Un héroe solitario y airado: «La Soledad del Corredor de Fondo», de Alan Sillitoe

A nadie debe extrañar la elección de una cárcel como lugar apropiado para desenvolver una acción novelesca: desde la época de Fielding a Hardy, pasando por Dickens, resulta frecuente hallar en la literatura inglesa estos escenarios. Así lo exigía la propia puesta en marcha del gran imperio, y aunque no fuese más allá de la generación de los «jóvenes airados», en su momento, esta moda de encarcelar a los héroes parecía la colocación de la primera piedra de un nuevo ideario narrativo y moral entre la nada infrecuente sabiduría política de los literatos insulares. Eso explicaría la existencia, por ejemplo, de La Soledad del Corredor de Fondo, (The Loneliness of the Long-Distance Runner, 1959)[1]Todas las citas están extraídas de SILLITOE, Alan. 1994. The Loneliness of the Long-Distance Runner. New York: Signet, 176 pp. (las traducciones son nuestras).

Smith, un empobrecido y huérfano delincuente juvenil, héroe de la novela de Alan Sillitoe, está recluido en una penitenciaría. Joven pícaro de muy baja extracción social, se le acusa del patético crimen de haber robado en una panadería. El gobernador de la prisión se fija en él para intentar convertirlo en un buen corredor de fondo. De repente, tomamos conciencia de que la base de la reforma de estos delincuentes son el trabajo y el deporte, nada de libros ni de sermones. Gracias a la propuesta del gobernador, además, se les atenúa el tiempo de encarcelamiento. Eso, sumado a que nuestro héroe es un ser privilegiado en estas lides y todos allí están seguros de que el triunfo le corresponderá. Pero nadie ha contado con la voluntad del estilo inglés: a Smith se le ha entrenado cómo se entrena a un caballo y él no está dispuesto a respetar lo establecido, pues se siente herido, iracundo, resentido contra este poder que le arrebata la libertad. Su idea será entonces la de dejarse vencer en la competición.

A primera vista, su rebelión se parece mucho a la acaecida contra la autoridad y que nos hemos trazado a través de historias llegadas de Norteamérica como las de Huckleberry Finn (Mark Twain, 1885) e incluso, la epopeya beatnik que tiene lugar en Alguien voló sobre el nido del cuco (Ken Kesey, 1962), pero las diferencias son más instructivas que las similitudes. En primer lugar, la autoridad aquí es legítima y el joven es un verdadero malhechor. La autoridad es fácilmente evitable si simplemente obedece las reglas mínimas que toda sociedad requiere, pero no deja de pensar en sí mismo como un criminal ni en su intención de continuar una vida delictiva cuando salga: «huir de la policía»[2]Ibíd., p. 7, en sus propias palabras. Dado que somos ciudadanos honestos de los que los matones de su calaña se aprovechan, realmente no querríamos que saliese nunca.

Segundo, él se define a sí mismo en términos de rebelión y carece de una finalidad como persona. A diferencia de Huck Finn o del histriónico McMurphy, la libertad no es su objetivo; en cambio, quiere luchar contra su opresor «porque esto es una guerra»[3]Ibíd., p. 46. En este sentido, la historia se asemeja más a Las confesiones de Nat Turner (William Styron, 1966), en la que un grupo de esclavos se libera, pero en lugar de huir hacia la libertad, se conforma con la retribución de sus dueños. Esta terrible novela, basada en hechos reales, termina con los esclavos muertos.

Es verdad que nuestro corredor de fondo llega vivo al final de su historia, pero tenemos la seguridad de que estará de vuelta en la cárcel muy pronto. Entonces, ¿qué ha ganado realmente? Aún más, ¿por qué debería importarnos?

Si lo hace es porque, en el fondo, como si fuera el reflejo del pájaro atrapado en la jaula enorme en la que se ha convertido el mundo, nos sentimos cercanos a él. Smith es un «héroe romántico», tal como nos recuerda el profesor Pérez Gállego en su imprescindible estudio sobre los «Angry Young Men»[4]Vid. PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1968. Literatura y Rebeldía en la Inglaterra Actual. Madrid: CSIC, p. 149 y que nos lleva a la, a nuestro juicio certera definición de Fraser, cuando se refiere a Sillitoe como «un Byron de clase obrera»[5]FRASER, G.S. 1964. The Modern Writer and his World. London: Penguin, p. 180.

Es esa heroica soledad la que nos acerca y que, en esta historia corta, pertenece a aquellos que, en lugar de correr para ganar una carrera, corren sólo por el placer de hacerlo. El ser humano ha devenido, pese a todo, una criatura libre, y si quiere correr, lo hará. Por contra, si no quiere, se dejará vencer. Es verdad que el joven Smith pudo haber echado mano de otras soluciones para manifestar su disconformidad: pudo escaparse del «Borstal», organizar un desplante o una sedición. Pero lo que está en consonancia con su carácter inglés es expresar la oposición de modo personal, solidario e inmanente. Nuestro héroe procede a contracorriente y a contraluz, y su papel lo representa fiel a su destino particular.

Esta revolución es particular, casi tanto como gratuita, pero sobre todo es individualista: «podría doblar a la izquierda en el próximo seto del campo y, bajo el abrigo de ese seto, emprender una retirada lenta apartándome del campo de deportes y de la meta que hay allí. Podría hacer tres o seis o una docena de kilómetros a través de la hierba y seguir unos cuantos caminos para dejarlos atrás y que nunca pudieran saber cuál era el que había tomado; y quizá en el último, cuando hubiera oscurecido, podría pedir al chófer de un camión que me cogiese y viajar gratis hacia el norte con alguien que a lo mejor no me la jugaba. Pero no, he dicho que no soy un idiota, ¿verdad? No quiero fugarme cuando sólo me quedan seis meses, y además no quiero evitarme nada, no quiero huir de nada; lo único que quiero es darles un susto a los de dentro de la ley, a los estúpidos barrigudos, que seguirán allá arriba sentados en sus blandos asientos contemplando como pierdo la carrera».[6]SILLITOE, Op. Cit., p. 45

A Smith, el trabajo pesado de ese entrenamiento diario le ofrece un lapso de tiempo significativo y solitario para su pensamiento, del que se extrae una curiosa trascendencia que lo lleva a una conciencia más amplia de sí mismo y del sistema en el que está atrapado.

Empero, y precisamente por su individualismo subyacente, nadie quiera ver en la novela de Sillitoe resquicio alguno de ideologías marxistas. No hay aquí vagos melodramas ni épicos naturalismos, tampoco impresionismos ni la didáctica aleccionadora del realismo socialista, que también caracteriza esta literatura de fondo proletario, hecha por burgueses o funcionarios de cualquier partido. El origen de este arte inglés es popular, de modo y manera indiscutible, su sintaxis desgarrada, su imagen de patio de vecindad, chillona su sensibilidad y destemplada la incontenible ira del anarquista nato.

El origen de estos jóvenes iracundos –entre los que debemos mencionar también a Iris Murdoch, Colin Wilson, Doris Lessing o John Osborne- es innegablemente obrero. Los laboristas no estuvieron más que una legislatura en el poder, pero fue gracias a ellos que esta generación de «los jóvenes iracundos» se colocó en la palestra del arte y la literatura de la época. Este hecho no tiene semejanza con el de otros escritores de pueblos occidentales. Y es que la mentalidad burguesa de los alemanes, franceses o norteamericanos es incuestionable, por muy a la izquierda que se sientan. Es decir, que todos continúan produciéndose como en los tiempos de Zola o Gorki.

Si bien, en su primer movimiento, el de John Osborne, estos ingleses ponen de manifiesto su incomodidad social de adaptación al nuevo medio, pero sin desdeñar la herencia literaria querida. En el segundo movimiento, el de Sillitoe y en el que estamos, se nos quiere sorprender con una voluntad de estilo y un regreso consciente a la dignidad humana de sus raíces. Este estilo, marcado por el lugar de su nacimiento, es un hecho insólito en la novela europea, como si quisiérase, de alguna manera, renunciar al acomodo burgués que parecía traslucir en ese primer ataque del movimiento. Es verdad que Sillitoe demuestra un genio creador estético que se acusa aquí por todas partes.

Por escaso que fuera el recorrido de la historia literaria de esta generación, tenemos una novelística seria, original y profunda en la Gran Bretaña de los cincuenta y sesenta. Debiéramos preguntarnos, a estas alturas, es si esa subversión estética estuvo acompañada de toda la escala tonal de las subvenciones clásicas -de la moral a la política- o si, por el contrario, esta filosofía inmediata y pragmática, sustentada por un ánimo disconforme, parece decirnos de manera un tanto insidiosa que aquel «Welfare State» no ha servido para nada más. Desde una perspectiva crítica, nos asalta la duda de si se llegó a tan dichosa existencia –y nada sencilla- como para que un proletario se desentienda del quehacer público de la forma que parece hacerlo Sillitoe.

Sea como fuere, La Soledad del Corredor de Fondo, con su héroe encarcelado, merece tener en las páginas de la novelística inglesa contemporánea un lugar de privilegio.

Título: La Soledad del Corredor de Fondo
  • Autor/es: Alan Sillitoe
  • Editorial: Impedimenta
  • Nº de páginas: 256
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. Todas las citas están extraídas de SILLITOE, Alan. 1994. The Loneliness of the Long-Distance Runner. New York: Signet, 176 pp. (las traducciones son nuestras)
2. Ibíd., p. 7
3. Ibíd., p. 46
4. Vid. PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1968. Literatura y Rebeldía en la Inglaterra Actual. Madrid: CSIC, p. 149
5. FRASER, G.S. 1964. The Modern Writer and his World. London: Penguin, p. 180
6. SILLITOE, Op. Cit., p. 45
Daniel Arana

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *