Invitación de cumpleaños

El suicidio adecuado es el suicidio preciso que uno nunca comete

(Cooper, 1967 )

El interno Luis S. Villacañas de Castro, documento de identidad 483…, de cuarenta años de edad, nacido el 26 de enero de 1982 en Valencia, casado, padre de tres hijos, ingresó a las diez y cuarto de la mañana del día lunes 31 de enero de 2022 en la unidad de psiquiatría del Hospital General de Valencia, acompañado de su mujer, María Desamparados Gallego Moreno, enfermera en la unidad de cuidados intensivos de esta misma institución. Este informe, realizado dos semanas después del ingreso, no se basa tanto en la entrevista preliminar que se realizó al paciente a su llegada (interesante como ésta fue en muchos aspectos) como en un documento escrito que, al terminar ésta, la señora María Desamparados entregó en mano al director de la unidad, así como en la entrevista que con ella mantuvo, después, el equipo médico. El texto es breve, de unas 900 palabras, y el paciente lo redactó tres semanas antes del día de su ingreso, a modo de invitación para sus amistades a su cuadragésimo cumpleaños. Después de leerlo, el equipo médico entendió que la entrevista preliminar sólo era comprensible a la luz de este escrito: en realidad, que la entrevista no añadía nada. El texto es diáfano. Lo transcribimos literalmente.

‘En mi cuadragésimo cumpleaños’ , por Luis S. Villacañas de Castro

Valencia, enero de 2022

Mi querencia por las invitaciones de cumpleaños tiene su origen probable en aquélla que un compañero de colegio me envió cuando los dos teníamos diez años. Ocupaba dos caras de un folio; la primera contenía una invitación falsa, lo que el propio texto revelaba en cuanto uno levantaba una solapa roja, que tenía forma de corazón: «Esta carta no es la real; pasa la página». En la otra cara, mi amigo confesaba su verdadero plan para hacer conmigo una celebración especial —«haremos otra merienda con todas las sobras»— y a continuación me introducía de lleno en sus fantasías clandestinas: «Luis, te quiero decir un secreto, pero antes has de jurarme que no se lo dirás a nadie; me traeré algo que no te imaginas, ¡una navaja! No es gran cosa, pero la utilizaré para cortar una sorpresa: unos caramelos especiales. También traeré un regaliz. Y te prometo que no fracasaré, porque no estarán caducados». (Debemos entender que, de estar caducados, los caramelos y el regaliz estarían demasiado duros, envejecidos, como para poder partirlos.)

Así acababa su invitación, que por alguna razón he tenido en mente mientras escribía esta carta que ahora te hago llegar. No sabría decirte si ésta es más falsa o verdadera que aquélla. Lo descubriremos juntos, si quieres, el sábado 29 de enero, cuando lleguemos al lugar al que te invito que acudas, de buena mañana; entonces sabremos si aquello que imagino es una fiesta de cumpleaños o es, en realidad, otra cosa. Creo recordar que, a la postre, mi amigo y yo no llegamos a disfrutar de su merienda alternativa; que su conspiración no fue tal; que su secreto no llego a nada. No hubo navaja, caramelos, ni regaliz. Me quedé con su corazón falso entre las manos. Ahora bien, si has recibido esta invitación, una cosa sí sabrás: que te considero mi amigo, que lo hago en el sentido en que H. D. Thoreau definió la amistad, esto es, como la certeza de que no vas a ser mi enemigo, de que podría confiar en ti para que me prestases tu carretilla, si es que la necesitara, o de que no debería extrañarme si algún día recibo de ti, dejado al pie de mi puerta, un barreño de fruta. De hecho, ésta es la razón por la que voy a celebrar mi cumpleaños en una pequeña casa de campo que mi mujer y yo hemos alquilado en medio de los campos de Liria: para que pongamos a prueba —con toda veracidad— nuestra amistad. Compararemos su peso con el de los melones y los sacos de almendras. La subiremos a pulso por el largo camino y las escaleras. Veremos si nos alimenta cuando el frío arrecie y tengamos que cortar leña para encender la chimenea.

Te propongo que durante el sábado 29 de enero no hagamos otra cosa que estar juntos en medio de la nada y comprobemos, in situ, si de verdad somos suficientemente algo como para poder colmarla. Si, a pesar de nosotros, los campos y la casa siguen desiertos, entonces te propongo que ni siquiera nos preocupemos por volver. Más nos valdría rezar por reencarnarnos en un saltamontes, en una calabaza o en una espiga de romero perfumado. Si, por el contrario, algo florece con nosotros entre las paredes de la casa, con más razón todavía deberíamos encerrarnos en ella; con más motivo, convertirnos en prisioneros gozosos de esta cárcel rural, condenados a perpetuidad por haber asesinado —¡al fin!— todo lo que no era bello y verdadero en nuestras vidas.

Amigo, sólo dos ruegos te hago. El primero es que, después del banquete, las palabras y el vino, una vez la noche haya caído y demos solemne comienzo a la ronda de regalos —¿qué sería la amistad sin objetos con la que compararla?— entonces te ruego que tu presente sea algo que tú mismo hagas. Si me has preparado una tarta, explícame cómo la has hecho. Si me has escrito un poema, léemelo. Practica un baile, una canción o un número de circo (aún mejor si es de magia). Regálame un dibujo, aunque sea un boceto que hayas rayado dos minutos antes en el cuarto de baño. Canta una canción, toca el piano, tararea una melodía, sopla la flauta o el silbato. Recita un monólogo si quieres, tuyo o de otros —me da igual— y que tu regalo sea tu propia voz o las palabras de otros. Pero haz algo. Altera el mundo de manera más consciente de lo que lo hacen, al deambular por él, tus pisadas.

Finalmente, te pido que a la medianoche del sábado 29 de enero recojas tus cosas y te marches corriendo. Quiero reservar estas últimas horas para una aventura. Fantaseo, desde hace un tiempo, con hacer mi primera excursión con las drogas. Al principio era sólo una idea, ahora está todo planeado. La noche del sábado, en la presencia única de María, voy a ingerir una dosis de LSD. Será su regalo y el mío, introducir en mi cuerpo esta extraña materia bajo su cuidado y compañía. Me he informado acerca de la sustancia; gracias a uno de vosotros, la he conseguido. Sólo me queda desear que la droga se halle en buenas condiciones y que la navaja de mi percepción esté lo suficientemente afilada como para que mi cuerpo pueda cortarla, descuartizarla y procesarla. Pues quiero seguir siendo yo cuando ella se vaya. Mas, si no lo soy, entonces es que no soy nada. Y, por la misma razón, no habrá que lamentar nada.   

Recuperado  de www.fotocasa.es

En la entrevista que mantuvimos con la esposa del paciente tras el ingreso de este último, María Desamparados dijo que la fiesta de cumpleaños se desarrolló según los parámetros descritos en la invitación. A pesar de la presencia de niños durante la jornada, hubo invitados que consumieron estupefacientes: marihuana y hachís, ciertamente; muy posiblemente, cocaína y anfetaminas. No fue el caso de Luis Sebastián, quien, antes de ingerir su dosis de ácido lisérgico, bebió tan sólo una copa de vino durante la comida. La ingesta del cartón de LSD se produjo hacia la una de la madrugada y los efectos fueron casi inmediatos: según María Desamparados, su marido se sumió de lleno en un llanto sereno que no le abandonó durante toda la noche. Ella permaneció a su lado y el paciente nunca se comportó de forma violenta ni impulsiva. Aunque repetitivo, su discurso fue coherente y Luis Sebastián jamás dejó de explicar y poner ejemplos metafóricos de cómo se sentía. María Desamparados recuerda al menos tres de los motivos que el paciente desarrolló durante el transcurso de la noche. En las primeras horas, su marido se presentó a sí mismo como un acorde deshilachado cuyas notas, libres al fin de la cárcel de la partitura, hubiesen quedado suspensas en el aire, como copos de nieve. Comparó su vida al desarrollo de una sonata que comienza sólida y bien dirigida, encaminada hacia un noble fin,  que de pronto va temblando, dudosa y sin energía; como una voz insegura que ya no levanta el vuelo sino ocasionalmente, y entonces sólo para observar que en cada ocasión se separa menos del suelo, apenas un palmo, como un pato sin alas. Después habló acerca de un muro de silencio que perdía su vertical y se derruía a grandes pedazos; milagrosamente, los terrones acababan componiendo un suelo firme en el que, sin embargo, era imposible el silencio en la medida en que, sobre él, cualquier sonido se magnificaba. El paciente pidió a su mujer que saliesen juntos a pasear por los campos, a lo que ella accedió a pesar del frío. Hasta el amanecer, estuvieron mirando de cerca los olivos, almendros y algarrobos de la finca. Luis Sebastián mostraba preferencia por los ejemplares marchitos. Parado frente a ellos, el paciente se identificaba con una rama que se hubiese alejado progresivamente del tronco pero que, de pronto, se hubiese dado cuenta de que el mundo al que pertenecía había quedado a sus espaldas. Había estado creciendo hacia la nada pero ya era demasiado tarde para un cambio de rumbo, puesto que su árbol quedaba demasiado lejos y ya ni siquiera sentía que formase parte del tronco. Perdido en un término medio, no tenía ni hojas ni raíces. Ni siquiera era una rama. Sin principio ni final —cortada por delante y por detrás— no era más que un trozo de leña al que sólo le restaba arder en el fuego.  

Han transcurrido dos semanas desde el ingresó del paciente en el servicio de psiquiatría del Hospital General de Valencia. Puesto que su mujer sigue trabajando en la unidad de cuidados intensivos, no es difícil verla de visita, desayunando con su marido antes o después de realizar su turno. Respecto al interno, no hay un diagnóstico claro. Todavía se encuentra en fase de observación. Por una parte, no presenta antecedentes que den a entender la existencia de una psicosis latente que se hubiese manifestado con la ingesta del ácido —opción que, además, es más frecuente con pacientes menores de veinticinco años—. Queda registro, sin embargo, de un enfrentamiento hace tres años del paciente con varios de sus vecinos y las fuerzas de seguridad de su localidad; pero incluso de este acontecimiento existen relatos contradictorios. Por la otra parte, ciertos indicios extraídos de su carta de invitación, del relato de su esposa y del comportamiento que ha mostrado el interno durante estas dos semanas apuntan decididamente hacia la posibilidad de una psicosis camuflada o hacia un trastorno límite de la personalidad. Según María Desamparados, después de esa noche su marido no volvió a ser el mismo. Ya no habla igual, no mira igual, ni siquiera camina de la misma manera. No sin belleza (la misma que ella posee) María Desamparados afirma que detrás de cada paso, de cada mirada y de cada palabra de su marido ella ve, siente y escucha una lágrima. Su llanto es tan denso —dice— que a veces le da la impresión de que los lagrimales de su marido vierten resina.

Tras la noche de autos, María Desamparados apuró al máximo la permanencia de ambos en la casa de campo, para permitir que los efectos del ácido se disolvieran antes de que su marido se reuniese con el resto de la familia. No obstante, cuando el dueño de la casa llegó, hacia las cinco de la tarde del domingo, ya no tuvieron más remedio que abandonar la casa y dirigirse a la residencia de los padres del enfermo, donde se encontraban los tres hijos del matrimonio. Éstos no reconocieron a su padre al llegar; paradójicamente, tampoco preguntaron por él ni han sentido la necesidad de hacerlo desde entonces. Se decidió que el paciente pasara la noche en la residencia de sus padres y que María Desamparados preparara con calma la visita al Hospital General de Valencia, prevista para la mañana siguiente.

Desde su ingreso, el paciente ha oscilado entre dos extremos que hacen dudar de la verdadera naturaleza de su trastorno. Existen indicios claros de fingimiento, esto es, vemos la adopción consciente por parte de Luis Sebastián del estereotipo del loco como artista o intelectual maldito. En los grupos terapéuticos, el paciente insiste en el potencial de los centros psiquiátricos para convertirse en comunidades de artistas, a poco que penetrase la democracia en ellos. Esto causa perplejidad en el resto de pacientes. En vez de medicamentos, pide a los enfermeros picos y palas para poder trabajar. Discute continuamente teorías psiquiátricas que estuvieron en boga durante la segunda mitad del siglo pasado. De nada sirve recordarle entonces que el Hospital General de Valencia dejó de ser un hospital psiquiátrico hace más de quinientos años, en 1512, cuando adquirió un carácter unificado; ni que el último «manicomio» —como al paciente le gusta llamarlos— de la provincia de Valencia se cerró en 2010. Por otra parte, nada de esto es incompatible con la evidente pérdida del sentido de realidad que el paciente demuestra en otros momentos. Cuando los médicos le preguntan si tiene una enfermedad mental, él responde que tiene cuatro: «Mi mujer y mis tres hijos: estoy loco por ellos». Otros días, uno diría que sigue en la casa de campo. Asume que todas las enfermeras son su mujer, y todos los internos, sus invitados. Entonces el paciente se muestra feliz —«inmensamente feliz»— de que su fiesta de cumpleaños no acabe nunca.

Bibliografía básica

Cooper, David (1967). Psychiatry and anti-psychiatry. Londres: Tavistock.

Cooper, David (1973). The death of the family. Londres: Penguin Books.

Diamond, Stephen (1971). What the trees said. Life on a new age farm. Nueva York: Delta Books.

Foot, John. (2015). The man who closed the asylums. Franco Basaglia and the revolution in mental health care. Londres: Verso.

Hinojosa Montalvo, José López (2007). “Hospital General, un orgullo para todos los valencianos”. En Fundación Hospital Reial i General, 500 anys Hospital General Universitari València 1512-2012. (págs. 2-6). Valencia: Fundació Hispiral Reial i General.

Mungo, Raymond (1971). Famous Long Ago. My life and hard times with Liberation News Service. Boston: Beacon Press.

Recuperado de http://lalindearqueologia.com/jardin-del-hospital-2/

Luis S. Villacañas de Castro

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