Españología goyesca

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No hay nada más español que un español que reniega de ser español.  Ni producto más patrio que el tontorrón que sólo saca la bandera (la del toro huevilargo, no la de verdad, claro) cuando un millonario le mete un gol a otro rico en uno de esos encuentros de divinas pílfides que juegan a la pelota. O los primates que entran en neurosis cada vez que oyen la Marcha Granadera, porque prefieren el himno de Riego, aunque no sepan quién era Riego ni por qué le hicieron un himno; esos también son más españoles que yo. De la monarquía mejor no hablemos: criticarla es lo más cool en la tribu fashion.  Al margen queda el hecho de que el 90% de las democracias más asentadas y antiguas de todo el planeta sean monarquías parlamentarias y que el 95% de todas las dictaduras se definan como repúblicas; al margen queda también la onerosa tendencia de muchos presidentes de repúblicas democráticas a comportarse como faraones (Mitterrand, Sarkozy, Berlusconi, Merkel…).

Se ha asumido como si fuera lo más natural del mundo que España, al menos en una de sus mitades, la prescindible para tantos, es anacrónica y tenebrosa.  La mirada que se dirige a sí misma la sociedad está cargada de menosprecio, asco y rechazo. Contemplamos nuestra historia, reciente o pasada, desde la fealdad más repulsiva, como si se tratase de una medusa mediterránea, un multimillonario italiano o el gañán ese que se postula a heredarle el cargo a Obama y que parece un neanderthal recién salido (sin duchar) de la espelunca de la mansión Playboy. La mirada que nos dirigimos al espejo de la Historia está cargada de menosprecio e insultos. Nos odiamos patafísicamente. El cliché de la España gris y paleta puede encontrarse prácticamente cualquier día en cualquier medio de comunicación, en las redes sociales e incluso por la calle, pero sobre todo en las redes, que en la calle casi ya no queda gente, que están todos tuiteando o feisbuqueando y andan bizcos sus avatares por el Mercadona buscando el permanganato.

Es el genoma stulto que nos predispone a admitir con la misma naturalidad que una panda de cabestros maleducados escupan, piten o insulten a nuestros símbolos nacionales mientras nosotros nos pitamos, insultamos y escupimos a nosotros mismos por ver quién respeta más y mejor su derecho (el de los primates) a chotearse de nuestro acomplejamiento y ciscarse públicamente en todos nosotros mientras les aplaudimos y nos disculpamos por existir, que si esto fuese Springfield, todos seríamos Flanders. Yo lo llamo Síndrome de Estocolmo-Münchhausen y ahí lo dejo. Lo gracioso es que sin los unos y los otros España no se entiende, no se explica desde hace largo, concretamente desde las guerras carlistas. Por eso, digo, uno llega a la conclusión de que no hay nada más español que un catalanista centrífugo, un euskaldún centrípeto y un godo acomplejado, los tres en la misma cueva, juntos pero no revueltos (y quien dice cueva, dice red social, que el orden de los laboratorios no altera la fórmula magistral). Las fantasías oníricas, en fin, nos sobrevuelan en formato de pesadilla febril.

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Y Goya era del bando godo (en su época los otros dos no existían aún, no se habían inventado). Un godo contradictorio y genial que había hecho carrera retratando al Primer y Segundo Estados para, a la vejez viruelas, retratar también, pero inmisericordemente al Tercero como denuncia de los dos anteriores. Y es que, por encima de todo, Goya era el García-Alix de su época. Y, como buen español, también nuestro maño más universal estaba persuadido de que España era una nación vergonzosa, vergonzante y avergonzada que no estaba a la altura de países tan modernos y cultivados como Inglaterra o Francia. Y que ya iba siendo hora de ir entrando en el siglo XIX por la puerta de las Luces, caramba.  Y es que la propaganda de aquellas potencias que desde el siglo XVI nos venían disputando el dominio del mundo había creado una leyenda negra que los afrancesados pondrían después bajo una lente de aumento para acomplejarnos durante generaciones y hasta hoy. Fue la táctica de unos imperios que no lo fueron por mérito propio sino merced a la rapiña, el hurto, la piratería y el continuo sabotaje de lo ajeno, es decir, de lo nuestro. Ingleses y franceses fueron, necesario es decirlo, garrapatas seculares en la historia de España y del mundo; y no es menos relevante afirmar que aun así les costó tres siglos consumar nuestra decadencia y darnos la puntilla con la ayuda de los Estados Unidos, cuando estos eran todavía la excrecencia de poblaciones huidas de esas mismas naciones (los ingleses evacuaban presidiarios hacia Australia y exportaban puritanos a Virginia). La puntilla fue la Ilustración, digo, que llegó para decirnos que olíamos mucho a miseria intelectual y de la otra. Las Luces tuvieron, sí, sus sombras, del mismo modo que los palacios tienen sus escombros; por ejemplo pasar por alto la aportación artística e intelectual del Siglo de Oro, el mecenazgo de los Austrias a las Artes, sólo comparable con el de las repúblicas italianas, o las aportaciones al sentido común es un claro ejemplo de hasta qué punto el reduccionismo secular nos lleva a pensar, por ejemplo, que Quevedo sólo era un tío ingenioso y contrahecho, una especie de Gran Wyoming del siglo XVII, pero sin dislalia.  Y el ejemplo de esto último lo tenemos, oh dioses, en el Tribunal de la Santa Inquisición, que el maestro de Fuendetodos convierte en uno de sus temas centrales junto con la brujería y la demonolatría.

La mayoría de la gente, por no decir la totalidad, está absolutamente persuadida incluso hoy de que en las Españas nos pasamos tres siglos soquerrimando (permítaseme el catalanismo, que viene muy al caso) señoras en la plaza de Villa Abajo, frente al campanario (¿ven cómo venía al caso?), todos los sábados antes del vermú. Prevalece esta idea en el imaginario patrio, igual que la certeza de que fuimos una pandilla de matones que atravesaron el Atlántico para violar, mutilar y aniquilar a unos indios que vivían extraordinariamente felices en su paraíso, casi tanto como los catalanes cuando Barcelona tenía su concapitalidad en Damasco (cosa que en Siria nunca supieron, pero con que le conste a Oriol Junqueras, ora pro nobis, y resto de la cofradía de Ungidos, ya es verbum Dei-Tardá; démosle pues con entusiasmo al Sursum corda, hermano Rufián, amén). Y de este modo hemos aceptado que aquí semanalmente había un auto de fe que acababa como las Fallas pero con olor a mercadillo medieval, ánimo de rosario de la aurora y, a maldecir de algunos, incluso con risas entre las filas no seglares. Vamos, que dicen que se adoraba mucho al cabrón en la España carpetovetónica. Mentira: es ahora cuando se le adora; y a más de uno. Antes, en todo caso, los cabrones nos adoraban a nosotros.

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Para lo que sirvió esta leyenda negra fue para que las otras potencias pasasen bastante desapercibidas o, por lo menos, con el intestino de la conciencia aliviado en el retrete de nuestra idiosincrasia. Por ejemplo, nadie habla de que España fue la única nación que no practicaba el esclavismo comercial. Ni de que allá donde íbamos fundábamos universidades y otorgábamos la vergonzosa ciudadanía a los nativos para equipararlos en derechos sin arrinconarlos en reservas o exterminarlos (no, no los exterminábamos, lo siento: el sarampión no lo inventamos nosotros del mismo modo que los mayas tampoco diseñaron la sífilis en un laboratorio de Teotihuacán). Desde luego, con todos nuestros peros y defectos, jamás fuimos como los Belgas, esos protonazis decimonónicos que hicieron la escabechina del Congo Inmenso y nadie se lo ha reprochado todavía.  Si estudiásemos de verdad y no por rumores, elaborando juicios y no prejuicios, los procesos inquisitoriales se nos presentarían diáfanos y veríamos que ya desde el siglo XV nuestros teólogos se mostraban contrarios a la realidad de los actos brujeriles que, fuera de nuestras fronteras, por ejemplo en Francia, se daban como reales (el mito del vuelo en escoba procede de Normandía). Fue en España donde, antes que en ningún otro lugar, la caza de brujas fue señalada como un evidente y clamoroso error jurídico. De hecho, nuestra Inquisición se mostró siempre cauta y moderada ante un fenómeno que no aceptaba como real. En cambio, como Lutero creía ciegamente en la existencia de brujas, las verdaderas persecuciones, torturas y exterminios tuvieron lugar en países protestantes al tiempo que en España la Iglesia sobreseía las denuncias por falta de pruebas y verosimilitud, así como por contradicciones, de modo que, al quedar los informes tan archivados, la auténtica verdad ha quedado escondida hasta hace muy poco.  Agradezcámosles sin embargo a los luteranos su firme creencia en que las mujeres adoradoras del diablo eran capaces de transformarse en gatos: el sistemático exterminio de felinos trajo bondades como la llegada de las ratas pestíferas en turoperador y la consabida propagación de la Peste Negra (ochenta millones de muertos). Nuestro arquetipo o paradigma de bruja, queridos amigos, era de otro tipo y muy bien descrito por Fernando de Rojas en La Celestina. Las de Zugarramurdi, adoradoras del cabrón, fueron caso excepcional, de ahí su singularidad: en realidad conformaban una secta vinculada al desparrame sensual y a cultos ancestrales pero nada peligrosos excepto, seguramente, por las enfermedades venéreas y quizás la peligrosa tendencia a tener los hijos en grupo y que luego los educase la tribu, como si fuesen jíbaros annagabrielitas. Y es que, a pesar de la Leyenda Negra, la represión en España sobre determinadas personas era una iniciativa del brazo secular en el que la Iglesia se veía implicada, más como freno que como acicate.  Un ejemplo: Teresa Viejo, en el Gijón de 1480, fue acusada ante el Santo Oficio por usar sangre de niños para la elaboración de untos. Tras ser interrogada y torturada (los juzgados de instrucción ya funcionaban entonces como ahora) logró escapar y luego reapareció y se entregó para defenderse de las acusaciones. Fue absuelta el 21 de noviembre de 1500 bajo sentencia rubricada en Valladolid, siéndole devueltos sus bienes y hacienda.

Hecha la objeción al maestro Goya, extensa pero necesaria,  justo es reconocerle no obstante como el antecesor genial del intelectual moderno. Goya fue antropólogo, psiquiatra, psicólogo y sociólogo a la vez. Y un humorista terrible. Goya era un genio desenfrenado que nos dejó unas imágenes de tal fuerza que ya han quedado en el imaginario colectivo incluso más allá de nuestras fronteras. Y resultó pedagogo: nos enseñó con sus aguafuertes que la vida humana se compone de caprichos, desastres y disparates (y, en un radio más corto, casi siempre con dos españoles de por medio andando a garrotazos).

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Y, a pesar de la denuncia al oscurantismo patrio, nos explicó clarísimamente la problemática de la caza de brujas. De hecho, hasta Arthur Miller nadie la explicó mejor. Miller, a través de su drama que toma como base el proceso de las brujas de Salem, hace una alusión directa a ciertas actuaciones de los tribunales políticos de su país. Nos demuestra que la Brujería no fue otra cosa que un inmenso error judicial causado por los abusos de poder de unos personajes altamente siniestros e ignorantes que habían perpetrado un complejísimo andamiaje jurídico que aprovecharon los protestantes para crear una figura delictiva inexistente y perseguirla con carácter retroactivo, no basándose en hechos reales sino imaginarios. Algo así como cuando en España desarticulamos peligrosísimas bandas de titiriteros o como cuando nos ponemos transversales con los terroristas y cartesianos con los que enseñan una historia inventada bajo subvención de estrepitosas lumbreras de lo onírico.

Francisco de Goya, como Miller mucho después, ya censuraba y se burlaba, a través del análisis racionalista, de aquellos letrados que habían creado códigos represivos para justificarse a sí mismos. Y reivindicó en sus cuadros, especialmente en las pinturas negras de la Quinta del Sordo, que acaso hay que analizar seriamente los oscuros estados de consciencia de las brujas y embrujados para llegar a la raíz del asunto. En sus obras no faltan alusiones a leguleyos, escritores y autoridades fanáticas que tienen interés en matar la verdad. Pero junto a las angustias que produce una justicia mal administrada, junto a las maldades de la guerra y los sufrimientos materiales, hay otros padecimientos de orden psíquico que aparecen en todas las pinturas negras conmoviendo al espectador hacia la desazón.

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El Goya de la tercera edad, alejado ya de la Corte casi tanto como del sonido, es un pirómano del establishment político y judicialGoya se burla y se lamenta de todo a la vez. Y de este lamento arranca la consideración de las debilidades y achaques de un país, ahora sí, que entra en el siglo XIX decadente y en caída libre.

Hay grandes semejanzas entre el arquetipo de la bruja antigua y el político moderno. A ambos se les atribuyen facultades muy superiores a las que tienen, son buscados en momentos de ilusión o de extrema necesidad, defraudan de modo paralelo y, en última instancia, los males de la sociedad se les atribuyen en bloque. También de los políticos y altos magistrados se dice que forman sectas con consignas secretas e infames, con sus juntas misteriosas y sus cenáculos (si lo sabré yo, que llevo casi una década acumulando anécdotas constatativas de unos y otros). Y, si son derrotados (los políticos, los jueces no), sufren procesos sensacionales en los que magistrados parciales y testigos interesados ponen de manifiesto todas sus culpas. Y cuando se les condena, se les condena como la Inquisición condenaba a las brujas: por embaucadoras y embusteras. Acaso porque suelen ser personas frustradas, desencantadas, pervertidas, sujetas a una vida emocional anómala y con una mitomanía patológica. No me refiero a las brujas, sino a los políticos y a muchos jueces; por eso, a pesar de la «presunta» separación de poderes (¡tururú de las Chimbabas!) a los segundos ni siquiera se les puede votar en las urnas, quedando el Joder Pudicial  como una metástasis del otro Joder, el Ejecutivo).

Acaso ahí esté el quid de la cuestión de la españología goyesca y seamos todos, en el fondo, como el perro que se hunde sin saber muy bien en qué ni por qué. El galgo corredor del Quijote, el perrucio que no salía en el Guernica, el perrángano pulgoso y bonachón que, al sol en invierno y a la sombra en verano, languidece esperando una caricia, un reconocimiento, una palabra amable, tratando de no molestar y sin saber nunca que en realidad no molestaba en absoluto.

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Así pues tenemos que Goya en los tiempos actuales gozaría pintándonos a todos y perpetrando composiciones demoledoras sobre nuestra realidad actualísima. Por otra parte, no deja de ser una lástima que él ya sea notario y testigo del nulo respeto que nos tenemos a nosotros mismos. Es éste un síntoma que forma parte de un cuadro clínico españológico: la autonegación o autoodio, que se proyecta en forma de desprecio y rechazo sobre el pasado y que ha aparecido en casi todas las épocas de la historia española desde el siglo XVIII.  Lo que deberíamos preguntarnos es: tan baja autoestima, ¿a quién beneficia? ¿A quién beneficia que, de tanto contemplarnos como unos muertos de hambre, acabemos viéndonos como ese par de viejas desdentadas que comían sopa boba?

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Y puede que el propio maestro nos haya dado la clave de su reflexión, él que reivindica las Luces frente al oscurantismo absolutista. Porque una necesaria regeneración debe estar basada en ideales nobles y generosos, nada egoístas ni mucho menos dogmáticos. Y siempre  con los pies en la tierra. La Razón no debe ir más allá de lo Real, que luego ya sabemos lo que pasa cuando la Razón sueña…

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Francisco Gijón

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