La dulzura del sufrir

En la mayoría de las ocasiones, las situaciones más inocentes, cotidianas, aquellas que no nos paramos a pensar nos conducen sinuosamente a otras si no mucho, algo más determinantes, que acaban, verdaderamente, apasionándote y atormentándote a partes iguales. Es la casuística de la vida que, a modo de Las vidas posibles de Mr. Nobody, condicionan lo que hemos sido o seremos. No obstante, tampoco hay que darle mayor importancia, si no hubiera sido eso, habría sido otro, del mismo modo que, de no haber conversado con una persona que ahora está en Portugal y haber mencionado a Fernando Pessoa, ahora estaría escribiendo sobre La divina comedia o el último poeta que he estado ojeando. Hay que recordar que en la vida posmoderna todo es siempre relativo. Así, con esa idea pululando en mi mente y siguiendo el consejo que un muy buen profesor nos dio hace ya tiempo de “escribir no sobre lo que se conoce, sino sobre lo que se desconoce”, decidí escribir esta entrada sobre el deseo absurdo de sufrir en la obra del poeta que es uno de los máximos referentes de la literatura universal y, sin duda, el escritor más brillante de la lengua portuguesa.

De toda su obra, me gustaría destacar el Libro del desasosiego, un libro inagotable, íntimo y a la vez plural, que bien refleja ese espíritu fragmentario y contradictorio del genio. Un libro con el que, fácilmente, podemos identificarnos, pues despierta los sentimientos que subyacen en las estructuras más profundas de nosotros y que en muchas ocasiones o bien camuflamos o bien ignoramos, pero que sin duda están, como por ejemplo, el de la insatisfacción vital:

99

La tragedia principal de mi vida es, como todas las tragedias, una ironía del Destino. Recuso la vida real como una condenación; recuso el sueño como una liberación innoble.

321

He llegado a ese punto en el que el tedio es una persona más, la ficción encarnada de mi convivencia conmigo mismo.

O la esperanza de “no – ser” en el sentido de que la vida es un sueño previo a la muerte o un camino cuyo fin es la muerte:

297

Somos muerte. Esto, que consideramos vida, es el sueño de la vida real, la muerte de lo que verdaderamente somos. Los muertos nacen, no mueren.

4

Nos quedamos, pues, cada uno entregados a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso.

Asimismo, trata lo complejo de las relaciones sociales, la dificultad de encontrar un equilibrio entre uno miso y los otros:

79

Me irrita la felicidad de todos esos hombres que no saben que son desgraciados. Su vida humana está llena de todo cuanto constituiría una serie de angustias para una sensibilidad verdadera. Pero, como su verdadera vida es vegetativa, lo que sufren pasa por ellos sin tocarles el alma, y viven una vida que se puede comparar únicamente con la de un hombre con dolor de muelas que hubiese recibido una fortuna, la fortuna auténtica de estar viviendo sin darse cuenta; el mayor don que los dioses conceden, porque es el don de ser semejante a ellos, superior como ellos (aunque de otro modo) a la alegría y al dolor.
Por eso, a pesar de todo, los amo a todos. ¡Mis queridos vegetales!

La pérdida de los valores morales, la soledad del hombre ante la pérdida los ideales comunes y su consecuente incapacidad de reacción:

2

He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido la Humanidad como sucedáneo de Dios.

3

En la vida de hoy, el mundo sólo pertenece a los estúpidos, a los insensibles y a los agitados. El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación.

4

Sin ilusiones, vivimos apenas del sueño, que es la ilusión de quien no puede tener ilusiones. Viviendo de nosotros mismos, nos disminuimos, porque el hombre completo es el hombre que se ignora. Sin fe, no tenemos esperanza, y sin esperanza no tenemos propiamente vida. No teniendo una idea del futuro, tampoco tenemos una idea de hoy, porque el hoy, para el hombre de acción no es sino un prólogo del futuro. La energía para luchar nació muerta con nosotros, porque nosotros nacimos sin el entusiasmo de la lucha.

Por último, lo tormentoso del amor; el orgullo de negar lo evidente, la necesidad de tener lo imposible.

14 – 15 (FINAL)

Tú no eres mujer. Ni siquiera dentro de mí evocas nada que yo pueda sentir femenin[a]. Es cuando hablo de ti cuando las palabras te nombran hembra, y las expresiones te perfilan de mujer. (…). Pero tú, en tu vaga esencia, no eres nada. No tienes realidad, ni siquiera una realidad /sólo tuya/. Propiamente, no te veo, ni siquiera te siento. Eres como un sentimiento que fuese su propio objeto y perteneciese por completo a lo íntimo de sí mismo. (…).
Ocupas el intervalo de mis pensamientos y los intersticios de mis sensaciones. Por eso no te pienso ni te siento, pero mis pensamientos son /opiales/ de sentirte, y mis sentimientos góticos de evocarte. (…).
Eres lo que le falta a todo. Eres lo que a cada cosa falta para que la podamos amar siempre. (…).
Todos tus gestos son aves. Eres golondrina al abatirte, cóndor al mirarme, águila en tus éxtasis de orgullosa indiferente.
Eres toda crujir de alas, como de los (…), la laguna de verte yo.
Tú eres toda alada, toda (…).

Podría estar así, poniendo muchos más fragmentos pues no tienen desperdicio alguno, pero casi todos pueden condensarse en la suerte de sufrir como constatación de nuestra existencia.

Así pues, El libro del desasosiego son unas confesiones de desaliento que suponen la salvación del genio ante ese estado de “abulia absoluta”, que él mismo declara en repetidas ocasiones: “Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir”. Con un lenguaje puro, complejo, paradójico; a veces, tan personal que es difícilmente traducible, Pessoa remite a la ultradimensión de las múltiples verdades de los estados de ánimo. Es, en suma, un poética que, con ese juego del “ser – no ser” y estar en el mundo como puro trámite, nos recuerda a Wittgenstein, Heidegger o Nietzche, y revela tanto la esencia de lo poético como lo desgarrador de la condición humana.

Laura Fusinato

3 comentarios

  1. Intensa y conmovedora reseña sobre el gran fingidor, sobre el poliédrico rey de los heterónimos…¿qué sería de nosotros sin la poesía, sin la literatura…?

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