En las grandes mujeres reposó el universo

Hace un par de semanas se estrenó Yo decido. El tren de la libertad, un documental sobre la marcha hacia Madrid que tuvo lugar el 1 de febrero para manifestar el rechazo hacia el anteproyecto de ley del aborto impulsado por el Ministro Alberto Ruiz Gallardón que pretende restringir la libertad sexual y reproductiva de las mujeres en España. La Sede de la Universidad de Alicante tuvo que emplear sus dos salas para acoger al multitudinario público. Yo sonreía todo el tiempo, sorprendida: la media de edad era elevada. Bastante elevada. Estaba sentada al lado de mujeres que llevaban treinta, cuarenta años luchando por sus derechos. Infatigables, ahora luchaban por los míos. Quise dar las gracias a mi maestra del colegio, sentada en primera fila; a Cristina Sánchez, que grabó el viaje en autobús de las activistas alicantinas. A las combatientes que conozco y a las que jamás podré conocer. A todas y cada una de ellas. También a las dos escritoras que me esperaban sobre la mesilla esa noche.

Tres mujeres | Las grandes mujeres

Cuando, al día siguiente, Fran Blanco y Juan Rico me enviaron por correo una propuesta de colaboración, ya sabía que quería reconocer a Nórdica Libros su precioso trabajo de edición, concretamente de dos volúmenes de la colección Ilustrados que se publicaron recientemente: Tres mujeres, de Sylvia Plath y Las grandes mujeres, de Alfonsina Storni. El primero, una cuidada edición bilingüe con traducción de María Ramos e ilustraciones de Anuska Allepuz, recoge el poema dramatizado a tres voces sobre la maternidad o tan solo la suya: una mujer realizada siendo madre, una mujer que no puede ser madre, una mujer que es madre a su pesar– que Plath concibió para ser leído a viva voz y que ella misma declamó para la BBC un año antes de suicidarse.

Rojo, azul, negro. Estos son los colores que la madrileña Anuska Allepuz escogió para teñir las páginas con texto de quien fue, probablemente, la poeta americana más importante del siglo XX. Rojo como el loto que se abre en su cuenco de sangre. Azul como la piel del niño recién parido, como los rayos de la luna fría. Negro como el miedo o la muerte. Tres colores que deberían herir igual que una bestia y son sin embargo delicados, casi amables.

Más amplia es la paleta que utiliza Antonia Santolaya para ilustrar los versos de Alfonsina Storni (les recuerdo, feminista y madre soltera). Más color mar, más color pájaro. Paradójicamente, dado el final que ambas escritoras eligieron, más color vida.

Dice Clara Sánchez en el prólogo de esta antología colmada de color y de fuerza:

Y son éstos [sus sentimientos] los que dotan a su obra de gran coherencia interna y nos hacen hablar de Alfonsina Storni como de un planeta con sus propias leyes y funcionamiento, donde caben desde árboles y peces hasta una rebeldía cósmica en contra de los prejuicios sobre la mujer y, sin embargo, no en contra del hombre. Alfonsina es una mujer y no se disfraza para hablar.

No lo hizo Sylvia Plath. No lo han hecho las ilustradoras, ni la traductora, ni la prologuista. Tampoco nosotras.

Carmen Juan

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