Esa España que va tan bien

Playa de Levante. Benidorm (Wikimedia Commons)

Para manipular eficazmente a la gente, es necesario hacer creer a todos que nadie les manipula.
John Kenneth Galbraith, Economista, 1908-2006

En estos tumultuosos tiempos que corren resulta lacerante el extraordinario ejercicio de manipulación que desde el gobierno, numerosas instituciones y buena parte de la industria mediática al servicio de un cada vez más omnímodo poder económico, pretende influir en la opinión pública ofreciendo una visión completamente distorsionada de la realidad. El desarrollo y aplicación del capitalismo en su versión más fundamentalista desde el inicio de la crisis financiera hace ya una década, ha traído como consecuencia lo que sería un nuevo modelo de sociedad asimilable en buena parte a otros de tiempos pretéritos. Aquellos en los que un estado podía erigirse en una potencia dominante mientras sus ciudadanos eran víctimas de la más inclemente miseria.

Esta España del SXXI se ésta convirtiendo en un buen ejemplo de ello y no en vano nos encontramos ante un país que en cuanto a los datos macros en lo que a la economía se refiere resultan inmejorables, con un ritmo de crecimiento y creación de empleo que nos pone a la cabeza de la mismísima U.E. Nada desdeñable si no fuera porque la realidad a pie de calle dista mucho de esa percepción debido al extraordinario aumento de los desequilibrios sociales y, en general, la sensible pérdida de nivel adquisitivo del grueso de la población, lo que hace que el país se sitúe también a la cola de la Unión Europea de forma tan contradictoria.

Regresando al principio dos hechos vienen a ahondar en todo esto, vuelven a poner en evidencia los aires triunfalistas del gobierno y auspician un futuro sumido en un mar de dudas. En primer lugar, valga recordar que desde 2009 a 2017 casi un millón de españoles han abandonado el país, según el Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero. Este número corresponde a los inscritos en los registros consulares de sus países de destino pero sabida la ineficiencia de los consulados y embajadas españolas que apenas si prestan servicio a sus compatriotas, muchos ni siquiera optan por inscribirse por lo que se sospecha que dicho número de personas es en realidad muy superior al oficialmente recogido.

No obstante aun dando por válida dicha cifra, podríamos establecer dos cuestiones más que obvias: por una parte que si tuviéramos en consideración ese millón de ciudadanos que se han visto obligado a abandonar este país ante la falta de oportunidades, la tasa de desempleo presentaría unos porcentajes aún mucho más escandalosos de los que al día de hoy todavía mantiene y por otra, en consecuencia, que resulta evidente que no hay suficientes puestos de trabajo para ellos en España. O lo que es lo mismo, si echáramos la mirada atrás, una vuelta al virtuoso modelo de avance de la economía española de la década de los 60 del siglo pasado, cuando ante el éxodo rural y la incapacidad de la industria por absorber toda esa mano de obra, la emigración pactada hacia otros países europeos, constituyó la solución al problema. Pero en esta ocasión con una diferencia fundamental y es que mientras por aquellos entonces los emigrantes eran personas de baja o nula cualificación, en la actualidad buena parte de los que han decidido marcharse forman parte de lo que se ha dado en llamar la generación más preparada de nuestra historia.

Y es aquí donde ha lugar el tan manido pero en realidad poco debatido «modelo productivo». Es cierto que este ha venido a cambiar desde el estallido de la burbuja inmobiliaria: ladrillos por turistas, pero España desde los tiempos del Desarrollismo, periodo comprendido entre el fin del catastrófico periodo de la autarquía franquista a finales de los 50 hasta las crisis del petróleo de los 70, ha basado buena parte de su economía en la construcción y el turismo. No en vano, en los momentos más álgidos de la burbuja, la construcción representaba más del 10% del PIB, hasta el actual 16% que representa el turismo mientras que un componente tan representativo de un país como es la educación aporta poco más del 4%. Dato este último más que relevante para cualquier modelo productivo y que todavía hoy mantiene a España también en la retaguardia de la Unión Europea.

De acuerdo al INE, desde 2009 hasta hoy la cifra de turistas que llegan a España se ha incrementado en un 57.4%, pasando de los 52 a los 82 millones de visitantes, un dato que resulta tan elocuente como atípico en tan breve espacio de tiempo en un país que ya es de por sí una potencia por este concepto en el mundo. Y que no es otro que el resultado de la extraordinaria caída de otros tradicionales destinos turísticos como ocurre con casi todo el norte de África, Turquía, etc. E incluso en destinos tan señalados como París que perdió 1.5 millones de turistas en 2016, todos ellos a consecuencia del terrorismo islamista.

Lamentablemente no es de esperar que ni el terrorismo, ni la persistente inestabilidad de las regiones afectadas en nuestro entorno, especialmente buena parte de la cuenca mediterránea, vayan a verse reducidas en el corto o medio plazo por lo que la afluencia de turistas seguirá siendo multitudinaria en España. Aunque la distribución de los beneficios procedentes de la industria turística presente los mismos desequilibrios que el resto del modelo económico.

En resumidas cuentas nos encontramos que dos de los más fundamentales recursos a que, como decíamos al principio, tanto las principales instituciones como sus voceros mediáticos recurren para alabar el milagro económico español: la caída del desempleo y el incremento de la actividad económica, no son consecuencia directa de la gestión de las mismas sí no, en el primer caso por la desaparición masiva de una ingente cantidad de mano obra y en el segundo por un accidente de la historia.

Atentos.

Felipe Pozueco

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