King Vidor: El clásico con temple moderno. Sobre A Miracle Can Happen (1948)

Es sorprendente la gran cantidad de influencias y relaciones entre el cine de King Vidor y la modernidad cinematográfica. Ello es evidente incluso en una obra tan breve como el magnífico sketch con Charles Laughton para A Miracle Can Happen, el único del film que rodó Vidor… y que en Estados Unidos se suprimió por “poco comercial”, pudiéndose ver sólo en Europa. ¿Tal vez su tema de un pastor en crisis existencial, por más que barnizado por una sutil ironía, resultaba excesivo para 1948? Sea como sea, dos son los tótems de la cinefilia que presagia, con toda su modestia, A Miracle Can Happen: Jean-Luc Godard e Ingmar Bergman.

GODARD. Cuando, hacia el final del sketch, el pastor John B. Dunne va a confortar a un enfermo grave, tras un breve intercambio de palabras comienza a contarle al hombre la historia de David y Goliat, la misma que había leído antes con desgana a su congregación, sólo que ahora despojada de compromiso y representada con entusiasmo infantil. Llama la atención para empezar que Vidor deje a Laughton vía libre para que despliegue su talento para conjugar distintas caracterizaciones (como, por cierto, había hecho años antes con Marion Davies y con Jack Oakie), permitiendo así la fusión del actor con el personaje e identificando ambas representaciones, la de Charles Laughton como John B. Dunne y la de John B. Dunne como David y Goliat, en lo que supone un distintivo de modernidad que sería típico más adelante en Jacques Rivette (otro director con el que Vidor guarda importantes afinidades). Pero, es más, a diferencia del sermón, que estaba bastante fragmentado y utilizaba diversos tiros de cámara, esta gozosa interpretación (en el doble sentido) de las escrituras se da en un extraordinario plano medio, en toma única tan sólo interrumpida para mostrar contraplanos del enfermo donde se aprecia su progresivo sosiego.

         

          

Este momento prodigioso, admirable en su concentración y adelantado a su tiempo, tal vez fuera el motivo principal de la hostil acogida del episodio. Pues, aquí, Vidor, lejos de ilustrar la narración, bien con posibles imágenes de los hechos referidos, lo que habría deshecho la concentración, bien con una planificación artificialmente dinámica, optó por delegar el relato del fragmento bíblico a su actor solo, durante cuatro minutos y en plano único. Y aquí llega la mayor sorpresa: exactamente igual a como años después haría Godard con El retrato oval de Edgar Allan Poe en Vivre sa vie (1962) en un tipo de lectura que se haría relativamente común entre los miembros de la Nouvelle Vague, incluso con duración similar, un poco inferior a la de Vidor. La diferencia fundamental entre los dos directores es que Godard prefiere concentrar su planificación en la oyente, sugiriendo un paralelismo del cuento con su propia vida, mientras Vidor guarda un mayor equilibrio entre el narrador y el receptor, si bien decantándose claramente por el primero. Y como sucede tantas otras veces con tantos otros directores, la secuencia de Godard ha concitado la admiración general, mientras la de Vidor ha caído en el olvido. Gajes de la modestia.

           

          

 

BERGMAN. Más diáfana todavía es la influencia de A Miracle Can Happen en una de las obras maestras del sueco universal: Nattvardsgästerna (Los comulgantes, 1963). Veamos:

1.- Si el reverendo John B. Dunne sufre una crisis vocacional y existencial, el pastor Tomas Ericsson de Nattvardsgästerna también sufre una crisis existencial.

2.- Si John B. Dunne ha convertido sus oficios en una representación y contempla a su rebaño con indiferencia, Tomas Ericsson ha convertido sus oficios en una representación y contempla a su rebaño con desprecio.

3.- Un familiar insta al reverendo Dunne a confortar a un feligrés que no quiere seguir viviendo. Durante la entrevista el enfermo se declara ateo. Este es el punto de inflexión en la crisis de Dunne. Pues bien, en Nattvardsgästerna un familiar insta al pastor Ericsson a confortar a un feligrés que no quiere seguir viviendo. Durante la entrevista, el párroco deja entrever que es ateo. Y este es el punto de inflexión en la crisis de Ericsson.

En resumidas cuentas, Vidor, como años más tarde hará el director sueco, propone aquí la vacuidad de los ritos mediante este Dunne que vive su ministerio mecánicamente y, no conforme con ello, confronta el fariseísmo de su personaje con otro ser cuyos problemas son mucho más acuciantes.

Vidor denuncia la religión entendida como mascarada ya desde ese primer instante en que asistimos a la desganada forma de Dunne de bendecirse el desayuno, para proseguir con la estudiada entrada a la iglesia del pastor, donde este compone su figura teatralmente, entornando una mirada pánfila y entrelazando las manos con gesto de beato.

Pues bien, la coincidencia determinante entre A Miracle Can Happen y Nattvardsgästerna es formal y trasluce la misma intención discursiva. Pues hay una escena de Nattvardsgästerna, la de la comunión inicial, que está rodada siguiendo exactamente el mismo patrón que la del sermón de A Miracle Can Happen: planos alternos del pastor y de su congregación; el pastor fotografiado siempre en delator contrapicado; la reducción de la escala en los planos finales para realzar la soberbia de los oficiantes, más grotesca en el caso de John B. Dunne y más desabrida en el de Tomas Ericsson. La mayor diferencia estriba en los planos más próximos de los feligreses en el sueco (los primeros planos de Bergman, claro) y en que la escena de Vidor es mucho más concisa y cuenta con menor número de planos.

Demasiadas coincidencias para ser mera casualidad.

Es cierto que aquí las similitudes argumentales tocan a su fin; y la conclusión, de hecho, no puede ser más distinta: John B. Dunne reencuentra su camino, mientras Tomas Ericsson se hunde en el pozo de su soberbia. Aún más, las diferencias de tono son notables: A Miracle Can Happen es distendida e irónica, mientras Nattvardsgästerna es adusta y dramática. Es el sentido del humor que, incluso en sus momentos más graves, siempre guardaban los pioneros en las alforjas.

Pero el gigantesco cine de King Vidor guarda muchas más sorpresas. Para quien esté interesado en un estudio más detallado sobre A Miracle Can Happen o sobre el cine del maestro texano remito a mi estudio King Vidor. La conquista del espíritu. (Ediciones Arkadin).

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