Goethe o el demonio de la representación

Hay  libros que están más anotados que otros por las circunstancias, este es uno de ellos. Escribir sobre él conlleva las imágenes del lugar en el que fue leído: las butacas de cubierta de un navío de crucero, durante un cálido otoño. Así que tampoco lo puedo desligar de las bellísimas callejuelas del barrio antiguo de Villefranche, en la Riviera francesa, de la vista desde la terraza de un restaurante junto al mar en Portofino, o del encanto peligroso y sureño de Salerno. Allí, entre el mar de Liguria y el mar Tirreno, mientras mi madre leía a Edith Warthon en el camarote, yo era atrapado por este libro lleno de noticias de alguien que, como Goethe, se consideraba a sí mismo la más importante noticia, para lo que no tiene inconveniente en recurrir a los astros, igual que lo hacían los príncipes en sus cartas natales: el Sol en el signo de Virgo, con Júpiter y Venus amistosos, y sin aversión Mercurio, por cierto que sólo cinco días más tarde que el autor de estas líneas, y por lo tanto con idéntico signo.[1]GOETHE, Johann W.: Poesía y Verdad. Alba, Barcelona, 2017, p. 23 Por lo demás, esta reseña está dedicada, pues me la encargó mi amiga Rocío Alonso Simón, y es que es bueno embarcar pero tal vez sea mejor todavía hacerlo con alguna tarea pendiente en tierra.

Es difícil explicar cuántas cosas nos han atraído de estas memorias, más o menos tocadas por la literatura, porque casi todo atrae en Goethe, y también casi todo podemos llegar a detestarlo, puesto que supone una continua provocación y afrenta hacia el espíritu romántico. Hay en Poesía y Verdad un mapa de afectos literarios y filosóficos bastante bien trazado, en el que pesa sobremanera lo personal, como corresponde por ejemplo a la amistad con Herder, de la que en otra revisión memorial apunta su papel formativo, pues Herder «había echado a perder el gusto que me producían muchas cosas antes estimadas.»[2]GOETHE, J.W.: Memorias de la Universidad. Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1951, p. 178. En particular es culpable de que decaiga el placer ante el estilo refinado de Ovidio. Y además Goethe se esforzará por ocultar al amigo la frecuentación de un aspecto espiritual, debida a la inclinación por la magia, la alquimia y lo esotérico. De ello da abundante cuenta en el libro que comentamos. En particular lo hace sobre la influencia de Hamann, en quien intuía «un hombre concienzudo y de reflexiones profundas que, excelente conocedor del mundo visible y de la literatura, aún aceptaba la existencia de algo secreto e impenetrable de lo que hablaba de un modo muy particular.» (Poesía y Verdad, p. 526). Isaiah Berlin, con conocimiento de causa, ha examinado los peligrosos senderos a los que empujaba este seductor mistagogo, y que van mucho más allá del periodo Sturm und Drang.[3]BERLIN, Isaiah: El Mago del Norte. J.G. Hamann y el origen del irracionalismo moderno. Tecnos, Madrid, 1997 De hecho esa postura, de abierto desdén hacia la razón, se refleja de modos diversos en Goethe. Por ejemplo en esa escena en la que Mefistófeles le dice en Fausto al estudiante aquello que, suponemos, este prefería oír: por qué se puede prescindir de la lógica, como una suerte de tormento, así como de la lábil frivolidad conceptual de la metafísica y de la teología, en las que una palabra vale casi por cualquier otra,[4]GOETHE, Johann W.: Fausto. Planeta, Barcelona, 1980, pp. 54-58. para concluir que «la teoría es siempre gris y verde en cambio el árbol áureo de la vida».

La medianera entre la razón y la intuición mística se encuentra en la filosofía natural, tal y como la cultivaba Goethe, y a la que debemos, con el estudio del magnetismo universal y de los fenómenos de atracción, la que considero, aunque esto puede ser discutido, la mejor y más moderna de sus novelas, debido a ese juego de relación o afinidad (verwandtschaft), que se establece, no a tres, como en la novela convencional, y que tiene en el adulterio uno de sus temas menos circunstanciales, y que, como se revela en el interés que despierta la llegada de la pequeña Ottilie, es también el relato de unos esponsales de la amistad, la pasión y la ley con lo bello, porque «la belleza es siempre una invitada bien recibida (Schönheit ist überall ein gar willkommner Gast).»[5]GOETHE, J.W.: Las afinidades electivas. Bruguera, Barcelona, 1986, p. 53. Otro rasgo moderno de esta visión animada de la naturaleza y de los afectos es el de que, como menciona de modo sibilino Walter Benjamin, en Las afinidades electivas por último no hay ninguna historia de amor desdichada, ni siquiera la de Ottilie y Eduard, al menos si la consideramos desde una perspectiva demónica, y que «parecía complacerse únicamente en lo imposible, rechazando con desprecio a lo posible.»[6]BENJAMIN, Walter: Die Wahlverwandtschaften de Goethe, en Sobre el programa de la filosofía futura. Planeta-Agostini, Barcelona, 1986, p. 43. El capítulo XX de Poesía y verdad, que es el que toma como referencia Benjamin, explica del modo más expresivo qué suerte de potencia encierra lo demónico: «La manifestación más terrible de lo demónico es cuando predomina en alguna persona. A lo largo de mi vida he podido observar a varias de ellas, a veces de lejos y otras muy de cerca. No siempre son las personas más sobresalientes; no destacan por su espíritu ni por su talento, y raramente por su bondad. Sin embargo, su ser desprende una fuerza monstruosa y son capaces de ejercer un dominio increíble sobre todas las criaturas e incluso sobre los elementos.» (Poesía y Verdad, p. 812). Pierre Hadot ha estudiado con mucha atención la diferencia en Goethe entre el daimon individual, que se da en todos los hombres, y lo demónico que viene de fuera, que es externo y opera incluso sobre lo externo, dándose sólo en los hombres excepcionales.[7]HADOT, Pierre: No te olvides de vivir. Goethe y la tradición de los ejercicios espirituales. Siruela, Madrid, 2010, p. 105. No creo que la distinción sea tan precisa entre lo daimon y lo demónico, porque como en el caso del «alma bella» (Schöne Seele) no estamos ante un concepto o una categoría, sino que nos referimos a un tipo narrativo, por más que podamos rastrearlo desde la novela en la que tiene su origen hasta Hegel y Schiller, tal y como ha estudiado con esmero Salvador Mas.[8]MAS TORRES, Salvador: El mito de una subjetividad bella, en GOETHE, Johann W.: Confesiones de un alma bella. A. Machado Libros, Madrid, 2001, pp. 9-67.

Pero hay muchos demonios en Goethe, algunos son en realidad casi como el Imp, el diablillo de Poe, puede que hasta como el jorobadito (bucklicht Männlein) al que dirige sus oraciones el pequeño Walter Benjamin, signo de un tiempo hechizado por la magia de la ventura o la desventura, porque el tiempo, nos dice Heráclito, es un niño que juega y hace pillerías, por ejemplo devorar hombrecitos de mazapán, gelatina o chocolate. Y no es el menos importante uno que, cuando era niño, le proporcionaba una visión ecuánime desde lo alto. Me refiero al diablo cojuelo de Vélez de Guevara, que levanta los tejados de Madrid (Poesía y Verdad, p. 32). Enfila ya el regreso mi crucero sobre la memoria de una lectura y una travesía. Hemos abandonado tal vez el Golfo de Salerno y vamos a encontrar mar picada durante todo el regreso a Barcelona, sobre todo a la altura de Bonifacio, en Córcega, y me va pareciendo que como el jorobadito he ido trastabillando de un sitio para otro, sin acabar de decir lo que quería decir.

Cuando mi amiga me propuso, me invitó, a escribir sobre Poesía y Verdad, ya tenía una vaga idea, por una lectura anterior, de lo que me llamaba en estas memorias de alguien que sólo escribió, durante toda su vida, unas memorias, aunque a veces ellas alcanzasen un brillo fantástico inaccesible para el común de los mortales. Porque con ello iba unido el gusto de Goethe por el teatro, lo dramático y los disfraces. En varios episodios señala sus cambios de vestimenta, su asunción temporal, más o menos en tono de farsa, de un personaje o un carácter. De hecho, se permite una explicación más amplia de ese gusto por disfrazarse, en la que, como casi siempre, este hombre genial oscila entre la humildad y la petulancia: «Es una manía disculpable de las personas destacadas ocultar ocasionalmente su privilegios externos para dejar que su propia dimensión humana e interior actúe sobre los demás con pureza tanto mayor. Por eso el incógnito en los soberanos y las aventuras resultantes siempre tienen algo muy agradable, pues en él aparecen  como divinidades disfrazadas que de este modo pueden valorar doblemente todos los bienes que se prestan a su persona, al tiempo que están en situación de tomarse a la ligera o de rehuir toda actitud desagradable. (…) Sin embargo, que a un joven sin importancia ni fama se le ocurra obtener de su incógnito algún placer, le parecerá a más de uno una arrogancia imperdonable. Pero como aquí no se trata de lo elogiable o reprobable que pueda ser una actitud o una acción, sino de en qué circunstancias se puede manifestar y producir, por esta vez, por el bien de nuestro relato, perdonémosle al joven su pretensión. Tanto más cuanto que debo decir aquí que ya desde niño se había desarrollado en mí, fomentado incluso por mi severo padre, un gran placer por disfrazarme.» (Poesía y Verdad, p. 441).

Aquí parece que nos encontramos ante un oxímoron, por una lado el placer, el juego (Spiel), y por otro la severidad paterna. Por fortuna Goethe nos recompensa si tenemos la paciencia de volver hacia atrás en las páginas de este libro, tan ameno como colosal, y así menciona, como de pasada, un recuerdo infantil del todo significativo:  «Por aquel entonces se defendía la máxima pedagógica de extirpar prontamente en los niños todo temor a lo tenebroso e invisible y de acostumbrarlos a lo espantoso. Por eso los niños debíamos dormir solos y, si ello nos resultaba imposible y nos escabullíamos poco a poco de las camas para buscar la compañía de servidores y criadas, nuestro padre se interponía en nuestro camino, envuelto en su bata de noche -y por tanto, más que disfrazado para nosotros- y su lúgubre presencia nos hacía regresar aterrorizados a nuestros lugares de descanso.» (Poesía y Verdad, p. 26). También relata que su madre se inclina más por un refuerzo positivo que por el condicionamiento aversivo paterno, y que reparte jugosos melocotones entre los niños que no han abandonado su lecho durante la noche.

Así, entre frutas matutinas y nocturnos disfraces, se moldea la decisión del niño, que en ambos casos supone la renuncia al calor y a la placentera seguridad de las camas del personal de servicio. En cualquier caso, la oportunidad de disfrazarse es también la de emular ese temprano dominio paterno.

Sobre el teatro, Goethe nos ha dejado otra de sus inmortales obras principales, y a la que nos hemos referido al hablar de las confesiones de un alma bella, porque constituye un capítulo bastante autónomo de la misma. Hablo de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, que comienza de la manera más paradójica que podamos imaginar: «La representación tardaba en acabar» (Das Schauespiel dauerte sehr lange).[9]GOETHE, Johann Wolfgang: Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister. Cátedra, Madrid, 2000, p. 87. ¿Cuándo? ¿Seiscientas páginas más adelante en la edición que manejo? En ese caso, es que como si la novela se dilatase tanto como la dilación que anuncia, y por lo tanto, como si esto se hubiese escrito, como si se enunciase, cuando ya todo ha terminado, sin dilación posible. Así que esa afirmación está dentro y fuera del Wilhelm Meister, lo desvela como desde arriba, igual que el diablo cojuelo que sobrevuela los tejados de Madrid, y al mismo tiempo lo excluye y lo niega. Apenas mejora si entendemos esta novela como el relato de un progresivo abandono de lo teatral, de esos disfraces que han acompañado a Goethe desde una remota infancia. Tengo para mí que el Wilhelm Meister es un tratado de lo teatral mismo, así como una inexcusable lección en torno a Shakespeare  y su Hamlet, a su recepción y dificultades, pues, como escribe Harold Bloom, que algo sobre Shakespeare ya sabía: «El mayor enigma de Hamlet es el aura de trascendencia que de él emana, incluso en sus momentos más violentos, caprichosos o enloquecidos. Algunos críticos se han rebelado contra Hamlet, insistiendo en que él es, como mucho, un héroe villano, pero ellos soplan la arena contra el viento, y el viento la devuelve contra ellos. No puedes desmitificar a Hamlet; el sinuoso encantamiento ha ido demasiado lejos.»[10]BLOOM, Harold: Shakespeare. The Invention of the Human. Fourth Estate, London, 1999, p. 420. Y si algo fascina en la obra, nos asoma a lo infinito de los espejos, es el teatro dentro del teatro, por ejemplo ya hay algo de escenificación en leer Hamlet en una velada pública ante la amada. (Poesía y Verdad, p. 480). Sabemos que Shakespeare se vale de elementos diversos y de diversa calidad para abordar su trabajo teatral. También lo hará Goethe en su Fausto, que era una idea arrancada en origen al teatro de marionetas (Poesía y Verdad, p. 424). Hay otra representación (Darstellung) que hace honor a la re de lo que se representa. Sobre ella, sobre la inquietante repetición, y a propósito de Werther, ya escribí hace años, con las peores intenciones tal vez, y que pueden ser las únicas posibles a propósito de alguien que admiramos y detestamos a partes iguales.[11]GARCÍA CAPARRÓS, Julio: El malestar de Werther, Laberintos nº1, Zaragoza, 2000, pp. 13-15. Pero, como él mismo señala en este libro (p.134), las representaciones ganan y aumentan su valor con el paso del tiempo, dejan de ser un pobre sucedáneo de la experiencia. A fuerza de disfrazarse, de travestirse, carnavalesco y gracioso, Goethe acabó disfrazándose de sí mismo, todo él convertido en la máscara hierática de una grandeza sobre la que no tuvo jamás duda alguna.

Título: Poesía y Verdad
  • Autor/es: Johann Wolfgang von Goethe
  • Editorial: Alba
  • Nº de páginas: 840
  • Encuadernación: Rústica

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Referencias   [ + ]

1. GOETHE, Johann W.: Poesía y Verdad. Alba, Barcelona, 2017, p. 23
2. GOETHE, J.W.: Memorias de la Universidad. Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1951, p. 178.
3. BERLIN, Isaiah: El Mago del Norte. J.G. Hamann y el origen del irracionalismo moderno. Tecnos, Madrid, 1997
4. GOETHE, Johann W.: Fausto. Planeta, Barcelona, 1980, pp. 54-58.
5. GOETHE, J.W.: Las afinidades electivas. Bruguera, Barcelona, 1986, p. 53.
6. BENJAMIN, Walter: Die Wahlverwandtschaften de Goethe, en Sobre el programa de la filosofía futura. Planeta-Agostini, Barcelona, 1986, p. 43.
7. HADOT, Pierre: No te olvides de vivir. Goethe y la tradición de los ejercicios espirituales. Siruela, Madrid, 2010, p. 105.
8. MAS TORRES, Salvador: El mito de una subjetividad bella, en GOETHE, Johann W.: Confesiones de un alma bella. A. Machado Libros, Madrid, 2001, pp. 9-67.
9. GOETHE, Johann Wolfgang: Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister. Cátedra, Madrid, 2000, p. 87.
10. BLOOM, Harold: Shakespeare. The Invention of the Human. Fourth Estate, London, 1999, p. 420.
11. GARCÍA CAPARRÓS, Julio: El malestar de Werther, Laberintos nº1, Zaragoza, 2000, pp. 13-15.
Julio García Caparrós

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