Escribir morir: exigencias infinitas (Anotaciones sobre Blanchot II)

El primer paso es, probablemente, medir lo radical de dicha tesis: la muerte, siempre pasada. «No sé cómo he llegado allí»[1]BLANCHOT, Maurice. 2015. La escritura del desastre. Madrid: Trotta, p. 10, dice Blanchot. Asumimos que su profundización en la meditación heideggeriana sobre la muerte, así como la reversión que finalmente llevó a cabo no le son, al menos, extrañas.

¿Qué dice entonces Heidegger? Según la famosa fórmula, que la muerte es «la posibilidad de la imposibilidad». Así pues, sólo si la muerte es una posibilidad podrá, en el tiempo humano, estar ubicada en el futuro. Si al tiempo se le permitiese mirar de frente, es decir como término, entonces -devuelto luego a su verdad de espacios, aunque sea indeterminada- habría mermado el poder de su erosión. Si puedo morir, si es ésta una posibilidad única, entonces todas mis otras posibilidades, lejos de desmoronarse en este camino hacia la muerte, se convierten en las tensas cuerdas de mi resolución.

«Verstehen ist immer gestimmtes»[2]HEIDEGGER, Martin. 1960. Sein und Zeit. Tübingen: Max Niemeyer, p. 142, escribirá Heidegger. Entender es siempre afectivo. Es decir, comprender mi ser en sus posibilidades y sus propias posibilidades, ya que en Heidegger tal cosa no existe por separado.

Vayamos ahora a una posible traducción francesa del término «Verstehen»: entendre. No sólo oír o comprender, sino, más allá, tensar (tendre). Lo que está tensado, vibra, provoca un resonar del Ser. De Blanchot a Heidegger y de nuevo hacia atrás: se necesita algo que nos tense, y eso es lo que la muerte nos proporciona. Se nos muestra como la posibilidad nuestra más «propia, sin referencia e irrebasable»[3]Ibíd., p. 258 (eigenste, unbezügliche, unüberholbare).

El hecho es que toda la argumentación de Heidegger se basa en una suposición implícita: que la muerte puede ser asignada a un punto remoto en el futuro, incluso si sigue siendo indeterminada; de donde no vuelve al presente excepto para quedar tendida, y así preservar entre los dos, tan ínfimos como uno pueda pensarlos, una brecha y una tensión.

Pero esa negativa a asignar la muerte en un momento dado -su reducción a una posibilidad- hace que la perspectiva ética de la existencia cambie radicalmente.

Porque, si el tiempo no se temporaliza desde el futuro, la existencia sólo es capaz de tener lugar si su término se encuentra en un futuro sin contacto con el presente. Hace falta una cierta distancia absoluta.

Por absoluta no quiero decir aquí infinita, o imbuida de cualquier grandeza, sino que el término está excluido del tiempo, o lo que es lo mismo, reducido a una posibilidad heterogénea para todas las demás. La existencia –la exigencia, lo exigido, como decíamos al principio- se entiende por la posibilidad de que, mientras que uno no haya comenzado a morir y la muerte no tenga agonía, es decir, desde este lugar «donde morir es, perder uno el tiempo en que aún puede tener fin, entregarse al presente infinito de la muerte imposible de morir […] habiendo perdido también la muerte como término[4]Ibíd., p. 258.

Heidegger dice que la muerte es «ein ausgezeichneter Bevorstand»[5]HEIDEGGER, Sein und Zeit, Op. Cit., p. 251, una señalada inminencia, posibilidad de la imposibilidad, y yo tengo que preguntarme, aun concordando con el filósofo alemán, ¿acaso no existe una manera diferente de pensar acerca de esta inminencia? ¿Una muerte que no sólo merodea, indiscreta, sino que surge, perturbadora, río abajo y así hasta que transcurre el tiempo-todo? ¿Una muerte, en definitiva, que es más obsesión que algo sencillamente acontecedero?

Blanchot escribe, en El diálogo inconcluso: «La imposibilidad emana del mismo manantial, pero esta vez originariamente sellado y negándose a emanar»[6]BLANCHOT, El diálogo inconcluso, Op. Cit., p. 89. Es esta una encrucijada del pensamiento que René Char, aquí más cerca de Heidegger pero también con ese derecho a la sospecha tan próximo a Blanchot, ayuda a advertirnos: «La muerte en la vida es inmejorable, es repugnante; la muerte con la muerte, accesible, no es nada, un vientre temeroso se arrastra allí sin temblar»[7]CHAR, René. 2016. «Le nu perdu (1964-1970)», en Œuvres complètes. Paris: Gallimard (Bibliothèque de la Pléiade), p. 435.

Sin embargo, ¿bastaría con decir que la muerte retorna a este futuro separado donde Heidegger la mantuvo? ¿Qué flota, amenaza y vuelve precarios todos los presentes? Blanchot en realidad va mucho más allá, porque el proceso de muerte equivale a un pasado. El cese del tiempo causado por la muerte sellada, su desvío y su privación del presente no pueden ser considerados como un acontecimiento que sucedería hasta el presente.

Si el tiempo puede detenerse y disolver todos los presentes como cualquier presencia – y esto la fenomenología paradójica del sufrimiento lo atestigua, de hecho si uno se da cuenta de que la experiencia descrita es la de una cancelación de todo poder, incluyendo el del sufrimiento-, es porque, en cierto modo, siempre se ha detenido: «Morir quiere decir: muerto, ya lo estás, en un pasado inmemorial, de una muerte que no fue la tuya, que por consiguiente no has vivido ni conocido, pero bajo cuya amenaza te crees llamado a vivir, esperándola del porvenir a partir de ese momento, construyendo un porvenir para tornarla por fin posible, como algo que tendrá lugar y pertenecerá a la experiencia»[8]BLANCHOT, La escritura del desastre, Op. Cit., p. 63.

Construcción y perspectiva que, debo añadir, son para Blanchot perfectamente ilusorias, aunque probablemente inevitables, como formas de resistencia a esta responsabilidad a la que esta muerte equivale a un final. Acerca de los motivos de esta equivalencia ya podemos percibir algo al respecto: sólo el otro tiempo de morir, para ser desviados de lo posible, se abstiene, de los demás, de todo poder. Y la cumbre de esta responsabilidad será precisamente que uno sólo puede responder a otras personas complaciéndose en los moribundos que él mismo revive.

A este respecto, parece que Blanchot radicaliza a Lévinas cuando éste admite que no construye una ética, sino que trata únicamente de encontrarle un sentido. La investigación sobre el sentido de la relación ética conduce a la más alta paradoja: que pueda oponerse a cualquier reanudación activa de su requisito en forma de ética constituida, por ejemplo, como un conjunto de normas prácticas.

Pero Blanchot no se contenta con una simple reserva en este aspecto, como si nos dijese que, precisamente porque soy responsable de los demás, lo que me corresponde no es expresar mi pureza, sino demarcar más bien la interrupción o el desastre, la ética es estrictamente imposible. En tanto que soy responsable de los demás y por los demás, al tener que responder de y por tal cosa, no puedo, sin embargo, obtener la respuesta que le debo: «No responder o no recibir una respuesta es la norma»[9]Ibíd., p. 33. Continúa Blanchot, más adelante: «El yo responsable del otro, yo sin yo, es la fragilidad misma, responsable de aquel al que no puede dar respuesta»[10]Ibíd., pp. 105-6.

Según una paradoja que juega con los dos sentidos, lógico y político, del concepto de poder, le responderíamos a tal afirmación: esto es, que sólo le he respondido desde donde mi poder siempre ha sido dañado. La responsabilidad responde a los demás sacando al yo que quiere atribuirse tal derecho.

¿Significaría esto que un cuerpo impersonal toma el relevo de mi yo no apto para cualquier responsabilidad -en el modelo, por ejemplo, de la razón práctica pura de Kant-, capaz de determinar y sin tener en cuenta para ese yo, mi voluntad? Pienso que no, y esto supone pensar en una responsabilidad de otra manera, por una cuestión que ha dejado de definir una doctrina de facultades que son utilizadas por las nociones entrelazadas de pasividad, paciencia y, sobre todo, del morir.

La responsabilidad no es de otro orden, creo, que del que Kant considera determinaciones patológicas de la voluntad, y que está cubierto por lo que Blanchot denomina como yo. Más bien, representa lo contrario -la ruina, el desastre- todavía en esa labor a instancias del Otro.

Título: La escritura del desastre
  • Autor/es: Maurice Blanchot
  • Editorial: Trotta
  • Nº de páginas: 128
  • Encuadernación: Rústica

Referencias   [ + ]

1. BLANCHOT, Maurice. 2015. La escritura del desastre. Madrid: Trotta, p. 10
2. HEIDEGGER, Martin. 1960. Sein und Zeit. Tübingen: Max Niemeyer, p. 142
3, 4. Ibíd., p. 258
5. HEIDEGGER, Sein und Zeit, Op. Cit., p. 251
6. BLANCHOT, El diálogo inconcluso, Op. Cit., p. 89
7. CHAR, René. 2016. «Le nu perdu (1964-1970)», en Œuvres complètes. Paris: Gallimard (Bibliothèque de la Pléiade), p. 435
8. BLANCHOT, La escritura del desastre, Op. Cit., p. 63
9. Ibíd., p. 33
10. Ibíd., pp. 105-6
Daniel Arana

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