Jimmy P. (Arnaud Desplechin, 2013)

Hay algo profundamente molesto y cercano al agotamiento en la egomaníaca y omnipresente concepción del cine como obra de un autor. Algo que incluso hace previsibles los juicios, las reacciones y los escritos sobre las películas. Uno se propone, y me propuse aquí hace un par de meses, intentar afrontar las películas desde otras ópticas, aunque eso no siempre es fácil y te conduce a un cierto aburrimiento de la escritura y una sensación próxima a que tu propio discurso sobre el cine se ha acabado o se está acabando. Quizás sea esta página el último lugar donde escriba sobre películas tras quince años, quizás, ahora que otras artes vuelven a recobrar peso en mis hábitos,  algo se reconvierta y consiga con el tiempo que mi escritura (mi propio pensamiento sobre lo que veo)  vuelva a resultarme ilusionante o lo suficientemente estimulante para seguir dedicando energías a ello.

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El caso de “Jimmy P.” es paradigmático de esta profunda desilusión con la cinefilia y su discurso, que no con el cine. Ante la incursión de Arnaud Desplechin en un cine de paisaje americano, se cierne sobre él la amenaza de dos poderosas metáforas que lo benefician tanto como pueden hundirle. El aficionado se ha erigido en una especie de jefe de recursos humanos que tiene ante sí el expediente de un director, su evolución, y condiciona para bien o para mal sus juicios, a sus simpatías o intereses por esa evolución. Así quién sienta un profunda simpatía por las coordenadas francesas y urbanitas de sus más célebres propuestas quizás mire con recelo esta incursión en este medio oeste americano. Quien haga gala de su perspicacia en aquello que une a todas sus propuestas se sentirá inclinado a defender la película. Somos también como periodistas deportivos, provistos de las anteriores estadísticas del atleta, siempre prestos a hablar del actual momento de forma de nuestro ídolo, prestos a desahuciarle o a darle un voto de confianza.

El problema de estas actitudes, que no carecen de coherencia, es que colocan al autor en el centro de la crítica hasta tal punto que desdibujan la carne que pueda o deba ofrecer la propia película. Son enfoques extraordinariamente bien fundamentados, con una tradición estudiosa, académica y aplicada a sus espaldas, pero dejan un pequeña fisura que jamás se resuelve. ¿Qué puede encontrar en “Jimmy P.” aquel que desconozca por completo quién es Desplechin?, ¿aquel que no sepa ni sabrá jamás cuáles son sus estilemas, sus influencias?, ¿aquél que no tenga una noción suficientemente estructurada de la historia del cine o no se reconozca si quiera como cinéfilo?. ¿Puede existir una crítica de cine que tenga sentido más allá del lenguaje y del pequeño, y lo siento mucho profundamente insignificante, mundo de los cinéfilos?.

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La respuesta que se me podría dar es obvia, ¿por qué iba a existir?, ¿por qué va a existir un periódico deportivo para quien no es especialmente afín a los deportes? ¿o una revista de naturaleza también pensada para amantes del asfalto alérgicos al polen?. Pero entonces habrá que plantearse cuál es el poder real de expansión y pervivencia del cine, si se pueden explicar y hacer palpables, reales, pura carne, películas que no recaudan 100 millones de dólares y no están respaldadas por una asfixiante y avasalladora campaña de publicidad.

Aseguran en Hollywood que en breve sólo existirán blockbusters cuya entrada valga 100 dólares y te regalen de todo (modelo Broadway) y películas pequeñas. ¿Existirán estas películas pequeñas más allá de una cinefilia conocedora o especializada?, ¿o todo el público que puede o podría situarse en una franja intermedia entre las palomitas y los hombres mesándose la barba y dictando cinéfila sentencia se verá perdido como lágrimas en la lluvia?

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Si a alguien realmente le interesa, sí, me parece que Depleschin no renuncia a si mismo, que “Jimmy P”, por anglosajona (ya había rodado además en inglés “Esther Kahn”) que sea, es un escalón más en su carrera profundamente identificable como propia, con mucho en común con obras como la justamente celebrada “Rois et reine”. También es una obra conectada con el gran cine clásico americano, no porque salgan imágenes de “El joven Lincoln”, sino porque se aprecia una hermosa y nítida contemplación humanista de dos seres en un significativo paraje natural de curación o redención que habría hecho las delicias de Vidor o Ford.

A veces también confieso que me agota un poco su historia psicoanalítica llena de traumas concatenados y a veces de tópicos, y que eso me vulgariza y me rebaja algo una película que me gusta.

Pero la pregunta es ¿puede llegar la película a esa franja intermedia no cinéfila?, ¿o son las conexiones que encuentro con la propia obra de Desplechin y con el cine que he visto lo que la convierte para mí en un pequeño placer?, ¿hay algo más en ella realmente  con un alcance mayor?. Me cuesta verlo. Si su poder de comunicación es algo limitado ¿no se trata de algún modo de un pequeño fracaso?

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Sergio Sánchez

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