Escenas sexuales (que te regala la maternidad)

Heather
Heather

I
Hace un año, cuatro meses y cinco días de mi última regla. No la echo de menos, pienso, aunque a ratos me sorprendo extrañando algunas sensaciones (y la lubricación que te proporcionan los estrógenos). Me pregunto si lo viviré igual cuando me llegue la menopausia. También se me ocurre que, si las mujeres nacemos con todos nuestros óvulos y se supone que con cada menstruación gastamos uno, el embarazo y la lactancia retrasarán ese momento en el que se acaban y te conviertes oficialmente en una mujer mayor. Qué poco sé de algo tan importante.

II
Hoy hacía mucho calor y al llegar al curro me ha apetecido tomarme un café con hielo. Justo cuando iba a salir a buscarlo al bar de al lado, he sentido cómo mis tetas se empeñaban en que me lo tomara con leche: dos manchas aparecían sin permiso en mi vestido. «¿Quieres una chaqueta para taparte?», me dice una compañera. Pero ella misma, al momento, cambia de idea: «Da igual. Vete así». Y a mí me pasa lo mismo. Primero, siento vergüenza. Luego me digo: que le den.

Qué rico me ha sabido el café.

III
Durante unos meses no siento esa mirada masculina que te convierte en un objeto de consumo ni sufro agresiones verbales. Claro, las madres tienen una «moratoria»: a una madre se la «respeta», una madre no es erotizable. Disfruto del descanso. Pero de repente, un día que voy empujando el carrito, noto al otro lado del paso de cebra unos ojos que me convierten en carne. Qué extraño. ¿Me lo habré imaginado? No, dos días después y de nuevo con el carrito en la mano, un tío no sólo me mira las tetas descaradamente, sino que también se atreve a poner sonido a su movimiento: boing, boing, boing. Estallo por dentro de rabia y, casi inmediatamente, me doy cuenta: no era siquiera una moratoria, era gordofobia, era la barriga la que me había mantenido a salvo.

IV
Dudo si decirle algo a ese capullo (aunque en realidad me gustaría ser capaz de pegarle), pero no quiero que mi bebé viva una escena violenta. Hay además otra niña en la terraza del bar, así que lo ignoro y continúo caminando, el portal de mi casa está cerca. Por dentro sigo llena de rabia. Y me enfado aún más cuando me doy cuenta de la frase que no he gritado: «vas a decirle boing, boing, boing a tu puta madre». Cómo puedo tener yo –una feminista pro derechos para las trabajadoras sexuales– tan interiorizado puta como insulto. Qué contradicción. Por otra parte, demuestra que tenía algo de razón: hemos aprendido que una madre no puede ser una puta, que es lo más sexualizada que se puede ser. Por eso, las putas que son madres, que son muchas, son pura transgresión. Por eso, si todas nos apropiamos de la palabra y nos reivindicamos putas (porque a quién no le han llamado puta alguna vez), transgrediremos juntas.

V
Puesta a hablar de contradicciones, tengo que decir que la primera gordofóbica soy yo. Con el embarazo, irremediablemente, engordas. Y es todo un aprendizaje experimentar ese cambio. Lo de tener tetas no se lleva mal. Aunque tiene sus desventajas, te ves estupenda luciendo escote. Pero, la barriga. Ay, la barriga. Una cosa es cuando es redondita y muestra claramente tu embarazo, y otra bien distinta el momento anterior y, peor aún, el de después, cuando todo cae. Tu cuerpo se vuelve un desconocido y la imagen que te ofrece el espejo te deja por los suelos. ¿Volveré a verme atractiva y deseable? ¿Pero es que acaso hay que estar delgada para eso? Ay, sabes que no, pero en la teoría. Ahora toca experimentarlo en la práctica. Cuánto cuesta encarnar lo que decimos…

VI
Casi siete meses después, sigo soñando muchas noches con el parto y las horas y días que lo siguieron. Detalles que había olvidado se vuelven nítidos, pero siguen descontextualizados. No soy capaz de juntarlo todo y tener un recuerdo lineal. Creo que es una forma de protegerme de lo que fue una experiencia traumática. La cicatriz de la cesárea va haciéndose más pequeñita y los músculos de mi suelo pélvico ya no están agarrotados, pero aún siento dolor. Es psicológico, me digo. Como si eso doliera menos.

VII
Leo a Gabriela Wiener. Dice que se sigue negando el placer sexual entre madre y bebé durante la lactancia. Que incluso es un crimen tan sólo nombrarlo. Yo sé que muchas veces la lactancia es dura. Que te hablan tantísimo de su importancia (pero también de las múltiples dificultades que vas a encontrarte –el agarre, las grietas, las posiciones, la mastitis–) que tienes miedo y dudas de si serás capaz. Que luego el apoyo real es pequeño. Que no hay referentes cercanos (párate un momento a pensar cuántas criaturas mamando has visto en el espacio público en la última semana). Que quien prefiera no dar teta o lo deje, cansada, no ha de ser cuestionada. Por supuesto. Pero también hay que hablar de esa otra experiencia. Es un placer enorme ser capaz de alimentar a quien quieres. Compartir ese momento íntimo mirándote a los ojos. Que esas manos pequeñitas y suaves te acaricien la teta mientras succionan. Es un placer enorme y es un placer sexual.

VIII
Anunciar un embarazo conlleva lidiar con los comentarios del entorno. Los hay de todo tipo, pero uno muy habitual –sobre todo de amigos, en masculino– es éste: «aprovecha ahora porque, una vez que nazca, olvídate de follar». No tenía muy claro si se referían a que desaparecerían las ganas, o a que no tendría tiempo, o a que estaría cansadísima, o a todo junto a la vez. Como casi siempre que se habla de sexo, se bromea mucho pero se concreta poco. Y así es difícil aprender. ¿Mi realidad? Las noches son para dormir, sin duda. Pero las siestas te devuelven a la adolescencia: nunca sabes cuánto tiempo tienes antes de que te pillen.

IX
Dos cuerpos que se buscan cada poco.
Y juegan.
Y se chupan.
Y se besan.
Y se acarician.
Y se huelen.
Y se miran.
Fijamente.

Irene Choya

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