Yo he venido aquí a hablar de su libro – Arantza Portabales

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Arantza Portabales Santomé, siempre original, nació dos veces.

La primera lo hizo en 1973 de sus padres, emigrantes gallegos en San Sebastián que retornaron a Marín en 1985. Se licenció en Derecho a caballo —es un decir— entre la Universidad del País Vasco y la Universidad de Santiago de Compostela, ciudad esta última donde actualmente es Funcionaria del Cuerpo Superior de Finanzas de la Xunta de Galicia.

La segunda lo hizo cuarenta años después, en Teo, cuando decidió que la vida hay que vivirla y  encontrar tiempo para hacer lo que a uno le apetece y le gusta. Entonces irrumpió en el mundo de la microliteratura con la fuerza que la caracteriza, escribiendo con su peculiar estilo diáfano, directo y arrollador. Ese mismo año, 2013, fue finalista del concurso Relatos en Cadena, que organizan la Escuela de Escritores y la SER, en el certamen del blog Esta Noche te Cuento o en Wonderland de RNE4 y creó su blog Una nube de historias . Podemos encontrar microrrelatos suyos publicados en libros colectivos como 40 plumas y pico, Las palabras contadas, Cincuentos y Lectures de Espagne Volumen 2.  En 2015, su novela Sobrevivindo, posteriormente publicada,  ganó la 15ª edición del Premio de Novela por Entregas de la Voz de Galicia y su primer libro de microrrelatos A Celeste la compré en un rastrillo vio la luz editado por Zaera Silvar dentro de su colección Lenguas de Ornitorrinco.

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Celeste, ese color luminoso y con sabor a firmamento, ese nombre de mujer estelar, se ha convertido en poco tiempo en una asociación inevitable con el apellido Portabales para los que frecuentamos el mundillo microrrelatero. Y así es, azul y brillante, esta recopilación donde encontraremos cuentos de todos los tamaños, en los que  las mujeres tienen un protagonismo especial aunque siempre vislumbramos  a su lado la figura masculina, y los diálogos, monólogos y discursos internos sobre cuestiones cotidianas alcanzan una dimensión distinta bajo la inteligente mirada de la autora, haciéndonos bucear entre argumentos aparentemente dispares para depositarnos, con una fluidez de palabras que engancha irremisiblemente, en una playa lógica y desgarradora. Y para muestra, dos botones muy distintos:

Obsolescencia programada

Si no he calculado mal, teniendo en cuenta la duración media de mis últimas relaciones, creo que es muy probable que deje de quererte en diez, nueve, ocho, siete, seis…

Asfixia

Decidí pedirle que se llevase el acuario. A fin de cuentas se lo había regalado su tía. Él se había ofrecido a hacerle la declaración de la renta y ella apareció un día con aquella enorme pecera que apenas nos cabía en el salón. Ferrán se apresuró  entonces a comprar un montón de libros sobre el cuidado de los peces. También compró un dispensador automático que los alimentaba. Y un temporizador eléctrico que encendía y apagaba las luces del acuario generando el día y la noche en su microuniverso. Dos veces por semana realizaba un test para comprobar los niveles de acidez del agua.

Y ahora los tres peces que habían sobrevivido durante meses a la ausencia de Ferrán me miraban ofendidos a través del agua turbia. Como si fuera un delito no saber nada de peces. Ni de la declaración de la renta. Ni de nada de nada. Nadie podría decir que no me esforcé  en cuidarlos. Rellenaba el dispensador religiosamente. Y aunque nunca conseguí equilibrar el PH del agua, me impliqué tanto que hasta les puse un nombre.

Este. Ese. Aquel.

Les susurraba esos nombres con la nariz pegada al cristal. Ellos se acercaban al borde de la pecera, como el suicida que se acerca al borde de un precipicio y al verme se daban la vuelta. No era mi cara la que esperaban ver.

Lo llamé un jueves por la mañana.

Cosas que le dije: que el acuario era suyo, que era mejor que viniera a buscarlo. Que en la oficina todo seguía igual. Que a pesar de lo que pensaba, era perfectamente capaz de hacerme cargo de mis finanzas yo sola. Que me vendría mejor que viniera a las siete porque ahora iba a clase de Pilates. Que mañana no era posible, que tenía una cena.

Cosas que no le dije: que le había puesto nombre a los peces. Que llevaba dos meses de baja. Que mis papeles los llevaba la gestoría del barrio. Que sin el acuario ya no sabría cuándo era de día o de noche. Que mañana cenaría con mi madre. Que no era verdad que fuera a clase de Pilates. Que aún no sabía por qué le había mentido.

Después me quedé todo el día pensando qué más pude haberle dicho. Qué más pude haberme callado. Hasta que a las nueve y cuarto comprendí que no vendría.

En el centro de la mesa, Este, Ese y Aquel, me miraban con sus caras deformadas por el óvalo de la bolsa de plástico. Es cruel tener tan poco espacio, pensé. Sabía que en estos momentos estaban desubicados, perdidos, tan asustados que solo podían pensar en su comida de colores; en un acuario de agua limpia controlada semanalmente mediante dos test de acidez. Y creían que eso volvería a suceder. Realmente lo creían. Se asomaban al borde de esa bolsa de plástico, esperando que pasara.

Cogí la bolsa de plástico y la llevé al fregadero. La abrí muy despacio y vacié todo su contenido. Los tres boquearon desesperados y sacudieron frenéticamente sus colas de escamas naranjas. Se estaban dando cuenta de que no siempre había explicación. Ni vuelta atrás.

El más grande, creo que era Aquel, clavó en mí su mirada. No hay razones, pequeño, musité. No es culpa tuya. Es solo que estáis mejor así.

Luego los deposité con delicadeza dentro del cubo de la basura. Aquel siguió mirándome fijamente hasta que, por fin, reuní el valor necesario. Entonces sí, muy despacio, cerré la tapa.

Eva García

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