La blanca oración de Francis Jammes

Francis Jammes

Existen lugares que están hechos, sin duda, para la inspiración del poeta.

Por eso, quizás Francis Jammes (1868-1938) apenas abandonó la región del Béarn donde, trabajando como escribano, llevaba la vida pacífica de un hombre de provincias, en armonía plena con la naturaleza y un arraigado sentido de lo humano. Caminatas por las montañas, algunas charlas y, sobre todo, poesía sin ningún artificio de estilo. En ese decir de la vida cotidiana y los incidentes menores que modulan su curso, se mueve Jammes.

Era, pues, tiempo de innúmeros manifiestos poéticos (sirvan como ejemplo el instrumentismo de Ghil, el romanista Moréas, el socialista Darzens o el naturalismo de Saint George Bouhélier en 1896) y en este contexto, Jammes ironizará sobre la proliferación de escuelas. Aunque su manifiesto sobre la verdad es un contra-manifiesto, existe sin embargo el jammismo. Su definición de poesía es una suerte de pintura de la verdad, como alabanza hacia Dios.

Del Ángelus del alba al Ángelus de la tarde[1]La edición utilizada para este artículo es JAMMES, Francis. 2006. «De l’Angélus de l’aube à l’Angélus du soir», en Œuvre poétique complète. Ed. Michel Haurie. Biarritz: Atlantica, pp. 57-237 (todas las traducciones son nuestras) aparece en toda esa vorágine, casi a principios del siglo XX (1898) e ilustra, sobre todo, la libertad de su inspiración poética. 

Evoca su infancia y sus sueños de aventura con ingenuidad e ironía, tomando prestado de los simbolistas el verso libre que mejor se adaptará a su exuberancia. Si bien algunos dirían que tal ingenuidad representa un prejuicio infantil o que su lirismo es principalmente una prosodia complaciente, el encanto de sus primeros poemas, sin embargo, sólo puede provenir de una sinceridad y una sensualidad feliz.

Hay aquí, y así lo experimentará el lector, grandes pinturas al óleo, brillantes y pequeñas imágenes ingenuas, sin pretensiones.
Todo es una música dulce y embriagadora, junto a los animales de los campos y la casa solariega que tanto amó el poeta: burros que caminan por el acebo, grandes bueyes rojos… Albert Flory dirá de Jammes, no por nada, que se trata de un poeta inimitable en su gracia, su emoción naif, su exactitud o su color local[2]FLORY, Albert. 1941. Francis Jammes. Paris: Maison de la Bonne Presse, p. 20.

Esta es, pues, una de las más grandes colecciones de poemas de Jammes y que, aunque fue escrita antes de su conversión, se dirige a Dios en todo momento y le confía los sueños más preciados de su alma contemplativa: sufre, pero nunca deja de amar a su Creador a través de los esplendores de la naturaleza. La vida de los humildes, la de todos los días, es el tema de su inspiración: oculta sus tesoros al laico, pero se los revela al que sabe ver la verdad con ojos puros. Para Jammes, cada día es una aventura que debe considerarse de acuerdo con la fe, donde cada gesto se inserta en la vida universal y confiere a los sentimientos -y por ende, las aspiraciones- la certeza de una realidad. Sólo Dios puede darnos la facultad de conocer la vida: en la paz del mundo, la manera más segura de lograrlo es la oración. Jammes ha convertido cada poema en una oración: Si existes, Dios, no la dejes morir: / tenía manos blancas y delgados brazos[3]Jammes, Op. Cit., p. 69, como si resonase, en cada palabra, un eco de la súplica con la que tal vez comenzó el lenguaje y una nueva forma de relación entre la especie.

Eso explica también que haya un corazón que sueña con las muchachas que amó y perdió: Tu étais nue sous ta robe de mousseline (Estabas desnuda, bajo tu vestido de muselina)[4]Ibíd., p. 67, una de las más hermosas figuras femeninas presentes en la poesía de Jammes. También esa demanda de intensísima belleza, dirigida a la amada: Cuando muera, tú que tienes los ojos azules, / azul de fuego, de coleóptero menudo / de los ríos, muchacha tan querida, / como un iris de «Las flores animadas», / vendrás para llevarme gentilmente de la mano.[5]Ibíd., p. 61

En la poesía de Francis Jammes, nada hay que no aparezca trasformado y si esto sucede es porque todo nos es dado para ser visto a través de una luna garza, preñada de quimeras; tamiz asombroso, por tanto, de dicha transfiguración.
La emoción más simple la hace honda y la sensación es que, sencillamente, en el fondo de las cosas que Jammes nos ofrece, tan exornada de poéticas aguas claras, hay algo más, algo que no llegamos a aprehender, aunque lo entreveamos y que, en ocasiones, también se nos escapa.Esta necesidad real de volver a conectar con una naturaleza cuyo contacto se ha perdido, tan difícil de discernir y traducir en la verdadera poesía terrenal porque cada una de sus obras, incluso la más sincera, en lugar de expresar un instinto, manifiesta tal esfuerzo.  

El milagro jammesiano existe en forma de genuino poeta de la naturaleza para el que la alabanza de la vida en el campo brota como un baladro espontáneo y no como una canción estudiada. Más cercana, acaso, al principio de hospitalidad[6]DEGUY, Michel. 1998. L’Énergie du désespoir ou D’une poétique continuée par tous les moyens. Paris: PUF, p. 116 que Michel Deguy encontraba en la poesía. Jammes, en su oscuro rincón de provincia, sabe que los caminos del Dios en el que cree están salpicados de bendiciones: sólo Él sabrá, empero, los secretos. Y, sin embargo, se afana en compartirlos. El poeta los pone en su mano, los ofrece en forma de presente y por eso es hospitalaria esta poética. Hay dos milagros diarios en la existencia de este poeta cristiano: el amanecer, tan suave en su esplendor, tan tierno bajo los primeros rayos del sol, y el crepúsculo donde el azul del cielo da paso a la luz de la luna y al silencio del cielo durante la noche. Flores, plantas, lagos, prados, glicinas, gladiolos y lilas exudan una dulce melancolía. Todo es un milagro para aquellos que pueden contemplar las cosas con inocencia, verbigracia, un huerto, eterna imagen en su poética, donde son de luz los árboles[7]Ibíd., p. 70 o un pavo real azul que se apoyaba sobre un banco.[8]Ibíd., p. 65

En los pueblos antiguos y viejas casas de Jammes existe un pasado abandonado, habitáculos llenos de secretos. Como Lamartine, el poeta se introduce incluso en las casas más humildes para restaurar el encanto y disfruta hablando con los campesinos en cuyas almas aprendió a penetrar. Así concilia, escrupulosamente, exactitud y sugestión, realidad y poesía. Sólo a él le pertenece la transición del didacticismo al lirismo y por eso, el ciclo de las obras rurales se desarrolla como un vasto fresco en el que los detalles acumulados, lejos de restarle importancia a la majestuosidad del conjunto, le aportan matices armoniosos.

Cuando Francis Jammes no nos hace estar en comunión con el alma agrícola del campo, nos persigue con sus interminables carreras de cazadores, que son para él pretexto para el onirismo y la exaltación espiritual. Sus sentimientos amorosos también lo llevan a los campos, pues gusta de amar a cielo abierto, en estrecha unión con la naturaleza que parece participar de sus alegrías sensuales y cerca de la cual busca consuelo en cuanto sufre.

La calma melancólica, a decir de Mallet[9]MALLET, Robert. 1950. Francis Jammes. Paris: Pierre Seghers, p. 25, está presente en la gran mayoría de los poemas, revelándose así toda la dulzura  elegíaca con la que Jammes se topa en la  naturaleza. Se eternizan los temas poéticos y la  naturaleza rústica de su musa, como si este ser único en la historia literaria tuviese el don de poder entender el universo. 

Un universo del que, en ocasiones, se describe como un simple animal (Quiero al asno…), el pensamiento de la muerte e incluso la vista de la casa y de aquellos que nos son queridos (Estaría la casa llena de rosas), en la reunión con un paciente pobre que espera en vano un milagro (Fui a Lourdes), en las palabras de amor escuchadas (Y la vida, / en este silencio, era magnífica, tierna y grave), en un canto a la naturaleza que, por una sola ley, transforma todo constantemente (Cae una hoja muerta), y así, un largo etcétera.

Si bien Francis Jammes mira con tanto fervor fraterno la vida misteriosísima de las plantas y los minerales, tampoco nos sorprenda descubrir en él al más apasionado defensor de las bestias.
 Su poesía no es solo un herbario, es también un arca de Noé. En lugar de prestarles, a la manera de un fabulista, sentimientos humanos, son sus propios sentimientos los que se esfuerza por expresar a través de su voz. En resumen, se convierte en su intérprete, se pone en sus zapatos. Y al haberse solidarizado con ellos, le hace entender «todo lo resignado y lo infinito de sus dolores. Aquí, el naturalista se desvanece para dar paso a una suerte de discípulo de San Francisco de Asís, que escribiría, años más tarde: Je veux emplir mon cœur du Cœur des animaux[10]Jammes, «Prière devant un beau paysage», Op. Cit., p. 1373. Quiero llenar mi corazón del corazón de los animales. Bendito Jammes.

Es éste un escritor que no habla de los campos como un simple caminante o un moralista, no como un Zola excesivamente militante o un Verhaeren demasiado visionario. Vive en el campo y es dueño de una granja. Sabe cómo manejar un arado y conoce todos los secretos de la vida rural: puede llamar a todas las plantas, a todas las aves y a todos los insectos por sus nombres. Los campesinos son sus camaradas, los animales sus confidentes. Jammes caza, pesca y cultiva los huertos. Por eso canta lo que ve, lo que oye y lo que siente. Sólo canta a un mundo que le queda limitado por el añil travesaño de las Landas y el bruñido murallón de los glaciares pirenaicos. Si sueña, es para evocar las flores caribeñas de tabaco rosado, bordadas con brillantes palmas; las fragantes, coloridas con pájaros multicolores, Indias Occidentales, donde vivieron y murieron sus abuelos paternos. Sus pensamientos nunca serán arrastrados por el esplendor ilusorio de la capital, temeroso quizás de la agitación, el ajetreo y el bullicio de las grandes ciudades. Sólo tendrá ojos para Orthez, cuya casita de fachada blanca, de hiedra azulada, parece, en palabras de Guérin, su barbuda faz.

Aquel genio poético dedicado a la exaltación de su tierra natal, logró describirnos a los campesinos, los campos, los árboles y los animales, para llevarnos más allá de su marco provincial en un mundo que ya no es pirenaico sino universal. Y esto es lo que coloca a su trabajo muy por encima de todos los demás poetas geórgicos franceses, aparte de Mistral, que no han podido ir más allá de la verdad local para acceder a la verdad humana.

La poética del epicúreo Jammes, que murió en 1938, después de permanecer fiel a sus Pirineos y para el que el propio ser humano no es más que un elemento de la naturaleza, con su levedad y su gracia, se compone de una de las imágenes más acreditadas de la Poesía, el Amor, la más elevada y ennoblecida entre las que operan en nuestra tradición cultural.

Título: Del Ángelus de la mañana al Ángelus de la tarde o del toque del alba al toque de oración
  • Autor/es: Francis Jammes
  • Editorial: Comares
  • Nº de páginas: 205
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. La edición utilizada para este artículo es JAMMES, Francis. 2006. «De l’Angélus de l’aube à l’Angélus du soir», en Œuvre poétique complète. Ed. Michel Haurie. Biarritz: Atlantica, pp. 57-237 (todas las traducciones son nuestras)
2. FLORY, Albert. 1941. Francis Jammes. Paris: Maison de la Bonne Presse, p. 20.
3. Jammes, Op. Cit., p. 69
4. Ibíd., p. 67
5. Ibíd., p. 61
6. DEGUY, Michel. 1998. L’Énergie du désespoir ou D’une poétique continuée par tous les moyens. Paris: PUF, p. 116
7. Ibíd., p. 70
8. Ibíd., p. 65
9. MALLET, Robert. 1950. Francis Jammes. Paris: Pierre Seghers, p. 25
10. Jammes, «Prière devant un beau paysage», Op. Cit., p. 1373.
Daniel Arana

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