Escribir morir: exigencias infinitas (Anotaciones sobre Blanchot III)

Es a partir de una investigación del Otro como un tormento íntimo, desgaste o muerte del yo, que la obligación con los demás será iluminada. Por eso digo que el mismo término ética sólo debe utilizarse –en este caso- para ser rechazado, y su orden ser considerado un simulacro, una falta de dirección de un (otro) requisito más estricto que el que implicaría ser estrictamente pasivo: «Yo, declarado responsable del morir (de todo morir), no puedo apelar ya a ninguna ética, a ninguna experiencia o práctica, cualquiera que esta sea- excepto la de un contra-vivir, es decir, de una no-práctica, es decir (quizás) de una palabra de escritura»[1]BLANCHOT, Maurice. 2015. La escritura del desastre. Madrid: Trotta, p. 29.

Esta responsabilidad pasiva o estéril tiene algo que, per se, produce confusión. Pero tiene también el efecto meritorio de cuestionar el valor y el sentido de la ética, o más bien el papel que otros desempeñan en él si uno piensa en el Otro como otro yo cuyo encuentro no pone en tela de juicio la identidad. Por lo que resulta que no hay una ética que no sea simultáneamente el comienzo de un pensamiento del Otro, en el sentido lógico o incluso teológico que este término puede tener (piénsese, por ejemplo, en Platón o el mismo Lacan).

¿No es la ética, con la que por lo general estamos satisfechos, la que sirve para echar una mano al otro en la existencia del sujeto? ¿No es a menudo el lugar al que al pensamiento le gustaría, como la muerte, asignarlo, para que no se desborde y que las prerrogativas del poder se puedan mantener contra él en todas partes? ¿Qué pasaría si el Otro probablemente no viviera en ningún lugar, tal que un anfitrión obligado al más mínimo pensamiento como acto aparentemente cerrado? ¿No sería entonces la ética una cierta tendencia a empujarla hacia un atrás en el que menos se nos obligue a desafiar lo que otros siempre tienen de impredecibles? ¿No es tal tendencia al menos sensible cuando, bajo el nombre de ética de las diferencias, un cierto pensar testifica que siempre se ha eliminado y decidido preferiblemente sobre el modelo de la misma? Blanchot: «Lo otro es siempre el otro, y el otro es siempre su otro»[2]Ibíd., p. 42.

Pareciera, pues, que el filósofo francés sospecha que subyace en toda ética -también por su referencia obligatoria a un poder para actuar-, la presencia oculta de una cierta opresión. Debido a que la ética ve, primero de todo, lo posible con los demás, y por lo tanto también en los otros lo relevante de tal posibilidad, Blanchot teme que sea ésta una forma de deshacerse de ella. Existe una dominación en toda la posibilidad humana que nunca tiene, además, la neutralidad que la expresión heideggeriana del poder-ser, por ejemplo, quisiera conferirle.

En este sentido decimos que la verdadera ética debe estar en el régimen de lo imposible y que, a su vez, este régimen la arruinaría o al menos la desviaría, ya que la conduciría a un exilio en la escritura. No obstante, es necesario recordar aquí que por escribir no se refiere Blanchot a la obra escrita, sino más bien a lo imposible que la desvía de su poder y evita que se cumpla. A lo que marca, en los márgenes o en el exterior, estar ausente, «un sentido ausente»[3]Ibíd., p. 42. Esto sería añadir, a la vez, que el libro no es la salvación de la ética, sino su lugar elegido sólo para la tarea por interrupción, por fragmentación, de fragmentar todos los lugares.

Escribir es -esta es la idea principal, su razón de ser- expandir el Otro desde cualquier lugar, mientras que morir sólo está asegurado, convenientemente, en tanto que implica una responsabilidad hacia los demás.

En un movimiento de originalidad inaudita, Blanchot articula el análisis de las formas mortales de existencia hacia la «responsabilidad de los demás», tal como la ha pensado Lévinas. Recordemos cómo, en La escritura del desastre, Blanchot reformula los términos: «En la paciencia de la pasividad, yo soy aquel al que cualquiera puede sustituir, el no-indispensable por definición y que, sin embargo, no puede dejar de responder por y para aquello que él no es: una singularidad ficticia y de ocasión […] Lo Otro, si recurre a mí, es como a alguien que no es yo, el primer llegado o el último de los hombres, en modo alguno el único que me gustaría ser; así es como me asigna a la pasividad, dirigiéndose en mí al morir mismo. (La responsabilidad de la que soy responsable no es la mía y hace que yo ya no sea yo.)»[4]Ibíd., p. 22.

Lo importante es tener en cuenta que si Blanchot, en formulaciones extremadamente similares, parece llegar a las mismas conclusiones que Lévinas es, empero y por mucho mayores razones, por cualquier otro medio.

Desde El diálogo inconcluso (a partir del Capítulo V), donde los dos interlocutores discuten la tesis de Lévinas sobre el Otro como Altísimo («Très-Haut»), Blanchot da muestras de una cierta oposición hacia lo que parece ser la piedra angular: conocer el «no matarás», que se supone emana del Rostro -prohibido a quien no se dirija a mí para nada que provenga de una identidad previa- me constituye, por todo lo anterior, como su respondedor anónimo.

Sin embargo, Blanchot trata de economizar esta prohibición y sustituirla por la exigencia pasiva que ya hemos comentado. Esta responsabilidad blanchotiana, modo y manera de ese requisito de escribir -por supuesto, la propuesta es aceptable si y sólo si se añade su recíproco: la escritura, forma de responsabilidad-, sólo puede ser anterior a cualquier Ley.

Pero, ¿cómo entonces justificar el hecho injustificable de que otros, contra mi voluntad, se hacen cargo de una responsabilidad que va a exigir la deposición de mi identidad y de mi poder? ¿Cómo, si no es mediante una orden? ¿De dónde viene el hecho de que un otro me obligue, y me obligue infinitamente, si no es en nombre de alguna autoridad, o la suya misma, si es la de un Tercero aquella cuya trascendencia sería visible a través del Rostro? Debemos preguntarnos si es él mi enemigo: «Si el Otro no es mi enemigo [ …], ¿cómo es posible que se convierta en aquel que me arranca de mi identidad y cuya presión en alguna forma de posición -la del prójimo- me hiere, me fatiga, me persigue atormentándome de tal manera que, siendo yo sin yo, me torne responsable de ese tormento, de ese hastío que me destituye, al ser la responsabilidad lo extremo del padecimiento: aquello de lo que he de responder cuando carezco de respuesta y carezco de yo, salvo que sea ficticio y simulado»[5]Ibíd., p. 25.

Sin embargo, el texto de Blanchot se orienta pronto hacia una respuesta completamente diferente: es porque me derivo de una responsabilidad de ser, porque fui «nacido por otro», que soy castigado por otros en su propio dolor. Mi condición primera es la de ser una criatura cuya deuda original la desvía desde el principio y para siempre: «La responsabilidad sería la culpabilidad inocente, el golpe recibido desde siempre que me vuelve tanto más sensible cada vez a todos los golpes. Es el trauma de la creación o del nacimiento. Si la criatura es aquel que debe su situación al favor del otro, yo soy creado responsable, con una responsabilidad anterior a mi nacimiento, del mismo modo que es exterior a mi consentimiento, a mi libertad, y he nacido, por un favor que resulta ser una predestinación, para la desdicha del otro de los demás, que es la de todos»[6]Ibíd., pp. 25-26.

¿Pero qué golpes? ¿Los que recibo de otros o los que él recibe? Debemos olvidar que en este lugar del ser pasivo que revive la proximidad de los demás, el ser precisamente no es más mío que lo que es del resto.

Sin embargo, esta cercanía debe distinguirse cuidadosa y necesariamente del ser-con heideggeriano porque sería restaurar de forma indebida la posibilidad y con ella el poder. La comunicación de los muertos carece, para Blanchot, de comunidad, es responsabilidad sin copresencia, tiempo no compartido.

El golpe recibido ante señales de privación absoluta ocurre sólo en este tiempo de agonía primitiva que causa el retorno sin presente. Y a la inversa, sólo llego a la muerte de otros al herirme en aquel en el que mi cuerpo lleva una marca sin memoria. No el azul del cielo y el puente entre los seres, sino un eco sin reciprocidad de esos azules que deja el nacimiento y perpetúa la condición de criatura.

Tanto es así que la responsabilidad a la que estoy obligado para con los otros no me obliga a nada que se deba a su situación actual o a su privación. De otra forma, la responsabilidad es menor para el otro que muere o va a morir que para el moribundo, para morirlo todo.

Este es el extremo de la exigencia ética de Blanchot y también su límite, digamos entonces que es, al menos, una singularidad enterísima.

Es más fácil darse cuenta de todo esto si se compara con la exigencia de Lévinas, porque la responsabilidad para este último se limita menos a la muerte de cualquier tipo que a la muerte súbita, percibida como una amenaza para otro, y que luego me mira a través de sus ojos. Diríamos que el prójimo es, para Lévinas, indistinguible del futuro que puedo compartir con él y cuya responsabilidad recibe, a partir de este futuro estricto, la señal: la de poderla retrasar, este futuro, por un sacrificio, decida hacerlo o no.

Ahora bien, este intercambio de la muerte que puede llegar hasta la sustitución, este morir por[7]Vid., LÉVINAS, Emmanuel. 1991. «Mourir pour», en Entre nousEssais sur le penser-à-l’autre. Paris: Grasset, pp. 204-15 es precisamente lo que Blanchot no comparte, hasta el punto de que se puede decir que Blanchot mantiene el contexto insostenible de las posiciones heideggerianas y levinasianas, acumulando la incomodidad de ambas: la muerte no es mía, siempre me llega como la de otro, y como tal me priva de ello, pero a pesar de todo, utilizando la expresión de Heidegger en Ser y Tiempo, «Keiner kann dem Anderen sein Sterben abnehmen»[8] HEIDEGGER, Martin. 1960. Sein und Zeit. Tübingen: Max Niemeyer, p. 240. Nadie puede liberar al otro de su muerte.

La fórmula blanchotiana sería: solamente una muerte que no es mía. O Morir de la muerte de otro sin que aquel sea aliviado. En definitiva, que la ética de Blanchot no es probablemente una transacción, sino el límite, un exigencia de ese pensamiento que se piensa a sí mismo como exigencia.

Claro que hay otros destinos posibles además de la responsabilidad y su desastre. Donde el otro se da, en un reencuentro, si no como la posibilidad de una transformación real, al menos como la apertura de un intermedio que no tiene la inmovilidad del desastre.

Esa que llamamos exigencia y la posibilidad de amar todavía compiten –pueden hacerlo aún– con el requisito ético de la amistad.

Pero Blanchot especificó que ese reencuentro sigue en proceso de realización, en devenir: hay aquí que tomar una decisión, una suerte de encrucijada. Sin embargo, nos desviaríamos rápidamente de ella para olvidar el extremo rigor con el que Blanchot siempre nos orienta.

Título: La escritura del desastre
  • Autor/es: Maurice Blanchot
  • Editorial: Trotta
  • Nº de páginas: 128
  • Encuadernación: Rústica

Referencias   [ + ]

1. BLANCHOT, Maurice. 2015. La escritura del desastre. Madrid: Trotta, p. 29
2, 3. Ibíd., p. 42
4. Ibíd., p. 22
5. Ibíd., p. 25
6. Ibíd., pp. 25-26
7. Vid., LÉVINAS, Emmanuel. 1991. «Mourir pour», en Entre nousEssais sur le penser-à-l’autre. Paris: Grasset, pp. 204-15
8. HEIDEGGER, Martin. 1960. Sein und Zeit. Tübingen: Max Niemeyer, p. 240
Daniel Arana

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