Hard as indie (Arturo M. Antolín, 2017)

Érase una vez la historia de tres muchachos que, con 19, 21 y 22 años de edad, decidieron que iban a reventar el sistema de producción cinematográfico en España, que iban a huir de los productores al uso y se iban a financiar a sí mismos vendiendo humo en la red para que el resto, amigos y familia incluidos seguramente, pusieran su dinero a disposición del trío para que pudieran hacer una película de ciencia ficción, ambientada en la URSS de los 70, con cosmonautas perdidos y poéticos, rodando en Letonia y en Star City, la base espacial de Rusia. Desconfía de quien cada diez palabras coloca una o dos en inglés, la jerga profesional está hecha para que quien no es del mundillo piense lo listos que somos los que la dominamos. Nicolás Alcalá con 19 años, Carola Rodríguez con 21 y Bruno Teixidor con 22 son los ¿involuntarios? protagonistas de esta historia nada inusual, pero que no deja de sorprender por su ingenuidad y su egocentrismo.

Un presupuesto de alrededor de 500.000 € que no fue suficiente para sacar con solvencia el proyecto adelante, un proyecto que, sinceramente, visto desde las propias imágenes de aquellos momentos, no venía grande sino enorme al trío, cegado por un entorno que les recordaba lo geniales e inteligentes que eran, y que su osadía merecía una recompensa. La película se llamó El cosmonauta, y conste que en mi selección del 2013 la incluí como uno de los títulos más sugerentes del año, a mí me atrapó la visión poética y un tanto artificial de los personajes, tan perdidos como, ahora puede verse, el equipo técnico que dirigió el descontrol que acabó con la empresa productora creada por los tres, Riot, un proyecto final que no tenía nada que ver con la idea original de la película que se quería hacer, y, además, acabó con la amistad de ellos, sobre todo la de Nicolás Alcalá con los demás.

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Sobre Nicolás Alcalá recae el papel desagradable de la historia, el malo de la película mientras los otros dos aparecen como los inconscientes que le secundaron, y quizás no sea de todo punto justo focalizar el desastre, más financiero que otra cosa, de la aventura en una sola persona que, ante la pantalla, y con las grabaciones de los años previos al rodaje y durante el rodaje, destila una megalomanía y una suficiencia insultante que, como justicia poética, se vuelve contra él generándose antipatías, odios y recelos constantes. No es que el documental sea arriesgado, es más, se asemeja a un reportaje más que a un trabajo cinematográfico, es un documento de un momento del que se habló mucho entonces porque a muchos les interesaba que saliera bien, casi a tantos como deseaban que la nave se estrellara en la rampa de lanzamiento, muchas respuestas quedan en el aire, se vive como un repaso cronológico de un sinfín de desencuentros y estupideces sobre la marcha, quiere dejar constancia de un intento de cambio en la manera de hacer cine en este país sin una base sólida que soportara la idea que pareció entusiasmar a todos los participantes.

Si alguien se toma la molestia de ver los vídeos promocionales de la productora antes de su topetazo con la realidad siente vergüenza ajena ante tanto exhibicionismo y suficiencia, tanto aire cool, tanto «somos los mejores y vosotros no valéis nada»; el reflejo del verdadero espíritu del grupo, por más que todos se escuden en la personalidad de Nicolás Alcalá, fue la respuesta hiriente, maleducada, ofensiva que le remitieron a un solicitante de empleo en la empresa, algo que se hizo viral y anunció el fracaso de un estreno en el que nadie podía confiar si tenía dos dedos de frente, y aún teniendo dedo y medio, una vez que se desembarca en Letonia para iniciar el rodaje 3 años después de comenzar el proyecto, la realidad era lo suficientemente expresiva como para darse cuenta del naufragio generalizado. Es muy fácil escudarse en una persona que, ahora, carece de la misma energía y seguridad para poder defenderse una vez que todo desapareció, pero en aquel momento nadie cuestionó ni una sola de las erróneas decisiones.

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Viendo las imágenes de ese rodaje, la obsesión por registrar todo el proceso creativo desde 2008 hasta 2012, y después el estreno de la película en 2013, uno sospecha si, detrás del ataque ególatra de «vamos a grabarlo todo para cuando seamos famosos», no se estaría cociendo la venganza del equipo ante la incapacidad de los tres para sostener con eficacia el proyecto. Esas poses intensas, esos insultos delante de la cámara, esos desplantes, rodar la aparición sorpresiva de los actores que acaban de tener una idea genial y es despreciada por Bruno… parecen preparadas, parecen ideadas para vender un «y a pesar de todo fuimos capaces de superarlo y hacer esta masterpiece», hacer un making off bestial cuando el éxito les impidiera salir a la calle que, finalmente, se transforma en el diario de un fracaso.

Decir a cámara que la película no funciona porque es una parte del proyecto global que consta de 32 piezas de las que la película sería la número 17 suena a excusa de mal pagador y peor perdedor, la película es la película y visualmente funciona muy bien, incluso mucho mejor que este documental que sirve de autojustificación al grupo para asumir culpas, algunos, arrepentirse de los errores, otros, criticar lo mal hecho los miembros del equipo y confirmar que la figura del director no ha sido capaz de asumir ser el máximo responsable del fracaso global de Riot, no por la película en sí, sino por el desnortado proyecto inicial que se fraguó como el cuento de la lechera. En el camino hasta el estreno levantaron demasiadas ampollas en la profesión, no sólo de las jerarquías que querían demoler, sino entre sus iguales, entre quienes empezaban en ese momento y veían en el crowfunding una esperanza para hacer cine barato y libre, su fracaso supuso el fracaso de muchos otros proyectos y el nacimiento de una desconfianza absoluta hacia los nuevos talentos, algo que el documental tampoco quiere valorar.

Quizás esto sirva para que más gente quiera ver la película, aún disponible gratis en internet, porque ése era el objetivo inicial del proyecto (cómo sacarle rentabilidad después es algo que el documental tampoco explica), una película actualmente sin dueño porque la productora quebró y nadie quiso pujar por los derechos de la filmación en la liquidación de la sociedad, pero también una película mucho más interesante y más arriesgada que las razones y autojustificaciones que estos tres intrépidos e inmaduros cineastas nos brindan casi diez años después de iniciar su particular calvario personal.

Miguel Martín Maestro

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