Gastroscopia en la biblioteca y vosotras

Josefa García. Huelma 1960.

El verano fue calor, libros y omeoprazol. A mi escasa salud estomacal se le une mis ganas de empeorarla con vino de otras regiones y frías cervezas que caen sobre las tripas en ayunas como bombas de racimo. Luego ¡bum! hasta sujetarme el libro en la panza era como clavarme un puñal. Podría ser mi tuberculosis de este siglo, una autora que no escribe y que quiere su enfermedad demacrante para darse un poco de pisto. Así que leí mucho, leí autoras, porque tengo que oír todas esas voces que durante tanto tiempo he ignorado a sabiendas. No sé si se me habrá pegado algo, pero he de seguir intentándolo. Ya lo decía Carmen Martín Gaite: “Reconozco que es una arrogancia y una tozudez, pero el vicio de  escribir siempre se alimenta, en última instancia, de esos dos defectos”.

En julio Amor y yo vamos a Madrid a un curso de escritura. Hemos pasado el año corrigiendo redacciones de chavales y nuestro cerebro se debate entre la esperanza por la humanidad y las ganas de apretar el botón rojo y saltarlo todo por los aires. Me gusta Amor: sabe de todo, desde las obras escondidas del Siglo de Oro a dónde ponen las mejores sardinas de La Latina. La clase la imparte Cristina Morales y el grupo intenta contener el entusiasmo fan que ha despertado la autora granadina este año. Morales llega corriendo y con media teta fuera, los papeles algo desordenados y nos mantiene tres días al borde del colapso mental: leemos, nos escuchamos y hacemos haikus donde sale mucho coño, mucho facha y mucho sudor. Morales no se acuerda de una obra, esa en la que él se ve muerto, la de la mujer esqueleto, “El Estudiante de Salamanca” dice Amor, y ella sí sí, y yo me lleno de orgullo y satisfacción y casi estoy a punto a levantar la mano para que Amor me la choque en plan “¡Equipo Murciaaaa!” porque siempre he sido muy repipi en clase pero me aguanto las ganas para mí y al salir nos tomamos un copazo en el Jose Alfredo con el resto de tías del grupo, a cual más maravillosa y jodidamente inteligente.

Casi hago perder el tren a Amor porque me quedo viendo fanzines roídos en Molar y cuando por fin nos sentamos en el vagón me habla del libro que ha recomendado a las del Club, “La Plaza del Diamante” de Mercè Rodoreda. La leeré a finales de agosto en apenas tres sentadas: la historia de la Colometa y sus desdichas en las posguerra, con esa especie de stream of consciousness enloquecido y patrio me vuelca la barriga, esta vez sin ser culpa del alcohol. Traducida a más de 40 idiomas y siendo una de las obras cumbre de la literatura catalana, no entiendo cómo no tenía ni idea de esta pequeña joya, cómo no hay atisbos de ella en los libros de texto, cómo tiene una serie ochentera en TVE y si me atreveré a ver a Silvia Munt al borde del abismo frente al palomar.

Marta dice que el libro de Siri Hustvedt es pasión pasión pasión. Para Marta muchas cosas son pasión pero entiendo sus fiestas hacia Siri Hustvedt. Siri Hustvedt sabe muchas cosas, igual demasiadas y cuando se acuesta se le atolondran en la cabeza y le cuesta dormirse, pero no creo porque Siri es sobrehumana. Escribe ensayo y prosa y poesía y habla de filosofía y neurociencia y arte y psicología y feminismo. Me imagino a Paul Auster dándole esquinazo por su casa con un síndrome del impostor más grande que su tele de plasma. Leo su “Todo cuanto amé” y no me llega al tuétano. Sus personajes, unos intelectuales artistas que viven en lofts y sufren pérdidas emocionales no enganchan con mi estado de ánimo. Duermo en casa con toda la familia, compartimos un baño y mis sobrinos corren desatados con mi agotada hermana conteniendo una explosión nuclear. Yo llevo la misma camiseta que huele a humedad desde el 97, y se nos pega el flequillo del salitre. No nos dejarían entrar en un loft así. Madurando su lectura semanas después encuentro la clave del desencanto inicial y le doy una oportunidad: también es la vida.

Inma me corta el pelo antes de irme de viaje pero le digo que me da vergüenza que suba una foto del resultado, así que ella me dice que vale y ya está. Con Inma es sencillo y me dice que con razón me quedo afónica si no he parado de hablar en todo el rato. Me regala unos poemas de Gata Cattana, “La escala de Mohs”, una bonita edición con algunas de las piezas de esta artista que ha conseguido su sitio cuando ya no está. Inma sí es punk, yo no soy punk. Yo quiero ser punk pero me sale regu, pero Inma y Vane y Tere sí son punk. Tienen jodidos valores morales y a veces leen poemas propios en las reuniones del Club y ya son dos de las cosas más valientes que se pueden hacer.

Sole dice que sabía que me iba a gustar el regalo porque ayer colgué un stories de Mary Beard y la edición en inglés mola mucho. También llegan con un montón de cerveza y que también sabe que me va gustar mucho. Libros y cerveza, no hemos tenido tiempo de más, y sujeta a la pequeña Manuela del brazo que se revuelve como una serpiente porque la están enseñando a ser libre, que eso también se enseña. Sole trabaja en un barco y hace tiempo que no aguanta mierdas de sus compañeros. Ha sido la única chica durante mucho tiempo a bordo y es fuerte y frágil y tías como ella deberían aparecer en tu próximo “Women and Power, vol. 2”, Mary Beard.

Maria tenía razón y su candidata a lectura 2020, “Personajes Secundarios” de Joyce Johnson me ha roto el corazón para bien. Johnson muestra sin tapujos cómo fue a veces felpudo de la generación beat  y a veces cómo el cipotudo de Kerouac necesitaba meterse debajo de la mantita y el whisky para ser el autor que todos querían que fuera. María suele tener razón en muchas cosas y es más lista que el hambre, y también bebe como un vaquero y tiene mi respeto por esas cosas y muchas más.

Tengo muchos libros pendientes, y más allá de las portadas, tengo a muchas mujeres detrás. Escribe Edna O’Brien, la última autora que leo haciendo la maleta: “Cuando tu madre acababa sus tareas cotidianas te sentabas en su regazo. Pegabas la oreja a su barriga y oías el gorgoteo de las tripas, lo que captabas por un oído se transmitía al otro: el latir del corazón.” Espero seguir teniendo tripas para estarles a la altura.

#mustread

  • Carmen Martín Gaite: “Usos amorosos de la posguerra española”
  • Edna O’Brien: “Country Girls Trilogy”.
  • Mary Beard: “Mujeres y Poder”.
  • Mercè Rodoreda: “La plaza del diamante”.
  • Siri Husvedt: “Todo cuanto amé”.
  • Gata Cattana: “La escala de Mohs”
  • Joyce Johnson: “Personajes Secundarios”.
Ana Andújar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *