Espacios Cerrados I: Malpertuis

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“La primera cosa a plantear sobre la estructura de la angustia es que la angustia está enmarcada”. Ése es Lacan en su Seminario (vid. Lacan, 2004. Le Séminaire Livre X, L’Angoisse (1962-1963). Paris: Seuil, p. 89). Así se puede comenzar a hablar de la novela de Jean Ray. Parece evidente, a estas alturas, que la literatura de horror metafísico está enmarcada en lo extraño angustioso, o, en terminología freudiana, “das umheimlich”.

Según Freud, el sentimiento de lo extraño se relacionaría con la aparición de una imagen originada en la infancia del individuo o de la raza. Por tanto, aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo antiguo, a lo que es familiar. Surge así la pregunta punto de partida del que arranca el texto: ¿Cómo lo familiar deviene extraño, siniestro? Si “unheimlich” es lo opuesto a “heimlich” (íntimo), a “heimisch” (doméstico) y también, claro está, a “vertraut” (familiar), lo “unheimlich” no es, por ende, ni consabido ni familiar.

Ahora bien, lo novedoso y lo no familiar, no siempre es terrorífico. Sólo se puede decir que lo nuevo se vuelve fácilmente terrorífico. Algo de lo novedoso es siniestro pero no todo. En alemán, ya aparece que “heimlich” no es unívoca, sino que tiene dos significados distintos, y uno de ellos coincide con “unheimlich”. “Heimlich” remite por un lado a casa, y por otro a lo clandestino, oculto. Éste último es un significado compartido también por “unheimlich”, así que sólo se opone a “heimlich” en un significado: casa.

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Como si fuera una tragedia griega clásica, en el universo de Jean Ray y su “Malpertuis” (orig. 1943), la vida transcurre bajo los parámetros de una realidad escindida en dos universos colaterales que se encuentran asociados a la voluntad humana: los dioses deben su existencia a la creencia que sobre ellos poseen los seres humanos, pues es precisamente a ellos a quienes deben su poder y perfección.

Hombres y mujeres se postergan ante su inmensa obra demiúrgica, sin ser conscientes de que ésta también se haya abocada a la muerte. Malpertuis, que es la mansión del Tío Cassave, tiene vida propia como personaje, y en ella, entre sus ambientes claustrofóbicos, tiene lugar la narración. El Tío Cassave será el demiurgo de la fusión de esos dos mundos, antes aludidos, en un solo espacio.

Este enigmático individuo, influenciado por un notable helenismo y doctor en ciencias herméticas y ocultas, ha descubierto el misterio de la longevidad. Cassave (debajo, una escena de la versión cinematográfica que llevó a cabo Harry Kümel, en 1971, con Orson Welles como el maléfico personaje principal) ha conseguido, además, crear un “pliegue temporal”, que, según el abate Doucedame, permite comprender la yuxtaposición de esos dos universos tan radicalmente distintos, donde Malpertuis aparece como un “punto abominable de contacto” (vid. Ray, 1982. Malpertuis. Bruxelles: Le Cri, p. 67). Y así, Cassave, con la excusa de reunirlos junto a sus herederos, recoge a aquellos dioses que vagan moribundos por el volátil espacio del Olimpo.

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Queda pues la mansión Malpertuis como suerte de espacio cerrado, casi castillo feudal, incluso probeta demoníaca, en la que los seres humanos conviven con aquellos dioses que ellos mismos han creado y que, durante lustros, han estado decidiendo sus destinos, un nuevo y espantoso Infierno construido en esa línea fronteriza entre el mundo de la mitología clásica y el de la cotidianidad de nuestra realidad presente.

Las analogías con el laberinto del Minotauro son obvias, y en cada uno de sus recovecos no se respira más que misterio. Rafael Llopis dice de Malpertuis que “equivale al Udolpho del siglo dieciocho, a su avatar, como arquetipo de todos los castillos oníricos del mito” (vid. Llopis, 1974. Historia Natural de los Cuentos de Miedo. Madrid: Júcar, p. 359).

En definitiva, un panorama desolador, claustrofóbico, donde la angustia de la libertad privada, tanto para seres humanos como para dioses, enrarece los pasillos de esa mansión sin salida alguna: “¡Malpertuis! Es la primera vez que el nombre mana, con tinta negra, de mi pluma aterrorizada. De esta casa, impuesta como punto final de tantos destinos humanos, por voluntades terribles entretejidas, aún rechazo la imagen. Retrocedo, titubeo, antes de hacerla surgir al primer plano de mi memoria. Además, los personajes se presentan menos pacientes que la casa, apresurados sin duda por la brevedad de su vida terrestre. Después de ellos, las cosas permanecen, como la piedra con que se construyen las casas malditas” (Ray, 22).

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Tío Cassave es el punto central de la muerte, su origen mismo, y Malpertuis la desembocadura. Lo familiar que deviene horrible, ominoso. ¿Quién duda ya de que esta antigua casa sea la puerta abierta a nuestro propio subconsciente? Aquí reposan los monstruos, soterrados en desvanes. En nosotros, en nuestra mente, reposan otros. En el fondo, Malpertuis sólo está construida en el foco mismo de cada uno.

Porque tememos, estamos vivos.

Título: Malpertuis
  • Autor/es: Jean Ray
  • Editorial: Valdemar
  • Nº de páginas: 204
  • Encuadernación: Tapa blanda
Daniel Arana

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