Frutos de lo baldío: acerca de un libro de Mario Luzi

Daniel Arana
Mario Luzi | Vía: Archivo Arana
Mario Luzi | Vía: Archivo Arana

El descanso, después del trabajo.
El puerto, después de la tormenta.
La paz, después de la guerra.
La muerte, después de la vida,
porque tanto nos complacen. 
 
EDMUND SPENSER
The Faerie Queene

 
 
Todavía era joven Mario Luzi (1914-2005) cuando compila una serie de poemas escritos desde 1947 en un libro titulado Primizie del Deserto (Primicias del Desierto, 1952). Sin embargo, quien conoce la obra de Luzi notará una diferencia expresa entre los libros anteriores y éste. Se trata, por tanto, de un libro distinto. Es cierto que, con todos sus poemas en conjunto, podemos seguir el itinerario de este poeta nacido en un medio rural todavía tradicional, en la Toscana. En esa zona campestre, inmutable durante siglos y bajo la influencia de una fe religiosa representada por la figura familiar y benévola de la madre.

Después de sus idílicos y prometedores poemas iniciales, Luzi continúa con un estilo mucho más agrio y sombrío en el que se leen los años de Mussolini, la guerra y una evidente crisis existencial. Pero será después, con la esperanza de restaurar sin ingenuidad una forma de armonía con el mundo, cuando Luzi regrese a un camino que le aleja de la oscuridad relativa de algunos de sus textos anteriores para devolverlo a una poesía más simple (en forma, nunca en contenido), de manera más abierta. Con cuidado, ante todo, de encontrar el tono justo para decir la nobleza de lo humilde, la belleza de los gestos diarios y, como diría el mismo Rilke, para «aprender a ver».

Por eso, aunque Primicias del Desierto (1952)[1]LUZI, Mario. 2006. Primicias del Desierto. Madrid: Hiperión, pp. 114 (aunque se trata de una edición bilingüe, la traducción al castellano aportada es nuestra) representa todavía el momento en que las heridas de la historia y de la crisis son dolorosas -y se lamente por ello, en ocasiones- no es menos cierto que el mundo de las villas y los pueblos tal como es evocado aquí, sólo parece un mundo indeciso, a la espera.

Todas las cosas parecen aguardar algo, y simplemente están tomándose su tiempo. Por eso, esta es una poética del instante: «El resto que ha de ser todavía es: / el río fluye, el campo varía, / graniza, escampa, ladra algún perro, / sale la luna, nada se despierta, / nada del largo sueño aventurado».[2]Ibíd., p. 74

Ese lungo sonno avventuroso del poema, tanto como tutto l’altro che deve essere tiene su base, su epicentro, en ese silencio detenido de un paisaje que se diría preindustrial. Luzi parece consciente de que corresponde al científico, en todo caso, la condición de la máquina. De que es el poeta el que tiene que estar más próximo a los elementos naturales que a las máquinas, e ir instintivamente en busca de arquetipos más humanos.

Por eso la tierra. Por eso lo cotidiano, el humano sobre el campo y la vida, frente al destino y al misterio. Todo aquello era algo que hasta entonces y, a causa de su abstracción de posguerra, Luzi había dejado atrás: «Desde el risco gris del sendero curvado / desea la pastorcilla buen camino […] El primer viento siega en el bosque».[3]Ibíd., p. 92

Este quizás sea el paisaje más íntimo del poeta: sin elegías para la memoria, deviene conquistador de lo que siempre es precario en la incertidumbre existencial. También el amor, pues aquella mujer -quizás amada otrora- vuelve entre sus pensamientos, aunque innegablemente fantasmática. La vida que se fue. Lo apagado, lo perdido: «Es una figura vaga, sin quietud… / es nuestra, la creía una quimera».[4]Ibíd., p. 46

Ese desierto, que tiene tanto de Eliot como del mismísimo Dante –otro ilustre florentino- lleno de apariciones que sorprenden al poeta y que se repiten, imbuidas a veces de un aura ilusoria. Lo que puntea al desierto son palabras que contienen un nexo oculto, casi monstruoso: el diálogo que sobrevuela pasado y presente y cuya vicisitud suspendida es primero instante y pronto ceniza y difunto recuerdo.

Lo que acaece y lo que es, es en un espacio y tiempo reales. Un conjunto metafísico, articulado en ese desierto lugar, entre el sol y la borrasca, entre perfume de flores y «las obras frías del desapego».[5]Ibíd., p. 48 Luzi se debate entre la juventud y la vejez, entre un paso hacia delante que se apaga y una resignada sabiduría que todavía no llega. Misterio de la muerte y misterio de la vida, donde el poeta parece obligado a redefinir su propia identidad y a revelar -más allá de ese negro luctuoso y de lo efímero que parece ceñirse sobre él- deslumbrantes juicios de verdad: «hiérete, sangra también tú, / sufre con nosotros, humíllate en un tronco».[6]Ibíd., p. 56

La voz de Primicias del Desierto nos dice de ese vivir en un estado de eterna gracia, estado en el que el poeta se encuentra para contemplar la creación, besar la tierra (a la manera de Aliosha Karamazov) en contacto con los innumerables mundos, mientras escribe dolorosamente. ¿Mas qué dolor? Perdurar más allá de aquel instante, superar el campo del resplandor para que se haga sitio lo ordinario. Es volver al infierno después del Paraíso, un viaje dantesco en el que recoger esas primicias, esos primeros frutos.

La atormentada vista de las cosas se recoge en una trama de momentos, quizás imperceptibles, en calibrado cálculo y de todo punto siempre irreconciliables. Justo cuando las incongruencias de la existencia emergen, las disonancias de vivir y las ligaduras peligrosas, elementos de un mundo desconocido que se nos escapa –emocional y racional- cuando los estratos de la experiencia parecen no haber tenido lugar: «Qué memorias, qué imágenes hemos heredado / qué edades jamás vividas».[7]Ibíd., p. 72

Es entre el pasado que huye y un futuro que todavía padece signo de muerte cuando el hombre se advierte precario, cuando escucha lo ajeno de las cosas y la naturaleza continúa impasible su hermético trazado: «Alrededor / dan los árboles asiduos flores extrañas».[8]Ibíd., p. 96 Pero también cuando escucha lo ajeno de sus sentimientos, el pasado ya no ilumina y las razones del corazón se han vuelto inexplicables. Entonces nacerá, de esta conciencia de la muerte, una ansiedad religiosa de justificación. Por eso, porque lo sagrado se expresa a través de lo sutil[9]OTÓN CATALÁN, Josep. 2017. Misterio y Transparencia. Barcelona: Herder, p. 158, la magia de Luzi es la sutileza.

Se nos invita a participar del mundo, abierto en pequeñas ventanas de pensamiento. Permanecemos atentos al mundo según el fondo mismo de las cosas.

Lo que ha de ser, todavía es.

Título: Primicias del desierto
  • Autor/es: Mario Luzi
  • Editorial: Hiperión
  • Nº de páginas: 114
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. LUZI, Mario. 2006. Primicias del Desierto. Madrid: Hiperión, pp. 114 (aunque se trata de una edición bilingüe, la traducción al castellano aportada es nuestra)
2. Ibíd., p. 74
3. Ibíd., p. 92
4. Ibíd., p. 46
5. Ibíd., p. 48
6. Ibíd., p. 56
7. Ibíd., p. 72
8. Ibíd., p. 96
9. OTÓN CATALÁN, Josep. 2017. Misterio y Transparencia. Barcelona: Herder, p. 158
Daniel Arana

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