Irène Némirovsky y lo desarmónico en el amor

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La armonía es una consonancia, afirma Erixímaco en El banquete, y dicha consonancia supone un cierto acuerdo. Ahora bien, es imposible el acuerdo a partir de cosas (personas y hechos) que se distinguen, por lo que todo aquello que difiere no es armónico, sino desarmónico. Es precisamente esta idea la que parece mantenerse a lo largo de toda la novela de Irène Némirosvky, Deux.
Escrita en 1939, Némirovsky narra la historia de dos, de un par, de una dualidad. Traducido en palabras sencillas, de lo que habla es de la historia de amor y desamor entre Marianne y Antoine, unos personajes que no se entienden por separados, sino emparejados. Así queda demostrado en el primer diálogo: “Marianne!”, “ Antoine!”. Así de simple. Y a pesar de ello, son dos y no uno, puesto que no se produce la fusión de las almas. ¿Por qué? Némirovsky sostiene que es la juventud que los convierte en actores y espectadores enamorados de sí mismos, egoístas e indiferentes. Se trata de un tema recurrente en las novelas de Némirovsky, como en su obra póstuma Suite française (2004) y en Los bienes de este mundo (1947), donde la autora presenta unos personajes preocupados por sus insignificantes vidas más que por la dramática situación que están viviendo.

El triángulo amoroso no se hace esperar. Formado en un primer momento por Nicole, Antoine y Marianne, y posteriormente por Marianne, Antoine y Évelyne. Sólo cuando éstos aparecen, se percibe algún tipo de amor entre los protagonistas. Porque ni Marianne ni Antoine sienten algo llamado amor. Sólo rabia, celos y, hacia el final, indiferencia. Por supuesto, la autora plantea otros triángulos, como el de Gilbert, Solange y Dominique, un trío trágico marcado por dos muertes. Todos los personajes se mueven por el desamor y las mentiras. Se trata de la historia de varias familias burguesas del París de entreguerras, y especialmente, del desamor entre Marianne y Antoine, que acaban casándose y formando una familia. Durante los años que dura este matrimonio, asistimos a la decadencia psicológica de los protagonistas.

Ahora bien, el tema principal es dos, un par, no el (des)amor por sí mismo. En la novela se perciben tres grados de ese deux. En el primer escalafón tenemos el eterno dualismo entre matrimonio y amor romántico. La misma Marianne lo confiesa a Dominique cuando asegura que la felicidad conjugal no se parece en nada a la felicidad, así como el amor conjugal nada tiene que ver con el amor. No es simple capricho de la autora que los protagonistas se casen a principios de otoño, sino una magnífica figura de anticipación.
Para desgracia de Marianne, tampoco existe el amor romántico entre ellos. No vemos predestinación de las almas, ni fidelidad, ni pasión eterna. Y lo peor, al final ni siquiera hay celos. En palabras de Marianne, percibimos esa aceptación de adulterio: “Antoine et moi! Une légende, un mensonge!” Aprobación que nos conduce al segundo escalón de los pares: deseo Vs. deber. Para ello, Némirovsky utiliza paralelismos de contraposición: placer o dolor, felicidad o desgracia. Ambos protagonistas se mueven constantemente entre estos dualismos. Para Marianne el placer y la felicidad se hallan durante el noviazgo, para Antoine durante su aventura con Évelyne. Y si el dolor y la desgracia llegan con el matrimonio para ella, para él se producen con la muerte de su amante.

Así como el amor acaba cuando empieza el matrimonio, el deseo finaliza a las puertas del deber. ¿Qué deber? Para ella, el de la maternidad, para él, el del trabajo. Cada cual, en la aceptación del rol de su género, abandona lo que un día les unió, el amor y la juventud. “Ils s’embrassaient. Ils étaient jeunes.” que se convierte en “Ils ne ressentaient pas de désir; ils étaient calmes, un peu ironiques et sans joie.” El deseo, propio de una juventud sin responsabilidades, sin penurias, sin preocupaciones, se disuelve al llegar la edad adulta donde cada uno tiene que someterse a su propio deber. El mismo París parece sufrir en sus propias calles esa pesadumbre. Del París de las fiestas y las luces, al París vacío, sombrío y lluvioso.
Es precisamente ese París el que contextualiza una novela excesivamente y exquisitamente subjetiva, llena de pensamientos en voz alta y en voz baja de todos sus personajes. En el tercer nivel hallamos ese otro par latente en Deux: el paso de los felices años 20 a los tristes años 30. Son pocas las alusiones a las fechas por parte de Némirovsky, pero las suficientes para percibir ese cambio. Es en Antoine donde se advierte ese declive económico de la Europa de los 30, puesto que al inicio tenemos a un joven despreocupado, hedonista y manirroto, pero conforme avanza el relato hallamos un adulto preocupado por las cuentas de su empresa. Estos tres escalafones se entrecruzan creando así una historia de (des)amor y desolación. Aún así las alusiones a los hijos edulcoran en cierta forma esta tragedia contemporánea.

Con la misma belleza que Irène Némirovsky logra relatar la incomunicación en el amor y el matrimonio, el cine de Michelangelo Antonioni alcanza a mostrarnos ese desapego de las relaciones humanas en imágenes, con esos planos donde la figura humana es inexistente. ¿Acaso existe Marianne en sí misma? ¿Y Antoine? Él mismo asegura al final de la novela no encontrar nada de él en sus hijos. Pero volvamos a Antonioni. Es fácil advertir en el noviazgo de Marianne y Antoine a Delon y Vitti en L’Eclisse (1962), así como en el matrimonio de los protagonistas a Mastroianni y Moreau en La notte (1961). Un ejercicio agradable de llevar a cabo: leer a Némirovsky y porteriormente ver a Antonioni; es más, resulta muy fructífero comparar los recursos estilísticos de cada autor y comprobar como en cierta forma están diciendo lo mismo, que el amor es una mentira, y que por lo tanto no existe la armonía. ¿Cómo va a ser armónico lo que no llega a ningún acuerdo? ¿Es posible la armonía entre dos seres como Marianne y Antoine, tan diferentes entre ellos?

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Marina Hoyos

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