High Life (Claire Denis, 2018)

La Mecánica de Fluidos estudia las leyes del movimiento de los fluidos y sus procesos de interacción con los cuerpos sólidos. Ésta aparece como una mezcla de teoría y experimento que une la ingeniería hidráulica, de carácter fundamentalmente empírico, con la matemática, que aborda el problema desde un enfoque analítico. Para la Dra. Dibs (Juliette Binoche) la nave espacial permite comprobar el funcionamiento de los fluidos en los cuerpos sólidos, tanto analíticamente como empíricamente, provocando la frustración de que no todo lo que se consigue en una fórmula revierte en un resultado positivo. Alrededor de ese espacio cerrado de la nave todo funciona, y todo se mueve, gracias a lo líquido. Todo es reconvertible en el ser humano, cualquier fluído corporal sirve, no sólo para que la especie perviva, sino para que haya una esperanza en la continuación del viaje. Lo que el cuerpo expulsa hace que el cuerpo sobreviva tras un reciclaje, lo que el cuerpo expulsa permite que la nave se desplace transformado en combustible, el fluído seminal más el óvulo perfecto permiten imaginar un nuevo mundo en otra galaxia donde la especie humana comience casi desde cero.

El espectador habitual de Denis es posible que se sienta interrogado e incómodo por esta incursión de la directora en el cine de ciencia ficción y no encuentre los referentes acostumbrados en su obra. Siendo ésta la sensación general que me ha transmitido tras verla no puedo negar que, pasados los días, y pensada la película, si se elimina el referente «de género», de escasa trascendencia para lo que se cuenta, en medio de un relato distópico, no están ausentes en su película elementos tan característicos como la soledad, la negativa/incapacidad de amar, los espacios cerrados, la violencia, la necesidad de perdurar en el tiempo, y en esta ocasión en el espacio, a través de la descendencia, la representación del sexo como un acto coreográfico aunque sea en solitario, el juego de las elipsis y del relato apuntado pero no cerrado en todas sus ramificaciones, la música de Tindersticks……..; es decir, pese a que la apariencia nos ofrece una historia que parece alejada de lo anterior en Denis, en el fondo, eliminado el fluído sobrante, asumido el cambio de intérpretes o la asunción del inglés como idioma de comunicación, tampoco «High life» se muestra radicalmente apartada del ámbito creativo de la directora.

Al inicio de la película, claramente dividida en tres partes; presente, pasado y futuro, no siempre, ni necesariamente, por este orden, ni linealmente expuestos, pues la elipsis domina en el relato, el personaje de Monte (Robert Pattinson, asumiendo el peso de la película casi en exclusiva sobre su rostro de manera muy solvente) juega, atiende, habla con su hija, un bebé que tenemos que entender desde ese momento, nacido en el espacio si unimos su edad con el informe que graba el astronauta para su emisión a la tierra y que evita que la nave se autodestruya por inacción. La niña apenas empieza a balbucear la primera palabra reconocible, «papa», cuando Monte repite poco después, de manera insistente una nueva, «ta-bú», palabra muy cercana a la comprobación por el espectador del sexo del bebé, algo que permanecía en el limbo todavía. En ese momento inicial esta escena puede parecer superflua, sin contenido, pero en la fase final del relato alcanzará toda su importancia cuando padre e hija, 14 años después sigan compartiendo esa nave en rumbo constante hacia un agujero negro, y unas gotas de sangre en las sábanas y un «vete a tu cama» permitan interpretar que ese «tabú» ha de romperse si la humanidad quiere perdurar en tiempo y dimensiones desconocidas.

Situada esa soledad del hombre y del bebé, la posición de no retorno, el desconocimiento del porqué y el para qué de ese viaje que, sin duda, evoca resonancias del 2001 de Stanley Kubrick o de la atmósfera existencial de Tarkovski, el viaje de esta nave de nombre desconocido y sólo identificable con un número, un cajón espacial que parece más un féretro que un ente aerodinámico, se parece al de un «Mayflower» moderno, una nave de desterrados a quienes se ha dado a escoger entre la ejecución en la Tierra o embarcarse en una expedición a la conquista de otros mundos de los que no es posible retornar. O pena de muerte inmediata o pena de muerte diferida. La Tierra decide, así, eliminar sus desechos, mientras en la nave se transforman en otra realidad reutilizable. Surge la dualidad entre esperanza y no futuro, porque esta expedición sin objetivo claro no ha de producir ningún efecto beneficioso en la Tierra, pero permite, si se descubre un nuevo mundo al otro lado del agujero negro, que los «desechos humanos» tengan una nueva oportunidad de regeneración. Asesinos de variadas capacidades y razones comparten el espacio en una comunidad que mantiene un orden impuesto por una doctora que se sirve de las drogas para calmar las más oscuras reacciones de los viajeros. El uniforme blanco de esta doctora, igualmente condenada como el resto, define la diferencia de clases entre un estrato científico y otro que viaja como cobaya, entre analíticos y empíricos, el método de ensayo y error a través de los fluidos corporales de todos los expedicionarios. Tratados como una especie de ganado sideral, hombres y mujeres se convierten en emisores y receptores de genes a la busca de un humano perfecto sin ejercer actividad sexual compartida alguna. El sexo está prohibido en la nave, pero no la satisfacción sexual en un habitáculo diseñado para el placer individual. Cuando la violencia se desate, algo común a gran parte del cine de Denis, la represión sexual habrá tenido mucho que ver en esa espiral de autodestrucción donde eros y tánatos viajan de la mano.

Las manos, como en la última película de Godard, se exhiben como elementos necesarios para la creación. Aquí un guante flota en la ingravidez mientras su poseedora insinúa un baile, una mano artificial inmóvil frente al cuerpo capaz de producir el movimiento, la mano de un padre sujetando a una hija que aprende a andar, la mano del hombre que cultiva y contiene sus deseos animales a través de la contemplación de un huerto espacial necesario para la supervivencia. La mano que actúa en necesaria compenetración con un designio, mano y dedos, como el que mantiene en funcionamiento el diseño inteligente de la nave y que se acercan al dedo divino del fresco de Buonarotti. Denis nos está anticipando el nuevo futuro de la humanidad, aquél que ha de surgir de una hecatombe que redefina los tabúes, los pecados, lo prohibido por ansiar una nueva esperanza, un futuro que procede de un monje que renuncia al sexo mientras éste sea artificial. Esta fuga del planeta podría ser interpretada como una crítica política hacia el fin de un modo de vida condenado al colapso, eso me obligaría a rehacer la reseña, o a hacerla demasiado extensa, pero en el fondo Denis nos invita a regenerar el mundo eliminando los tabúes y las convenciones, buscar una nueva justicia aunque ello obligue a ser injusto conforme al modelo predeterminado. Cuando padre e hija se embarcan en el viaje definitivo hay toda una página por escribir, se ha roto un tabú de resonancias bíblicas, pero no conviene olvidar que según la religión, la especie humana proviene de una sola pareja, con lo que la idea del tabú es posterior a su inexistencia. Por eso el último plano de la película es una línea blanca brillante que va ensanchándose hasta ocupar toda la pantalla, porque el futuro está por escribir.

Francia, 2018. Dirección: Claire Denis. Guion: Claire Denis, Jean-Pol Fargeau, Geoff Cox. Productoras: Alcatraz Films, Pandora Filmproduktion, Andrew Lauren Productions, BFI Film Fund, The Apocalypse Films Company, Madants, Canal+, ARTE France Cinéma, Zweites Deutsches Fernsehen. Música: Stuart Staples, Tindersticks. Fotografía: Yorick Le Saux. Montaje: Guy Lecorne. Reparto: Robert Pattinson, Juliette Binoche, Mia Goth, André Benjamin, Lars Eidinger, Agata Buzek, Claire Tran, Ewan Mitchell, Gloria Obianyo, Scarlett Lindsey, Jessie Ross. Duración: 110 minutos.

Miguel Martín Maestro

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