La carcoma (Ingmar Bergman, 1971)

No tener tiempo para todo y tener la certeza que no se tendrá nunca. No ser rentista para haber acabado hace tiempo ya varias filmografías de relumbrón. Tener sueño, cansancio, hambre, ser mortal (y a veces rosa) tiene enormes ventajas que nunca calibramos lo suficiente.

Todavía hay tiempo para cruzarse contra este misil nuclear de película, entre vanas actualidades y citas absurdas de obligado cumplimiento. Todavía hay tiempo de descubrir que no se conoce una de las obras maestras de este genio del cine del que en este 2018 se ha conmemorado el centenario de su nacimiento.

Rodada al final de su periodo más prestigioso, el que va desde Persona a Pasión. Antesala de un Bergman  más popular y universal, y hoy cada vez más cuestionado, el de Gritos y susurros. La carcoma se encuentra en tierra de nadie considerada sin remisión una de sus obras menores por su falta de complejidad, la previsibilidad y los tópicos de su guion.

Verdades casi irrefutables atendiendo a su desarrollo argumental tal como lo narraríamos en una hoja en blanco. E irrefutables atendiendo a que se haya visto una copia, como la de La2 en el mítico ciclo de 1993, que palidece trágicamente al lado de la restauración del Swedish Film Institute (además con las partes en sueco, habiéndose visto siempre completa en inglés), puesta en circulación por el BFI en una magnífica edición dual en blu-ray y dvd.

No se trata de fiscalizar ni de juzgar cómo ha visto cada uno las miles de películas que hemos visto de mil maneras diferentes, pero desde que Bibi Andersson entra en el hospital con su abrigo rojo, bajo la luz  lluviosa del fotógrafo Sven Nykvist, sabemos que estamos ante una obra en el que el cómo va a importar más que el qué.

Rápidamente nos damos cuenta de que Bibi Andersson juega un papel decisivo en esto. La hemos admirado muchísimas veces pero ahora mismo no recuerdo una película de Bergman en la que tenga un protagonismo absoluto como actriz. Los años 70 supusieron los de una enorme popularidad para la actriz Liv Ullmann por películas como Secretos de un matrimonio o Sonata de otoño, donde mostraba de forma conmovedora su fragilidad.

Rápidamente entendemos que ésta no era película para Liv. El film se abre con la muerte de la madre de la protagonista, Karin, y Bibi Andersson en a duras penas secuencia y media da un recital transitando por una gama de emociones entre la contención y el derrumbe.

Sabíamos que era una excelente actriz pero La carcoma va a demostrar hasta qué punto.

Como la película es una coproducción con una compañía estadounidense en la vida de la burguesa pareja que forman Bibi y Max Von Sydow aparece nada más y nada menos que Elliott Gould procedente de MASH.  Un cuerpo extraño en el cine del maestro, que podría sentirse como desubicado e inconveniente pero también entendemos rápidamente que no era un papel para pongamos por un caso Erland Josephson.

David Kovac, el arqueólogo que entra como un huracán en la vida de Karin, es un ser irrascible, primario, infantil, inmaduro y desnortado. Un personaje por el cual es difícil sentir simpatía y Gould se hace cargo de él de forma excelsa, asumiéndolo con toda su simpleza y su repelencia. Yo no sé si algún actor sueco de la troupe de Ingmar podría haberlo hecho.

De hecho la historia de La carcoma me recuerda poderosamente a la de una de mis películas más queridas del universo del sueco, el guion de Infiel  que en el año 2000 dirigió Liv Ullmann. 

Tanto la Karin que interpreta Bibi Andersson como la Marianne a la que en el 2000 daría vida Lena Endre se sumergen en un confuso vendaval de emociones ante un personaje disruptivo y disonante, que el espectador sabe desde el primer momento que no está capacitado para saciar las ansias de libertad que tienen ambas.

Bibi Andersson muestra ese vendaval desde el desconcierto inicial, las dudas, la inestabilidad emocional mezclada con el deseo y finalmente algo que tiene mucha relación o con el amor o con la redención de su vida gris aparentemente segura.

Y conmueve de veras,   se sumerge uno también en ese vendaval, se entiende el cómo y el por qué las decisiones y los sentimientos no vienen ordenados con un certificado de corrección o aceptabilidad. “Ella odia toda forma de decisión”, dirá su marido interpretado por Max Von Sydow.

Esa barquita mecida por el oleaje que son los sentimientos de Karin empieza por el deseo, busca una salida a sus rituales burgueses pero como luego veremos en Secretos de un matrimonio intuye que tras la aventuras hay “más de lo mismo”. La visión de Bergman de la pareja es más que desoladora pero como apunté en otro artículo, en toda obra de Bergman hay una rendija de luz (que no de optimismo) y aquí compone el mejor personaje femenino de su carrera por la capacidad de combinar desencanto y libre albedrío.

Ya apunta el personaje de Elliott Gould que el insecto que devora la talla es tan hermosa como la propia talla, la crisis pone en marcha nuestra capacidad de reinventarnos, aunque sea devorándonos. (Sería horrible que sonara fácil o sonara a autoayuda, porque no se trata de eso sino de la lucidez que acompaña al mejor cine del maestro).

Y todo eso no es en los diálogos donde más brilla sino bajo la luz maravillosa de Nykvist y el trabajo con los espacios, la casa amplia del matrimonio Von Sydow-Andersson y el pisito lúgubre de Gould. Brilla bajo las demoledoras rutinas (el momento pijama que volvería a verse en Secretos de un matrimonio) y brilla bajo el temblor de la aventura donde las emociones cambian de un momento a otro (el juego que dan esas terroríficas escaleras en escenas como en la que Bibi Andersson baja llorando antes de encontrarse con la vecina).

Y brilla de manera insólita gracias a un tema musical de Jan Johansson, que es sin duda el más hermoso de toda la filmografía del maestro, digna de las mejores composiciones de Georges Delerue o Michel Legrand, y que acerca a la película al cine de amor de un Truffaut.

Habiéndola visto en inglés a palo seco, sin tener un gran dominio auditivo de esa lengua (uno se procura muletas para los pasajes que entiende menos), es una película deslumbrante, una de sus mejores obras, tanto por lo que dicen por sobre todo cómo lo dicen, fundamentalmente dónde lo dicen, lo que no dicen y su mirada y el contraplano de la nuestra sabe expresar y por cómo articula un discurso sobre las relaciones personales, tan coherente con el resto de su filmografía como profundamente vibrante y emocionante por si misma.

Ficha técnica


Título: The touch. Año: 1971. Duración: 113 min. País: Estados Unidos. Dirección: Ingmar Bergman. Guion: Ingmar Bergman. Reparto: Bibi Andersson, Elliott Gould, Max von Sydow, Elsa Ebbesen, Sheila Reid, Staffan Hallerstam Productora: ABC Pictures/Cinematograph ABC

Sergio Sánchez

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