La edad tardía de la memoria: Luis Landero en su balcón

Llevaba diez años como profesor de literatura en un instituto cuando, en 1989, se estrenó con su novela “Juegos de la edad tardía”, que posteriormente recibiría los premios Nacional y de la Crítica. Oriundo de Alburquerque (Badajoz), Luis Landero emigró con su familia a la ciudad y tuvo multitud de oficios, desde aprendiz en un taller mecánico a recadero en una tienda de ultramarinos. Y como nada es baladí, pues acumulamos hasta gotas de lluvia en las pestañas que, bien nos aclaran la mirada o la enturbian durante un tiempo, a veces el grito y la mordaza descubren que no son compatibles. Puede que por esta causa “El balcón en invierno” (2014) surgiera como autobiografía, confesándose su autor saturado de ficción.

El punto de partida en esta historia es una muerte, una madre de cuarenta y siete y un hijo de dieciséis que se reencuentran en el balcón de casa. Su padre había sido “Moisés conduciendo a su pueblo hacia la Tierra Prometida”[1]LANDERO, Luis. 2014. El Balcón en Invierno. Barcelona: Círculo de Lectores, 2014, página 219, abandonando su terruño y vendiendo parte de sus pocas posesiones para medrar, para alcanzar el estatus que algunos ostentaban con fanegas, herencias y apellidos rimbombantes. Su padre había fallecido joven, entre los escombros de un sueño jamás realizado. Eran emigrantes, como tantos otros que marcharon a la capital para no morir de hambre o para subir peldaños en una escalera incierta, manejada por el azar y la confluencia de otros muchos factores.

La figura del padre es decisiva en su vida, tanto que Landero lo convierte en protagonista y antagonista; lo esboza como un ser huraño y lejano, pero siempre preocupado por el futuro de sus vástagos.
En el hogar no había sitio para la alegría cuando él estaba presente, mostrándose taciturno y gruñón, masticando ambiciones que nunca llegaban a ser más que mugre en las manos y arrugas en el ánimo. Si él marchaba, el piso de setenta metros cuadrados se convertía en el patio de un colegio y en ese recreo todo era luz, “hasta que los botines de becerro en la escalera”[2]Ibíd., p. 35 devolvían la compostura grave y silenciosa a la familia. Sin embargo, su falta y la ausencia es lo que le hace al autor rebuscar constantemente en el pasado, como en los restos de un naufragio.

Los años cincuenta en nuestro país fueron áridos, desteñidos por el cúmulo de lágrimas y pérdidas que traen las guerras, las heridas cerradas en falso.  El autor habla sin tapujos de una niñez sin libros, ni restaurantes, ni hoteles, ni vacaciones en el mar. No se viajaba y ciertas palabras, como “capital”, “criada” y “señorito”, eran reconocidas y utilizadas por ricos, analfabetos y manijeros. Las mujeres eran propiedad de sus padres, hermanos o maridos, dependiendo de la edad. Preparaban su ajuar de boda para guardarlo, más tarde, en la cómoda y el chinero. Vestían de negro, con medias tupidas, pañuelo y alpargatas; penitentes perpetuas, asustadas, sin saber qué hacer con las manos y la sonrisa. Su función era parir, amamantar, criar los hijos que les mandara Dios y decidiera su marido –siempre dispuestas, pero no deseosas-. Su espontaneidad, su coquetería, su opinión quedaban relegadas al silencio.

La ciudad acabó con su mundo de mitos y héroes, con la tranquilidad de las puertas siempre abiertas y la calle como extensión de su propia casa.
Los vocablos extremeños se reducían a un círculo pequeño y eran engullidos por otras expresiones del lugar, tanto que ni siquiera muchos jóvenes en la actualidad saben el significado de vocablos como farraguas, peruétano, arrepío, empicarse o morgañera. Tampoco de la dieta de entonces, que consistía en un plato de garbanzos con tocino y morcilla o unas migas en días de niebla, en una sopa de tomate y un poco de pan con aceitunas, acompañados de café negro portugués –de contrabando, por supuesto- y unas cuantas perrunillas, mientras se formaba el coloquio familiar y el hablar por hablar con sus refranes, leyendas y habladurías. El sacamantecas y las supersticiones bastaban como películas de ciencia ficción.

Por otro lado, “a veces, ocurría que me enamoraba perdidamente de una palabra”[3]Ibíd., p. 84 y en esa época febril dejó de creer en dios para hacerlo en Gustavo Adolfo Bécquer. Quería ser poeta, no oficinista. Puede que fuera por su afición a la soledad y a los sueños, o al susurro de la radio en la oscuridad de la noche, el caso es que la literatura lo atrapó incluso antes de conocerla realmente. Su único amor auténtico resultó ser la amada imaginada, la siempre inalcanzable, aquella que resplandecía en las canciones románticas y que tenía el aspecto de Madame Bovary. Sea como fuere, esconderse en un libro, “en el cálido cubil de las palabras”[4]Ibíd., p. 215, repercutió de tal manera que el niño mentiroso –del que tanto se quejaba su madre- recorrió un camino de aprendizajes difícilmente reemplazable por otros méritos o medallas.

La memoria no sólo devuelve nostalgias y acontecimientos velados por el sepia del olvido y los falsos recuerdos, también es el ancla que nos sujeta a lo que fuimos y, por tanto, somos. Un balcón es un lugar intermedio entre lo privado y lo compartido, entre la fantasía y la realidad; nos suspende en un limbo o compás de espera donde podemos dudar, porque cuestionarse no denota inseguridad sino valentía: ¿dónde está en verdad la vida?, ¿en uno mismo?, ¿en los demás?, ¿en ese espacio o lapso compartido?

A propósito de su libro, Luis Landero comentó que “El balcón en invierno es un acercamiento dulce y apacible al pasado”[5]LANDERO, Luis. “El balcón en invierno es un acercamiento dulce y apacible al pasado». 2015. El Diario. En línea. Internet (03 febrero 2019). Accesible en la dirección: https://www.eldiario.es/eldiarioex/cultura/Luis_landero_entrevista_0_346466149.html y el lector puede comprobarlo, si tiene el atrevimiento de adentrarse en esta autobiografía sencilla, profunda, tremendamente sincera.

Título: El balcón en invierno
  • Autor/es: Luis Landero
  • Editorial: Círculo de Lectores
  • Nº de páginas: 248
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. LANDERO, Luis. 2014. El Balcón en Invierno. Barcelona: Círculo de Lectores, 2014, página 219
2. Ibíd., p. 35
3. Ibíd., p. 84
4. Ibíd., p. 215
5. LANDERO, Luis. “El balcón en invierno es un acercamiento dulce y apacible al pasado». 2015. El Diario. En línea. Internet (03 febrero 2019). Accesible en la dirección: https://www.eldiario.es/eldiarioex/cultura/Luis_landero_entrevista_0_346466149.html
María Rodríguez Velasco

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