La ciudad que nunca duerme: sobre un film de Jules Dassin

Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la corriente dominante de Hollywood absorbía las técnicas del documental y las lecciones del neorrealismo italiano, y los productores seguían empleando alegremente a cineastas de izquierda, The Naked City (La Ciudad Desnuda, 1948) se identifica invariablemente como un clásico. Pero además, un clásico que sobrevive a las décadas como piedra de toque de los procedimientos policíacos y como documental, al mismo tiempo, de Nueva York, la ciudad que nunca duerme. Ejemplar también, cinematográficamente hablando, pues se trata de una película excelente a partir de una historia raquítica: el filosófico teniente irlandés Dan Muldoon (impagable Barry Fitzgerald, que, para muchos cinéfilos, es el inolvidable casamentero borrachín de El Hombre Tranquilo) y el joven Jimmy Halloran (Don Taylor) investigan la muerte de una muchacha, lo que, en principio, no parece alentar mucho escrutinio. La película, empero, termina por impulsarse gracias a la visión que de la ciudad tienen el director Jules Dassin y el productor y narrador Mark Hellinger-, como comunidad intrincada.

Con elementos de Jimmy Breslin, Roberto Rossellini y Jane Jacobs, esta concepción estilística y temática atraviesa las deficiencias de la historia y, aunque la película refleje el sentimiento desapasionado de Dassin por la vida cotidiana neoyorquina y la convicción de Maltz de que la corrupción llega desde las clases altas, la crítica social es bastante suave. La película fue rodada casi en su totalidad en las calles de Nueva York y toma su título de una colección de fotografías sensacionalistas de escenas del crimen y la vida en la calle, a cargo del reportero Arthur H. Fellig, que firmó su obra con el sobrenombre de Weegee. Desde el momento en que adopta la manera expresionista y la psicopatología vanguardista del cine negro al que se han asociado Dassin y Hellinger, la película deviene un peculiar híbrido en el que todo lo anterior incluye la inspiración en el documental, ya clásico, Berlín: sinfonía de una gran ciudad (Berlin: Die Sinfonie der Großstadt), dirigida en 1927 por Walter Ruttmann.

El héroe del film de Dassin es Nueva York, encapsulado para siempre durante el caluroso verano de 1947. Sus ciudadanos son el elenco desconocido que sustenta sus columnas. En la película -que asume técnicas de serial radiofónico (diálogo expositivo, narración intensa, conversaciones callejeras irreales y efectos de sonido) y agrega estructuras repetitivas, un meticuloso trabajo de campo y numerosos grupos de personas- se renuncia deliberadamente a enmarcar dramáticamente las escenas y lo que hace Hellinger es proporcionar un comentario conocedor, íntimo y folclórico, sobre la acción que domestica la narración y socava deliberadamente el suspense, aunque éste no desaparezca nunca. En un principio, Muldoon interroga al novio y principal sospechoso, Frank Niles (Howard Duff), y a sus socios, pero no puede conseguir pruebas que los involucren. Así que Halloran y algunos otros detectives siguen a Niles y detectan así un reguero de pistas en Manhattan, descubriendo una red criminal que conducirá finalmente al asesino y al cierre del relato.

La televisión puede ser su legado, pero el poder visual de The Naked City proviene de sus estilizadas tomas documentales y la fotografía de William H. Daniels. La acción se enmarca, a través del montaje entre escenas y la irónica, por momentos, narración de Hellinger, en el curso del ciclo perpetuo de la ciudad: el ajetreo de la mañana, el fervor de la noche y su libertinaje, y finalmente, la luz de la mañana. Dassin se detiene en los cortes y establece sabias tomas de esa bulliciosa metrópolis de posguerra. Siguiendo pistas y buscando sospechosos, Halloran viaja desde su hogar en Astoria a una tienda de refrescos del Lower East Side, al salón de belleza Midtown o al gimnasio de lucha de Brooklyn.

La descripción general que se lleva a cabo de los policías como componentes anónimos e intercambiables, pero integrales, de la infraestructura de la ciudad, obedece a esa tendencia estabilizadora de la Norteamérica posterior a la Segunda Guerra Mundial. No por nada, la naturaleza peatonal de la labor policial parece reforzar su propia normalidad y la descripción de la faena -poco romántica, pero esencial- que en esta película se hace, rinde homenaje a los deberes repetidamente ingratos del esforzado trabajador medio. La ciudad es un organismo complejo en el que todos juegan un papel fundamental. Oímos cómo el narrador dice: «Hay pulso en una ciudad y nunca deja de latir». El crimen también es una parte normal del día a día. Sobre la toma de un cadáver flotando en el puerto, el narrador comenta: «Pura rutina, la morgue se encargará de esto». El criminal tiene su rol, tan especializado y anónimo como cualquier otro. Cuando es perseguido por la policía, el asesino Willie Garzah (espléndido Ted de Corsia) grita: «Esta es una gran y hermosa ciudad. Cogedme si podéis».

La principal fuerza creativa detrás de este enfoque parece haber sido el propio Hellinger, un ex columnista de periódico y productor de películas de serie B. Él es quien permite al espectador ver la historia como un voyeur callejero, animado por la voz en off omnisciente que estimula a los personajes y las multitudes. Hellinger lee los créditos, alentando aún más el efecto de distanciamiento, y nos anuncia que va a contar una historia entre muchas. Pero hoy, en pleno siglo XXI, somos también voyeurs históricos. La visión de la ciudad está muy lejos de la gris industrialización industrial actual. 1948 es prácticamente el último año de existencia de una vida social activa en las calles norteamericanas. El narrador dice: «Esta es la ciudad tal como es», y sin embargo sabemos que, lo que entonces se consideraba una representación gráfica de la vida en la calle, ahora se ve como un himno cariñoso a una comunidad ordenada y vibrante. Algo que ya no existe.

Éste es el ejemplo de cómo una historia puede volverse insignificante en comparación con el alcance de la ciudad en la que tiene lugar. La ciudad en sí misma es el personaje más interesante de esta película, con personalidad y significación. Así, The Naked City marca el primer intento fílmico de describir un entorno como si fuera un ser vivo, lo más cerca posible sin antropomorfizarlo. Pensemos en el trato que dieron a París escritores como Baudelaire y Louis Aragon. Pensemos en Walter Benjamin y su imprescindible Das Passagen-Werk (Libro de los Pasajes, 1927-40)[1]BENJAMIN, Walter. 2004. El Libro de los Pasajes. Madrid: Akal, pp. 1104. La ciudad, como ser vivo, demanda amor y odio, revela toda la belleza y el terror de los que la humanidad es capaz en unos pocos kilómetros.

Esta obra maestra, un hito cinematográfico singular, casi diríase un documental interpretado por el New York Post, un work-in-progress con viñetas, uniforme tropo que desciende de la filosofía de los tabloides: «Hay ocho millones de historias en la Ciudad Desnuda. Ésta ha sido una de ellas».

Otra jornada ha terminado.

Ficha técnica

Título en España: La Ciudad Desnuda. Título original: The Naked City. Año: 1948. Duración: 96 min. País: Estados Unidos. Dirección: Jules Dassin. Guión: Albert Maltz, Malvin Wald (Historia: Malvin Wald). Música: Miklós Rózsa, Frank Skinner. Fotografía: William H. Daniels (B/N). Reparto: Barry Fitzgerald, Howard Duff, Dorothy Hart, Don Taylor, Frank Conroy, Ted de Corsia, House Jameson, Anne Sargent, Adelaide Klein, Grover Burgess, Tom Pedi, Enid Markey, Arthur O’Connell. Productora: Universal International Pictures. Disponibilidad: DVD, Blu-Ray.

Referencias   [ + ]

1. BENJAMIN, Walter. 2004. El Libro de los Pasajes. Madrid: Akal, pp. 1104
Daniel Arana

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