En los huertos celestes sólo cultivan ángeles

 «¡Es terrible ser pobre !», se lamentó Meg, echando una ojeada a su viejo vestido (‘It’s so dreadful to be poor!’ sighed Meg, looking down at her old dress). Este es el comienzo de una de las obras más populares de la literatura juvenil universal, aunque es justo decir que los intereses de la autora, Louisa May Alcott, eran más de índole financiera que literaria, cuando la escribió. De este novela, Little women, Mujercitas, en 1949 Mervyn Leroy realizó una adaptación cinematográfica, que es una obra mayor del género inmortal relamido, sólo comparable, aunque con menos ingredientes psicotrópicos, a El mago de Oz. Lo que pocos saben es que la misma autora sirve de inspiración para una de las composiciones más vanguardistas de la música contemporánea americana, por lo menos antes de John Cage, Morton Feldman o Steve Reich. Me refiero a la segunda Sonata Concord( Mass) de Charles Ives. En especial al tercer movimiento, que es un ejercicio de piano tan fascinante como arriesgado, y que como las otras partes de la sonata, se edifica sobre citas y variaciones medio borradas de los primeros compases de la Quinta Sinfonía de Beethoven. De hecho, la cita musical es una de las grandes pasiones de Ives, también de Mahler, todo sea dicho, y por eso ambos resultan tan atractivos para el oyente habituado al jazz.

Parece que entre aquella novela, bien untada en melaza, y el humor algo loco y desabrido de uno de los músicos más grandes de la vanguardia musical del siglo XX, la distancia es demasiado grande, casi un abismo. Pero es que los Alcotts de verdad, no su mera transcripción musical, ya eran unos americanos muy fuera de lo ordinario, tan peculiares como el propio Ives, quien en su Sonata nº 2 escribe un muy sentido homenaje al movimiento de los trascendentalistas,  que incluía a Ralph Waldo Emerson, primer filósofo en la nómina del Nuevo Mundo, quien intentaba traducir algunas consignas del romanticismo alemán a la mentalidad americana, y que hoy nos parecen a veces tan sentenciosas o banales como las de un manual de autoayuda, en cuanto perdemos de vista el contexto. Pero no estaba solo, sino que resultaba seguido muy de cerca por su amigo Henry David Thoreau, con quien la posteridad filosófica ha resultado bastante más generosa, como se deduce de la continua referencia de Stanley Cavell, quien lo entrecruza continuamente con el pensamiento continental de Ludwig Wittgenstein, y no sólo porque ambos fueran confesos cabañistas.[1]Ver por ejemplo CAVELL, Stanley: Los dos sentidos de Walden. Pre-Textos, Valencia, 2011 Los otros habitantes de Concord son el novelista Nathaniel Hawthorne, que es un nombre de primer orden en la literatura mundial. Y una familia, la de los Alcotts, difícil de clasificar. Por un lado el padre, el pensador, pedagogo y utopista profesional Amos Bronson Alcott. En realidad un personaje bastante incapaz de sacar adelante a tres hijas. Abba May, la madre, que hizo también de padre, cuando éste era oscurecido de manera recurrente por la melancolía, y cuando no también, puesto que entonces tendía a dejarse llevar por un entusiasmo tan soñador como irresponsable. Feminista, sufragista y trabajadora social. Pero no menos importante para la historia será Louisa May.

Ahora se están publicando los otros libros de esta última, surgidos siempre de la necesidad económica, aunque bastante más afines a sus propios gustos, que eran los de la novela gótica victoriana. Es el caso de Un cuento de enfermera, en el que recuerda su propio trabajo sanitario durante la Guerra Civil americana, y que le valió entre otras cosas una infección de tifus, de la que nunca se recuperó por completo, así como su desempeño como institutriz y cuidadora, que en esto también habría de parecerse a sus admiradas y admirables hermanas Brontë. En esta novela, se aprieta un tejido bien sólido con las tres hebras del amor que urden un drama gótico (el amor secreto, el prohibido, el maldito), y a través de las cuales la heroína ha de recorrer un accidentado camino de redención. En este caso, además amenazado por el espectro de la locura, que como un hado nefasto toca a unos y perdona a otros dentro de la misma familia.[2]ALCOTT, Louisa May: Un cuento de enfermera. Funambulista, Madrid, 2014 Más reciente es la publicación de Tras la máscara, que muestra en toda su plenitud la inclinación personal de Louisa May hacia el género escabroso[3]ALCOTT, Louisa May: Tras la máscara. dÉpoca, Asturias, 2018.

Hay sin embargo un aspecto en esta novela, que me parece del todo original, puesto que la protagonista no es la ingenua víctima, cuyos sufrimientos acompañamos con alarma, y por qué no decirlo, con su pizca de placer, en la trama gótica convencional, y que tal vez alcance su cima en una parodia intertextual como La abadía de Northanger de Jane Austen. Aunque algo ya sabemos de parodias intertextuales cimeras, por ejemplo de la literatura de caballería. En efecto, aquí la heroína se nos revela como un personaje mendaz y seductor, con una gran capacidad de manipulación. Guiada por un misterioso resentimiento, del que nosotros participamos, aunque sin conocer las claves del mismo por completo, lo que nos otorga un placer no menos esencial para el lector de narrativa, que es del saber más y el de poseer un ajuste más correcto con la realidad, que el de los propios personajes. Es verdad que ella no se engaña, pero sí que engaña a los otros. Cuando el protagonista es engañado por su falsa conciencia, dos ejemplos ilustres para mí son El mar, el mar de Iris Murdoch o La conciencia de Zeno de Italo Svevo, es obvio que el narrador nos está proporcionando además una recompensa psicológica suplementaria. En cualquier caso, lo que Alcott nos presenta aquí es la crónica del poderío de una mujer, y desde luego mucho antes de que una fea palabra se apoderase del léxico de la lucha femenina.

Llegamos a simpatizar con esa farsante, que es en realidad una actriz experimentada. Vemos cómo ella se va dibujando con el trazo del deseo de otros (hombres), y el deseo de estos es tan patético o libidinoso o pueril, que toda nuestra simpatía va hacia esta excepcional dramaturgia. Y es que esto, la interacción social como una dramaturgia, que desarrollase la microsociología de Goffman, es el verdadero hilo narrativo, con sus escenas sucesivas o entrecruzadas de una escena de seducción a tres bandas. Por muy canallesca que nos parezca la intención de Jean Muir, de nuevo una institutriz pero en este caso con un gran pasado, no nos resulta menos simpática, antes al contrario, que la desdeñosa arrogancia transformada en traicionero enamoramiento, o que la libido masculina juvenil trocada en desesperación, cuando no se trata de un deseo tan triste como el de la senectud masculina hacia la lozanía juvenil de una muchacha, por más que se haya querido disfrazar de afecto avuncular. Tras la máscara es un homenaje de Alcott al teatro, que fue una de sus mayores y más genuinas vocaciones.

Pero estas dos novelas, tampoco la que le hizo salir de la miseria, y con la que comenzábamos este artículo, hubieran sido posibles sin episodios como los que se narran en Fruitlands, porque estamos hablando de la crónica de un ensueño de Amos Bronson Alcott, y de un brusco despertar, como el que suele acompañar a los sucesivos ensueños sociales, filosóficos y espiritualistas de Alcott padre. El hombre real no debía ser fácil de soportar, aunque tenía una habilidad especial para ser admirado y, cuando este no era el caso, para ser perdonado. Su amigo Emerson decía de él que no era difícil sentirse fatigado a su lado, dado que su abundante conversación sólo parecía tener un único tema e interés: él mismo. La verdad es que resulta todo un galardón el que el propio Emerson, que definía al ser humano como un Dios en ruinas, te denuncie por egotista. Probablemente dos trascendentalistas juntos ya son multitud, y es tanto el brillo, la lucidez, la imperiosa rectitud, que te dan ganas de salir corriendo. El libro en sí mismo cuenta con cuatro partes muy definidas, todas ellas valiosas, y que le dan al conjunto un sabor tan variado como encantador. Abre con una semblanza sobre Louisa May Alcott de Julia García Felipe, y cierra con un posfacio de Pilar Adón, que está más orientado a reconstruir el idealismo utopista de Amos Bronson, su padre. Entre ellos, está Fruitlands propiamente dicha, que es el apunte para una novela, en la que se retrata con abundante ironía y una buena dosis de ternura, el pormenor de esta hazaña del espíritu, protagonizada por dos personajes, que apenas ocultan a Bronson Alcott y Charles Lane, puesto que muchas de las ideas, ingenuas cuando no delirantes, están calcadas casi literalmente de dos cartas- manifiesto, escritas y publicadas, en The Dial en julio de 1843 y en el Herald of Freedom en septiembre. Porque lo cierto es que a los trascendentalistas no les faltaban órganos de expresión, y un público expectante de sus más que irrisorias fantasías, aunque este aspecto fantástico, esté reservado casi en exclusiva para Alcott. Estas dos cartas son la cuarta parte del libro, y en ellas se manifiesta un principio espiritual, que aun reconociendo que tiene aspectos meritorios, puede que no sea el más adecuado a la hora de explotar una granja. Allá va: «No seas tan activo a la hora de hacer, sino sincero en el ser. Ser por encima de hacer, esa es la gran meta a alcanzar.»[4]ALCOTT, Louisa May: Fruitlands. Una experiencia trascendental. Impedimenta, Madrid, 2019, p. 94 Entre la oposición de ser y tener, como la sostiene Erich Fromm, y la de ser y hacer, como la plantean los dirigentes de esta edénica comuna, se ha dispersado no sólo un perfume ideal, sino también una leve pero no menos significativa vaharada de locura. Por supuesto, todo duró poco y salió mal. Este Walden II tuvo el mismo éxito que el de Skinner un siglo más tarde, aunque a decir verdad las locuras de este último ni siquiera resultaban simpáticas. La tercera parte, que es la que a mí me parece aún más interesante, es la de los diarios de aquella época, escritos por Louisa May, una niña de doce años. En ellos nos sorprende la tranquilidad con la que asume las limitaciones materiales de su vida, que parece organizada en torno a la recolección de bayas -está claro que el ser sobre el hacer te constriñe, en el mejor de los casos, a un régimen frugívoro- pero también al examen público de conciencia, no olvidemos que los trascendentalistas estaban muy cerca de los shakers, una secta de cuáqueros muy radical, y sobre todo a la lectura, que era la principal actividad lúdica de estas niñas, cuya vida en cierto modo nos parece hasta envidiable. Y es que el paraíso resulta atractivo, incluso cuando hemos sido expulsados del paraíso por haber confiado el trabajo a los ángeles.

Título: Fruitlands. Una experiencia trascendental
  • Autor/es: Louisa May Alcott
  • Editorial: Impedimenta
  • Nº de páginas: 128
  • Encuadernación: Rústica

Referencias   [ + ]

1. Ver por ejemplo CAVELL, Stanley: Los dos sentidos de Walden. Pre-Textos, Valencia, 2011
2. ALCOTT, Louisa May: Un cuento de enfermera. Funambulista, Madrid, 2014
3. ALCOTT, Louisa May: Tras la máscara. dÉpoca, Asturias, 2018
4. ALCOTT, Louisa May: Fruitlands. Una experiencia trascendental. Impedimenta, Madrid, 2019, p. 94
Julio García Caparrós

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