Her (Spike Jonze, 2013)

her-joaquin-phoenixLa modernidad al poder, y el reflejo de la propia estupidez humana también. No es Jonze precisamente un cineasta que pueda reivindicar lo clásico, su evidente estética videoclipera, depurándose, depurándose, da paso a imágenes etéreas y hasta surreales, donde un mundo reconocible por contemporáneo se transforma en un futuro que no sabemos si ya está aquí con la simple inclusión de un engendro informático, lo que vemos parece actual, aunque todavía no hemos llegado a tanto. Las relaciones personales pueden ir haciéndose tan impersonales que confundamos realidad con deseo, una pantalla de ordenador no suple el rostro humano, no ver ni calibrar lo que el otro escribe a través de un teclado puede producir en la razón la aparición de monstruos, bellos monstruos pero llenos de pesadillas. her.

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También esta película me sirve para reivindicar el prejuicio, porque teniendo prejuicios son mayores las satisfacciones cuando tienes que ir cambiando de opinión acerca de algo o de alguien, y si hace años despreciaba cada aparición de Joaquin Phoenix en pantalla, ahora ya me puedo permitir el lujo de decir que J.P. (acrónimo enrollado del actor en el fake que rodó con su cuñado Casey Affleck) mejora a cada aparición, y van varias notables o sobresalientes, y en ésta sosteniendo exclusivamente el peso de una historia, que no por eterna, deja de golpear cuando se habla de soledad y desamor.

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Ayudado con las apariciones puntuales de Amy Adams, Phoenix vuelve a dar un recital sobre el peso del pasado y de la culpa, la autocomplacencia y la imposibilidad de mostrar los sentimientos, ese autismo emocional que le ha hecho fracasar en una relación que contaba con todo a favor porque se basaba en la amistad, la confianza y la complicidad hasta que la convivencia y el crecimiento fue separándoles. En ese contexto de hundimiento personal es en el que Theodore, el personaje de Phoenix, deambula por paisajes urbanos de Los Angeles en solitario, como todos los figurantes que van apareciendo, abstraídos en sus pantallas de miniordenadores, ultramodernos móviles y demás dispositivos electrónicos.

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Los ligues de una noche no suponen sino un desahogo momentáneo que acrecienta la frustración personal incrementando la idea de la imposibilidad de relacionarse de manera emocional con otras personas. Y surge entonces el flechazo, pero no convencional, sino con su S.O., si , el sistema operativo femenino que compra en una estación de metro y que le promete un alma gemela que le ayude a pasar las largas horas de soledad. Lo que asemeja un asistente personal se convierte, con el rápido y progresivo aprendizaje, en una mujer de verdad salvo por el pequeño detalle de que no existe y sólo es una voz (la pretendidamente sensual de Scarlett Johansson, ojo, pretendidamente).

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El enamoramiento es cierto y palpable, nunca sabremos si el ectoplasma virtual siente de verdad lo que dice, pero a Phoenix se le nota cierta verdad en sus emociones, verdad que va a más, puesto en evidencia por su exmujer cuando le revela la realidad, necesita relacionarse con una máquina porque es incapaz de manejar sentimientos reales con las personas. Y no deja de ser chocante que esto sea así cuando su trabajo es escribir cartas de amor a personas que son incapaces de manejarse en esas distancias cortas donde ser sincero parece que es una losa que provoca que parezcamos una cosa distinta de la que aparentamos en la lejanía, estamos en un mundo de sensibles personas incapaces de expresarse desde el corazón.

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Todo lo que Phoenix recoge en sus cartas es incapaz de decirlo cara a cara a las mujeres con las que ha estado, a su ex, a su vecina, a sus ligues….. el mundo se divide en quienes mantienen relaciones ciertas con personas de carne y hueso, y aquellos que viven en un mundo paralelo permanentemente conectados a una pantalla o a un dispositivo electrónico. La espontaneidad de los primeros es más agradecida que la frialdad vital de los segundos, seres atormentados que buscan un amor a la carta con alguien que les conoce perfectamente y con el que conectar rápidamente, incluso para mantener relaciones sexuales tan intensas como las reales pero sin contacto físico, prefieren el frío de la distancia al calor de la piel, el primero compromete menos y permite dar pasos atrás con menos coste, el segundo exige un trabajo diario digno de encomio para no caer en la rutina y el abandono, es más cómodo no ver y creer que se comparte.

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No se si Jonze ha querido hacer una crítica de la moderna sociedad de la incomunicación, de los mundos virtuales y falsos de las redes sociales, del teatrillo de creer que se tienen 2000 amigos en red (salvo que publiques fotos en bikini o marcando tableta, que entonces te forras a me gustas y a followers), de las comunicaciones a través de mensajes de texto y a la imposibilidad de hablar cara a cara con una persona a la que no sólo tienes que leer, si no valorar los gestos de su cara, o lo que es más difícil, mirar a los ojos.  Si no ha pretendido eso me da igual porque a mí es lo que me ha llegado porque lo vemos a diario, absorbidos por pantallas sin mirar alrededor. Tienes el amor en la puerta de al lado pero tu imposibilidad de hablar y decir lo que se siente te hace perder muchas oportunidades, prefieres creer que tienes una vida gris cuando lo que te falta es valor para mirarla de frente.

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A destacar dos cosas, la fotografía en espacios abiertos de esta película, importante para apreciar que el personaje no se siente cómodo fuera de su entorno aunque como contrapartida se nota demasiado que Jonze quiere hacer de cada plano la fotografía perfecta, y la banda sonora de Arcade Fire. Saludando la nueva y triste película de Jonze, uno que se mantiene mientras el colega Gondry sigue naufragando. No estamos donde sueñan los monstruos, pero si donde las personas tienen pesadillas, ser adulto puede ser una putada, las energías son limitadas y hay que repartirlas entre lo que se tiene que hacer y lo que se quiere hacer, en la división siempre pierde lo que se quiere hacer, y  en esa pérdida rara vez hay oportunidad de recuperar oportunidades y tiempo, aunque sea evidente lo que tiene que esperar y lo que no puedes dejar pasar o no deberías haber dejado pasar, aunque solo sea por una vez en la vida, o en una noche, o como en este caso, por un amanecer en un rascacielos.

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Miguel Martín Maestro

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