Jeune et jolie (François Ozon, 2013)

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Como un cuento de las cuatro estaciones Ozon retorna a los problemas morales, al individuo juzgado por la sociedad, a los efectos de la libertad. Para ello vuelve a sus historias centradas en un solo personaje, en este caso Isabelle (una presencia escandalosamente bella a través de Marine Vacth), y las consecuencias de su instinto sexual (¿o debería decir juego?), para ella y para los que la rodean. Tras pasar unos meses de la primera visión de esta película se produce una importante interrogante, ¿hombres y mujeres vemos una película distinta tras la máscara de Isabelle?. Hablando con amigos y amigas sobre esta película, rápidamente se establece una distinción clara entre sexos, ¿será que los hombres somos tan simples como para no entrar en mayores profundidades hipnotizados por Marine Vacth? ¿será que las mujeres sienten tanto rechazo personal a vender su cuerpo por dinero que no son capaces de superar esa repulsa subjetiva y la trasladan a las imágenes de la película? Sea cual sea la razón, el juicio que hombres y mujeres hacemos de la protagonista de la película difiere enormemente, mientras nosotros intentamos adoptar una posición amoral (que no inmoral) del comportamiento de la joven, para ellas es indisoluble juzgarla moralmente, y en ese juicio moral, o la perspectiva moral que podamos dar a la película, el alcance de ésta puede derivar de considerarla una gran película hasta una abyecta perversión que puede llegar a idealizar la prostitución.

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Ozon no plantea, o eso dice, dilemas morales, no juzga a Marine ni trata de presentarnos una serie de justificaciones para entender porqué decide prostituirse con 17 años a cambio de 300€ la cita. Isabelle es una joven aparentemente igual a las de su edad, coqueta cuando toca, casual cuando corresponde, elegante si procede intimidar a sus citas. Feamente vestida si va al instituto o queda con sus amigos, seductora si quiere algo más. Conoce sus armas naturales y sabe que los hombres son animales bastante básicos. Una sonrisa, un rostro de perfecta armonía y simetría, unos bellos ojos y una boca sensual entontecen a quien quiera, pero eso la aleja del amor, a la par que seduce, su propio cuerpo crea una barrera difícil de sobrepasar. Isabelle ha descubierto que posee un cuerpo que le da poder, con riesgo, pero es capaz de dominar a generaciones enteras de hombres con su presencia, sin necesidad de fingir ni de entregar o mostrar sentimientos. Al mismo tiempo, con ese poder, también intimida a las mujeres, incluso cuando ya sea conocida su actividad no dudará en enfrentar su comportamiento con el pasado para incomodar a su círculo, ella no ha cambiado de forma de ser ni de comportarse en público, son los demás los que han cambiado su forma de interrelacionarse con ella y la ven peligrosa.

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Isabelle vivirá su amor de verano, o eso creen los que la rodean, mientras que lo que busca es dejar de ser virgen con un propósito, la televisión e internet le han enseñado que hay jóvenes que buscan maneras poco ortodoxas de ganar dinero, y una de ellas es la prostitución con hombres aparentemente bien situados. Y no siendo el dinero lo que busca, el espectador se siente más noqueado que los padres cuando se enteran, porque nosotros lo sabemos desde antes, desde que empezamos a seguir las andanzas de la joven y bella, sus flirteos veraniegos no son producto de la casualidad o de la madurez, son el paso necesario para que su cuerpo sea apto para el comercio, no busca amor ni placer.

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Isabelle vive despreocupada con su afición hasta que un accidente desvela su doble vida. La melancólica presencia de la joven se ve transfigurada en una especie de tormentosa sospecha permanente por parte de su madre o de los amigos de sus padres que se han enterado. La doble moral pasa a ser la de los demás y no la de Isabelle, para quien el juego no dejaba de ser más que eso. Mientras que para los demás, la prostitución es sinónimo de algún error en la familia o en el amor dado a los hijos, o de una perturbación psíquica de la joven. Isabelle se acuesta con hombres como quien se come un croissant en el desayuno, no siente nada, un vacío absoluto que para ser llenado le exige una nueva cita, es la excitación previa a entrar en la habitación del hotel y la satisfacción que le otorga aumentar el sobre con dinero que guarda en el armario lo que indica su éxito.

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Pero lo que va buscando Isabelle no es tan distinto de aquello que todo necesitamos, huir de la soledad, encontrar a quien te quiera y te mime, ya sea real o comprado, y el sentirse respetada y mimada por uno de los clientes provocará una doble reacción, la de sentirse bien mientras está con ese hombre y la de hundirse cuando Serge falte. Como en muchas películas de Ozon está a punto de echar por la borda toda la historia cuando llega la primavera e Isabelle, que sigue aparentando ser la buena hija que todo el mundo supone, menos en el ambiente familiar donde al apoyo le sigue la sospecha y la vigilancia, empieza a salir con un chico. Sabemos que no es amor, es una experiencia más, la de tener pareja para “tranquilizar” a los demás. Hay un momento de situación que decae en la cursilería que, sin embargo, está bien medida por el director, es el paso previo necesario para que Isabelle vuelva a enfrentarse a su realidad, la necesidad de experimentar y volver a instalar la tarjeta telefónica de contactos en su teléfono con una escena final sorprendente y la aparición de la siempre reconfortante Charlotte Rampling.

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Y sobre Isabelle sobrevuela la figura del padre ausente, los mitos griegos recreados en una actualidad de clase media alta, donde no falta nada material y todo el cariño se transforma en regalos, dinero y caprichos. Pero Isabelle no es inocente, es capaz de comprometer con una mirada al cliente anciano en el intermedio de una representación teatral, es capaz de coquetear con el marido de su madre, colocando en una posición incómoda a la pareja, es capaz de hacerse pasar por virgen con su mejor amiga y al mismo tiempo concertar una cita con uno de sus clientes. La falta de juicio moral de la obra no implica que la protagonista no sea culpable y sólo lo sea su entorno.

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Una sonrisa maliciosa, una mirada al espejo y una belleza incontestable nos despide en el último plano. No sabemos si Isabelle ha decidido cumplir los 18 dedicándose a la prostitución a tiempo parcial, como pasatiempo o como campo de experiencia, o si ha decidido que ese es su mundo. Puede que no sea normal dedicarse a la prostitución sin necesidad, pero sí es normal llegar a la adolescencia y desear experimentar y conocer la vida, lo contrario sería propio de gente psicológicamente anormal. En “Dans la maison” Ozon se enfrentaba al mundo de los mayores y los estudiantes, al papel de los padres y a cómo éstos afrontan la educación de sus hijos. Esta más turbadora y morbosa historia de “Jeune et jolie” también admite esa lectura, ¿qué saben los padres de sus hijos? ¿qué nos molestamos en saber? ¿qué queremos saber de ellos? ¿Hasta dónde llega la libertad de los hijos o la autoridad de los padres?. Preguntas abiertas dentro de una historia, Isabelle crece, los padres pierden y quedan descolocados y para los que saben la realidad Isabelle no vuelve a ser la misma chica que al principio de la película, nos encanta juzgar, así que parafraseando a uno de los clientes, los demás también piensan que “pute un jour, pute toujours”.

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Miguel Martín Maestro

3 comentarios

  1. Me parece el más acertado y sobrio texto sobre la película. Desde que la ví, lo hice sin entablar juicios morales o anteponer el morbo de ver a tan bella actriz mostrando su lindo aunque muy delgado cuerpo.

    Ozon juega bien sus cartas al mostrar un humano que sale un poco de lo convencional de su entorno, de la sociedad que podría señalarla por sus actividades que, francamente, son tan válidas como otras socialmente más atroces o repulsivas.

    Sin más qué agregar, estupendo texto y buena película.

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