Futuralgia

Recientemente Sepp Gumbrecht (Würzburg, 1948) en Lento Presente, su diagnóstico sobre los síntomas de nuestro tiempo histórico, nos ha hablado del presente extendido en que se ha convertido nuestra época, que ya no sabe imaginar un futuro diferente. A su modo de ver, la época de la aceleración moderna ha quedado atrás. Si la construcción temporal de la modernidad estuvo profundamente marcada por una asimetría entre lo que lo que el gran historiador alemán Reinhart Koselleck denominó como “espacio de experiencia” y “horizonte de expectativas”, desde finales del siglo XX hemos dejado de tener la sensación de que el futuro está abierto. Más bien todo lo contrario. A pesar de que se ha disipado el miedo a una guerra nuclear, el escenario de apocalipsis, de extinción o de un futuro trágico para la humanidad está más presente que nunca en el imaginario colectivo.
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De hecho, el que fuera presidente del Gobierno de España, Felipe González, recientemente subrayó sobre la base del informe del Grupo de Reflexión sobre el futuro de la Unión Europea, que él coordinaba, que ya podíamos aseverar algo que se venía diciendo en Estados Unidos desde 1990: “Por primera vez en la reciente historia de Europa existe el temor generalizado de que los niños de hoy tendrán una situación menos acomodada que la generación de sus padres”. Frente a este porvenir atroz, en lugar de dejar atrás el presente, se procura mantenerlo y empujarlo cada vez más hacia el futuro. El tiempo parece moverse despacio, pero como escribe proféticamente Gumbrecht, “esta impresión no trae consigo la sensación de que disponemos de más tiempo”. Así, alargamos nuestro presente, lo recorremos lo más lentamente posible dilatándolo todo lo posible para que el impasible futuro llegué. La sensación que se impone es que los elementos y estructuras de nuestro mundo, pese a la velocidad tecnológica, se transforman ahora más lentamente que hasta hace poco tiempo. Nos invade un sentimiento de fracaso, incluso de derrota, por esa impresión de que se ha producido una desaceleración. Nuestra percepción del tiempo es totalmente diferente a la de la generación de los jóvenes de las tres primeras décadas del siglo XX, como se revela en el también ensayo de Gumbrecht, 1926, Vivir en el abismo del tiempo. Entonces se podía implementar un infinito número de posibles historias acerca del futuro. Sin embargo, ahora, a mi generación, la de los que habitamos este nuevo “cronotopo” postmoderno, el horizonte sólo muestra los cadáveres de “futuros arrumbados”, cuya contemplación produce la sensación de que ya no sabemos hacia dónde deberíamos seguir avanzado, porque el horizonte de expectativas se revela cerrado.
En un sentido no muy distinto se ha manifestado Jorge Riechmann, (Madrid, 1962), poeta y profesor de Filosofía Política en la Universidad Autónoma de Madrid en Futuralgia (Calambur, 2011), un volumen de 700 páginas que reúne los poemarios escritos por Riechmann entre los años 1979 y 2000. Futuralgia tal y como declara su propio autor en la cubierta de la antología es: “dolor por la vida que podría ser, por la plenitud que cabría alcanzar. Rabia contra quienes nos amputan nuestras posibilidades mejores, en un época tenebrosa -la nuestra- donde el porvenir se halla trágicamente amenazado. Ardiente desconsuelo sin resquicio por donde pudiera colar la indecente denigración de lo humano. Ferocidad ninguna. Pero sí rabia: la rabia de una futuralgia que me abrasa”. Sin embargo, y Riechmann lo sabe, siempre hay posibilidad para que nuevas gramáticas abran la puerta a un nuevo y esperanzador futuro…


Unos pocos hacen historia:
los más la sufren.

De tanto en tanto, quienes sufren la historia
tras sufrir demasiado
se exasperan, y eruptivamente
se echan a la calle a hacer historia:
son días de grandes borracheras
grandes carnicerías
grandes revoluciones.
Días que son horas y luego son minutos.

Después, quienes hacen historia
recuperan las posiciones
desde las que pueden hacer historia.
¿A ti qué te parece:
podemos desuncirnos de esta noria?

David Soto

2 comentarios

  1. ¡Futuralgia! Un título muy médico. Me gusta la entrada, expresa bien la tónica generalizada de desesperanza, pero habrá que quedarse con el final del artículo : “Sin embargo, y Riechmann lo sabe, siempre hay posibilidad para que nuevas gramáticas abran la puerta a un nuevo y esperanzador futuro…”

    Saludos Blogueros Sr. Freder ^_^

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