El perfil del personaje de Georgiana Spencer en función de la trama de la película La Duquesa

Más que un perchero donde colgar ropa

La Duquesa (2009) es un filme dirigido por Saul Dibb que se desarrolla a finales del siglo XVIII cuando Georgiana Spencer contrae matrimonio con el Duque de Devonshire. La diferencia de edad y la falta de amor hacen que la jovencita tome un rol activo en la vida social, participando en la política y ganándose la atención del pueblo de Londres y Bach de manera excesiva. Cuando su marido comienza una relación amorosa con su mejor amiga, Lady Foster, la duquesa termina supliendo sus necesidades afectivas con el apuesto y prominente político Earl Grey. Hasta que las responsabilidades sociales y maternas la obligan a renunciar este idilio.

Esta última decisión marcará el final de un proceso evolutivo para nada lineal. El director se basa en una visión esencialista tomando a este personaje desde una perspectiva histórica –teniendo en cuenta que el guión es la adaptación de la novela de Amanda Foreman: “Georgiana: La Duquesa de Devonshire”- que trata de seguir de manera fiel, incluso en el propio modelado de este a partir de retrocesos y adelantos. La espiral de ilusiones y desesperanzas terminarán colocando al personaje como centro de conflictos (Anexo 1) y modelándolo a partir de varias etapas, aunque se siga la estructura clásica de dramaturgia para el teatro en los niveles generales del filme.

Esta figura bien valdría un estudio de género no solo por el papel de víctima que desarrolla ante los ataques del patriarcado, sino también –y este es uno de sus méritos- por la influencia a niveles públicos que llegó a tener cuando la presencia femenina en la política estaba muy lejos de reglamentarse. Es aquí donde se esgrimen una de las primeras características que Keira Knightley, como intérprete de la duquesa, trae a la pantalla: un personaje lleno de contrastes y altibajos emocionales producto de la poderosa atención que recibe de lo demás y la poca que su esposo le otorga. 

Por tanto, Georgiana estará asistiendo a un crecimiento que se hará evidente no solo desde su proyección a lo largo de la trama, sino también desde su perfil físico en términos de vestuario. El mismo personaje asevera la carga de tal componente en la escena de la noche de bodas, cuando le comenta a su esposo que el vehículo expresivo de las mujeres es la ropa. A través de estos elementos el director deja pistas simbólicas que marcan los contrastes, generan conexiones entre los distintos puntos del filme o apoyan determinado estado situacional y emocional.

Adiós, Juventud.

La primera etapa puede ser enmarcada desde los inicios de la película hasta la noche de la cena con los simpatizantes del partido. Las primeras imágenes muestran quizás a la Georgiana más pura e ingenua de todo el filme. El juego en los jardines, la simpleza del vestido, el poco uso de complementos, el coqueteo con Earl Grey y su poderoso histrionismo  son signos de la libertad que su juventud le ofrece, que se contrapone enérgicamente con el ambiente que se gesta al interior de la casa. William y la madre de la futura Duquesa se complementan entre sí no solo por las decisiones que están tomando para un porvenir ventajoso mutuo, sino desde la paleta oscura de colores que predomina en la decoración y en los ropajes. Esto se hace incluso más visible una vez que Lady Spencer le comunica a su hija todo lo acontecido. Ante la tradición que el cine recoge  de matrimonios concertados, cabría esperar una reacción negativa por parte de Georgiana, pero resulta curioso la manera en que asume el aviso. Se muestra entusiasmada ante la posibilidad de encontrar el amor en un hombre poderoso que ha visto dos veces, lo que es manifestación de un espíritu inexperto, propio de una edad inferior a los 18 años.

Dicha característica se remarca en la conversación posterior con la madre, donde ella espera algo más de su esposo: compañía y amor, no la frialdad con la que se manifiesta la mayoría del tiempo, incluso en la intimidad.  A pesar de que Lady Spencer parece mostrar el matrimonio solamente como garantía de un heredero, Georgiana mantiene cierto halo de esperanza que comienza a esfumarse una vez que descubre la infidelidad de su marido con la sirvienta.

En esta etapa, el personaje asiste a una presentación y descubrimiento del mundo fuera de su realidad juvenil. Su inocencia le lleva a esperar comportamientos y sentimientos de su esposo que terminan por no producirse y esta parte de su personalidad comienza a desvanecerse. Inversamente proporcional a ello, los peinados, los vestidos y los complementos comienzan a adquirir mayor elaboración y profusión. La idea adecuada sería “A mal tiempo, buena cara”. Sin embargo, se dan a conocer rasgos que sí se mantendrán en la película como es su habilidad para destacarse en los juegos y captar la atención de quienes la rodean.

Consuelo Social

En la segunda etapa, enmarcada desde la llegada a Bach hasta la noche del teatro, estos rasgos han ganado en potenciabilidad, sobre todo el segundo. Considerada  una persona distinguida, ya no solo por la posición social que ocupa, sino también, primero, por conocerse su imposibilidad, a la altura de seis años de relación, de tener un hijo varón. Esto evidentemente resulta una molestia para la estructura machista de la mente del Duque de Devonshire, que se sigue desdibujando del modelo ideal que Georgiana esperaba. Segundo, por el sentido de la moda basado en la profusión de adornos y vestidos barroquizantes, que continúan en la línea de hacer llegar una proyección de felicidad, cuando realmente no se tiene. Con relación a la etapa anterior ha habido un crecimiento en la decoración, ya que la situación marital ha empeorado.

Sin embargo, la esperanza parece asomarse. Más allá de ganarse mayor atención del pueblo, sentir amor incondicional por sus hijas, aparece la figura de Lady Foster, quien se ganará el puesto de mejor amiga, incluso conviviente. Su presencia alimentará la ilusión de Georgiana dentro del círculo tirante que mantiene con su esposo. De cierta forma ha asumido que su marido es un “incansable conquistador”, así como la sociedad misma lo sabe. Lo prueba la obra teatral que ofrece guiños sobre matrimonios infelices desde una intencionalidad directa.  

Se asiste entonces en esta segunda etapa a un entendimiento secundario por parte de Georgiana de la naturaleza mujeriega de William –el primario se produjo una vez que le impuso la crianza de Charlotte-, pero su desmedido histrionismo inicial se convierte entonces en herramienta de agrado social desde la visualidad, el humor, la perspicacia y el pensamiento. Se ve una Georgiana más sufrida, pero que encuentra compensación en su entorno, esgrime una manera de luchar por  sí misma.

¿Libertad con Moderación?

La tercera etapa se abre una vez que se reencuentra con Earl Grey la misma noche del teatro. Es uno de los ciclos más dramáticos no solo del filme, sino de la propia figura. Mientras se deja llevar por el placer de pensar en Grey de otra manera -regresar a esa tensión no resuelta- y el de ser motor impulsor de la campaña del Partido frente a los ojos del pueblo, asiste nuevamente a la desilusión. Bess se convierte en amante de su marido. Desde la rabia y la desesperanza interpela a William en la misma recamara donde hacía años atrás la había desvestido de sus ropas de niña y ahora ella se enfrentaba a él desde un vestido con atributos masculinos. Hay un crecimiento, una percepción de la realidad -la que él le ha impuesto- de manera distinta. Si bien la noche de la cena no emitió queja al ver a la sirvienta, ahora la contención de las emociones afloran de golpe ante la sensibilidad del motivo.  El empoderamiento solo sirve para su continuo descubrimiento personal, pues su esposo no asiste a los reclamos y el triángulo amoroso se intensifica con la llegada de los hijos de Bess.

Esto la catapulta a los brazos de Grey y en la creencia del propio principio, por ella enjuiciado en los inicios del filme, de “la libertad con moderación”, apela a un disfrute de los esposos con sus respectivos amantes. Aunque el gesto se mantiene dentro de los deseos de lucha por la realización propia, aun permanecen vestigios de esa naturaleza ingenua de la creencia en el amor, aunque conozca los motivos de Bess y el temperamento de su esposo.  Sin embargo, William  toma tal propuesta como reto a su propia masculinidad y la viola. No solo logra la intención única por la cual él concebía el matrimonio, que es la concepción de un hijo varón, sino que genera en ella un estado de desesperanza mucho más largo y profundo que los anteriores.

Es evidente en la escena en la que Fox es elegido. En cierta medida se repite la secuencia de la palestra pública y el reconocimiento de Georgiana a ojos del pueblo de figura destacada simpatizante del Partido, pero en ella todo cambió. Su histrionismo parece haber desaparecido y entra en un bucle de lamentación que la lleva a ridiculizarse en un evento social. El “A mal tiempo buena cara” parecía agrietarse, la propia resolución del maquillaje, el vestido y el peinado apoyan esta concepción patética de lo exagerado y mal dispuesto.

Canto de Cisne

La cuarta etapa se inicia con el pago de quien realiza un buen trabajo y aunque las oquedades creadas durante todo ese tiempo eran insalvables a las alturas del matrimonio, al menos Georgiana podría tener otro tipo de paz. Sin embargo, este ciclo está fomentado por un nuevo tipo de ilusión que se gesta en ella a partir de la entrega a Grey. Él se ajusta al modelo de hombre que esperaba en cuanto atención y amor, por lo que vivir con él una especie de idilio resultaba una realidad alternativa perfecta. Pero ahora ser el foco de atención, hecho que la favoreció durante mucho tiempo, se convertía en su peor enemigo al darle la posibilidad al Duque de enterarse de su amorío.

El intento de contrato en el pasado y este romance oculto se diferenciaron en la reacción del duque. Si bien en la primera oportunidad se tornó violento compulsivo, ahora llegaba con un gesto mucho más sutil e hiriente, tomando como debilidad el amor incondicional de una madre por sus hijos. Puso a Georgiana contra la pared y aunque esta al principio se mostró consecuente con sus reiterados intentos de lucha por encontrar la felicidad, al final termina sucumbiendo al sentimiento materno. Abandona la verdadera posibilidad de amor por no separarse de sus pequeños. Le daba la razón entonces a Bess cuando esta decía que no había límites para el amor, mucho menos si se trataba de los hijos.

Su historia con Grey parecía terminar en aquella escena del vestíbulo, donde se repetían hasta los colores de su vestido –rosado y azul- y el motivo de la rosa en el cabello de la secuencia que compartieron en el lago, como una suerte de punto de partida y final. Pero Georgiana se muestra mucho más madura, ya tomó la decisión de quedarse con sus hijos, amén de sacrificar el gran amor que siente por él.  La muchacha del inicio de la película se encandiló con lo que parecía una promesa de amor y pagó su ingenuidad con infidelidades y desilusiones, pero ahora realmente alguien le estaba ofreciendo lo que ella buscaba, pero por un precio demasiado alto que una madre adulta no es capaz de pagar.

La historia de lo que pudo haber sido y no fue la atormentaría unos nueve meses más. Confinada a la reclusión en el campo, se denota nuevamente el hastío y la desilusión, pero también el intento de reivindicación de Bess para con ella. La ayuda en todo el trance de gestar y entregar a una hija que verdaderamente había sido fruto del amor. Se volverían a encontrar y se tratarían con la distancia que la sociedad les exigía para disipar las habladurías, sin embargo, Georgiana realmente nunca renunció a su hija y la continuó visitando, así lo asevera el resumen general mostrado al final.

Se asienta la última de las resignaciones y parece asentar la enseñanza de la madre sobre la fuerza, la paciencia y la resignación como claves para la vida matrimonial, pero no se detiene la lucha por un presente diferente y un futuro mejor porque se reinsertó en la sociedad y continúo siendo una importante influencia. Lo que sí comprende las complejidades del matrimonio como negocio de supervivencia de un linaje, así como el aprovechamiento de los hombres de su preeminencia en la sociedad desde el género y la posición.

Georgiana transita de niña a mujer de manera irregular, pues sus ilusiones de juventud son desbancadas por la constante desesperanza. Sus intentos de salir a flote y encontrar refugio en otros ámbitos, solo hacía que cada dosis de realidad fuera más intensa que las anteriores, trayendo como resultado el conformismo. Su manifestación física exigía de ella falta de concordancia con sus circunstancias íntimas, no solo por la posición, sino tambien por alimentar esas vías de escape a través del reconocimiento social que crear tendencias en la moda podía proporcionarle.  

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