastante, entré en contacto con un problema que con los meses, no sé si de manera exagerada, se me antoja como una metáfora bastante gráfica de los que nos pasa en estos años de pesimismos, corruptelas y demás sainetes de la actualidad nacional.

¿Por qué Finisterre, el final de la tierra del mundo latino, tiene la misma hora que Varsovia, que está a 3000 km de distancia? El caso es que solemos confiar en la exactitud de la ciencia y olvidamos muchas veces las inexactitudes del espíritu humano. En 1884 una convención de expertos en Washington trató de solventar el incómodo problema de las diferencias horarias. Había nacido el ferrocarril y la hora solar de las iglesias no era la misma en Metrópolis que en Elche, por muy cerca que estuvieran. Se estableció entonces el famoso meridiano cero, el de Greenwich, ese que según el ilustre ministro que enciende y apaga la luz en España pasa por Canarias (si no habéis visto el video de un ministro de España diciendo con toda la tranquilidad que da la ignorancia que el meridiano de Greenwich ha pasado, pasa y seguirá pasando por Canarias no os lo perdáis, sobre todo para subir la moral a todos los que nos pensamos que no estamos preparados –es mentira, cualquiera es ministro. Y ya si os engancha, es brutal la parodia de Dani Mateo en El Intermedio poniendo las Islas Canarias en el mapa de España debajo de Baleares, en el típico cuadradito de los mapas de nuestra infancia, donde sí pasa el meridiano).

Para que quede meridianamente claro, Greenwich pasa por la costa mediterránea, por lo que el huso horario de la Península debería ser la hora cero, la misma que tiene Londres. Sin embargo, cuando actualizamos el Iphone nos toca ajustar a GTM+1, que es la hora de Berlín, que también tienen Francia y el Benelux, que deberían tener la cero, pero no Portugal. ¿Y por qué este desaguisado? Porque, parodiando al ministro, la arbitrariedad del hombre ha sido, es y será siempre más poderosa que la razón.

En 1940, en plena II Guerra Mundial, la España de Franco adelantó el reloj para la primavera, pero decidió no atrasarla en invierno. España y la Europa invadida por los nazis (Portugal no lo hizo porque fue neutral en la Guerra) adoptaron la hora de Berlín en homenaje a los aliados Hitler-Mussolini, procurando un desfase con el meridiano cero que sólo Londres modificó después, ya que Francia y España continúan compartiendo el GTM+1.

foto: Víctor Manuel Sanchis
foto: Víctor Manuel Sanchis

Y así van 70 años en los que España ha construido sus mitos, clichés y demás folclorismos con una hora de más. ¿Quién no recuerda a la típica Erasmus horrorizada por los horarios de las comidas en España? En realidad, aunque comemos a las 2 y cenamos a las 9, el reloj solar marca la 1 y las 8. España, que si os habéis fijado está en el centro del mapamundi, y no es casual, tiene el privilegio de ser una de las regiones del globo en donde más tarde sale el sol.

Eso es lo que más o menos dice la ciencia, y mi reflexión, defectillos de poeta, quiere ver en esa hora que tenemos de más los problemas del mundo. Porque nos sobra una hora de jóvenes formados emigrando, nos sobra una hora de ladrones y ministros que manifiestan su ignorancia o recurren a la fe para disponer leyes a una sociedad que está madura y no sabe de democracias cristianas (zasca para Gallardón, sin olvidar las vueltas que estará dando Teresa de Jesús en el conventillo que tiene montado al otro lado del Vaticano celeste), nos sobra una hora de comportamientos cobardes, de mezquindades personales. Nos sobra una hora de desahucios y de miserias laborales, nos sobra una hora de seis millones de parados y de bancos con beneficios por encima de sus posiblidades.

Deshorar el reloj es también desechar las ineficacias de un sistema que nos presiona hasta ahogarnos, de unas relaciones personales basadas en la desconfianza, el recelo y el egoísmo. Por favor, que alguien nos quite la hora de Berlín, porque nos sobra.

Victor M. Sanchis

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