Horror del mal

Horror | Vía: wolfgangphoto (flickr)
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Cabe definir el horror como aquella experiencia que nos impele a apartarnos de su fuente, para acabar con ella, porque supone la descomposición de nuestra visión de mundo. La principal causa del horror es el mal, una causa que guarda una relación proporcional: a mayor mal, mayor horror.

Creemos que dominamos el mal porque la ficción o el otro género de la ficción que es la información nos lo expone. Podemos considerar, hasta cierto punto, que estamos tan habituados al rostro del mal.

Pero es falso. Cuando el mal se nos muestra cercano, extraño, desconcertante o intenso retiramos la mirada. Buscamos otras explicaciones y siempre recurrimos a la explicación de nuestra época: la patología.

El mal se explica como enfermedad o como disfunción. Si ha pasado algo que no debe pasar no es que posible que haya una persona que libre y conscientemente haya optado por hacer algo malo a no hacerlo. Vemos la enfermedad, preferiblemente la enfermedad mental que es la sustituta del maldad en nuestra cultura. No hay hombres malos y mujeres malas, todos ya han sido reducidos a enfermos; no hay acciones u omisiones malas, solamente nos enfrentamos a las consecuencias del padecimiento mental.

Otras veces, alternativa o simultáneamente, comparecemos junto a la patología social. La culpa es de la sociedad, del otro impersonal que te seduce y consigue que hagas cosas que ni imaginabas. Una sociedad enferma que contagia a los suyos. No hay acciones malas, porque son llanas consecuencias de la patología social que es inherente a nuestra condición humana. Y si la patología no satisface el recurso a la patología institucional en la Europa meridional siempre proporciona la absoluta exoneración del mal.

Preferimos cualquier enfermedad antes de reconocer las malas acciones y a quien las ha hecho. Preferimos engañarnos negando la voluntariedad, el conocimiento, la capacitación y la mera normalidad, porque se nos hace muy duro pensar que lo que nos separa de hacer el mal es tan poco que cualquiera de nosotros o cualquiera que nos rodea puede decidir traspasar esa liviana frontera sin asumir en principio ningún sacrificio.

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