He nacido, pero… (Yasujiro Ozu, 1932)

Hay un gesto repetido a lo largo de la película que revela, por un lado, la naturaleza infantil ante una adversidad, pero también un estado de cosas que trasciende más allá de las imágenes y se introduce en la realidad de un país en el momento de rodarse la película. Cuando Ozu rueda Umarete wa mita keredo Japón está incurso en una profunda crisis económica, en guerra con sus vecinos, gobernada en la sombra por una dictadura militar directamente asesina, que fomenta un ultranacionalismo expansionista. Ozu dulcifica la realidad rodando una historia infantil, pero en el gesto de Keiji (el hijo pequeño) sacándose las típicas zapatillas de suela de madera japonesas (geta) y colocándoselas en las manos como si fueran guantes de boxeo con los que golpear al adversario, surge la imagen de un país donde la violencia física y moral, tiñe todas las relaciones sociales. Chichi y Keiji resuelven sus problemas a golpes, bien es verdad que intentan evitarlos aunque sea escapándose del colegio, pero al final, el ambiente que rodea su vida les coloca permanentemente en la tesitura de usar la violencia como respuesta a un presumible ataque o para evitar un abuso. No dudan en servirse de otros para conseguir sus fines, pero las relaciones que se ven a lo largo de la película se sustentan sobre el dominio y la sumisión, Chichi y Keiji quieren abjurar de esa realidad porque, en el fondo, lo que quieren es ser dominadores, hacer un simple movimiento de manos y que los miembros de la pandilla tengan que hacerse los muertos y resucitar a su mandato. Japón es un país sometido a unos pocos, y el mundo en que los dos hermanos se mueven es una reproducción a pequeña escala de lo que está desarrollándose en el país.

Entre 1930 y 1933, Ozu rueda 18 películas, provenía de una década de los 20 donde su ritmo era igualmente frenético, y a partir de 1940 su producción se hará más reposada, coincidiendo con la llegada de ese cine que le ha hecho convertirse en referencia mundial por su manera de contar un mundo en constante mutación, y en conflicto entre la tradición y la modernidad, entre el concepto de familia antes y después de la segunda guerra mundial y sus heridas. Ozu utiliza técnicas que después abandona o usa mucho menos, como los movimientos de cámara, incluso algún travelling, pero en su puesta en escena ya se advierten los signos propios del cineasta, como esa cámara a la altura de la mirada de una persona sentada a lo japonés, espacios enmarcados entre huecos abiertos en las paredes de una casa típica, paneles correderos que cierran o abren ambientes y separan lo público de lo íntimo. Ozu utiliza a niños para contar una historia de niños que esconde vergüenzas de mayores. Para los hijos de Yoshii y Haha, su padre es lo máximo que se puede esperar, el mejor padre posible. Pero, ¿qué ocurre con los padres de los demás? ¿cómo comparar a un padre con otro? ¿cuáles son sus mejores credenciales para superar las virtudes ajenas? ¿Acaso no es mejor padre quien más tiene? ¿No será el padre del chico que puede sacarse la dentadura cuando quiere? ¿y el más fuerte, no será mejor padre el más fuerte?

En plena evolución hacia la madurez, Chichi y Keiji se sienten descolocados, pasando de la ilusión a la decepción, cuando, por culpa del cine, la figura recta, seria y eficiente del padre, se transforma en un «payaso», en un hazmerreir a los ojos de los niños cuando, invitados a unas proyecciones caseras en la mansión del jefe de la oficina en la que trabaja su padre, asisten, incrédulos, a filmaciones en las que Yoshii hace muecas y gestos para divertir a sus compañeros y a su jefe. Descubren «otro padre», maduran en su percepción de la figura paterna sufriendo la decepción de tener que reconocer, íntimamente, que su padre no es el mejor bajo el equivocado prisma del poder y el dinero. Enrabietados, déspotas, ofensivos, insultantes, los niños pasan de ser niños a prototipo de hombrecillos malcriados y respondones. Cómo enfrentarse a la decepción y cómo reconducir ese shock es la tarea de Yoshii, sabedor de que la situación de la familia no es mucho mejor que antes de decidir cambiar de casa para vivir más cerca del jefe y del trabajo, dispuesto a doblegarse y a ser un «pelota» para poder mejorar la situación económica de la familia, no puede descargar la frustración propia sobre sus hijos. Merecedores de castigo por su mala educación sabe que no es la violencia la que puede devolver a sus hijos el respeto que se merece. Poco a poco, les irá demostrando que lo importante es sentirse conforme con lo que uno hace, aprender de los errores ajenos, aspirar a ser «mejor» que tus padres sin avergonzarte de ellos.

En esa ingenuidad reductora de la infancia, asumen que el padre de su amigo merece tanto respeto por su padre porque es quien le paga el sueldo, por eso le dirán a Yoshii «pues págale tu a él», asumiendo con clarividencia dónde se encuentra el punto de distinción entre uno y otro, entre la clase dominante y la dominada, en el dinero que, sin embargo, no asumen que no tienen, porque es esa ignorancia e inocencia propia de la infancia la que permite jugar juntos al hijo del patrón, del empleado y del obrero manual que comparten colegio. El abrazo final con el que se dirigen a la escuela encierra el ejemplo de la edad de la inocencia en la que todos los sueños son posibles como antesala a la acumulación de decepciones. Son niños, juguetones, rebeldes, perezosos, alegres, divertidos, cabezones y caprichosos. El tiempo irá moderando, y modelando, su carácter sin hacerles mejores, sólo aprenderán a calmar su primera reacción, a callar las decepciones, a pensar en cómo aquellos padres se esforzaron porque recibieran estudios y no les faltara lo básico. Siendo niños fueron jefes, siendo adultos llegaron donde pudieron, esos niños están en movimiento como los trenes que pasan constantemente cerca de la casa, del camino al colegio.

Trenes que marcan el tiempo, el cambio, el desplazamiento mientras nosotros permanecemos en los sitios. Los vemos pasar mientras la ropa se seca al viento y al sol, ropas blancas y trenes oscuros, pequeños trenes en barrios alejados del bullicio cosmopolita y nervioso de los centros urbanos. En He nacido, pero…. está el sustrato y precuela de Ohayo, estamos ante el primer capítulo, silente, de unos cuentos de Tokyo que desarman por su sencillez y cercanía. Quizás lo mejor de los grandes es que todo lo que vemos nos parece demasiado simple y sencillo, al alcance de cualquiera, pero casi nadie ha conseguido acercarse a la emoción, a la mirada de Ozu. Por algo será.

Ficha técnica

Título Original: Umarete wa Mita Keredo. Año: 1932. Japón. Director: Yasujiro Ozu. Productora: Shochiku. Duración: 91 min. Formato: B/N – 1.37:1. Muda. Guión: Akira Fushimi, Geibei Ibushiya. Fotografía: Hideo Shigehara. Reparto: Tatsuo Saito, Tomio Aoki, Mitsuko Yoshikawa, Hideo Sugawara, Takeshi Sakamoto, Teruyo Hayami, Seiichi Kato. Fecha de estreno: 03/06/1932

Miguel Martín Maestro

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