Empieza el calor: …tick…tick…tick… (1970, Ralph Nelson)

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“-¡Usted no tiene alma! ¡Usted no es nada!
-Yo soy el sheriff. No el sheriff blanco. Ni el sheriff
negro. No el sheriff de alma, únicamente el sheriff.”

 
 

Mississippi -la película está ambientada en el condado de Colusa- entre 1870 y 1970, como todo el sur de Estados Unidos, vivió uno de los períodos más vergonzosos de su historia. Abolida ya la esclavitud y, sin embargo, se creó un terrible sistema de segregación racial en el que los blancos nórdicos establecieron su supremacía sobre negros e hispanos. Dado que los estados no podían eliminar los derechos de los negros al estar garantizados por la constitución, el término de “segregación” junto al concepto de “Separated but Equal” (Separados pero iguales). El Sur que nos muestra Ralph Nelson en …tick…tick…tick… (1970) está despojado de todo encanto, y se corresponde con los datos históricos ofrecidos antes: es un lugar racista, una tierra árida con el suficiente calor para freír un huevo sobre las aceras de esa ciudad de remanso, como muestra la primera -e inolvidable- imagen.

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Es cierto que, a este respecto, los films realizados durante los sesenta y setenta, sobre el racismo en el Sur de Norteamérica, han tenido una suerte variada, oscilando entre lo extraordinario, como In the Heat of the Night (En el calor de la noche, 1967), la discreción en cuanto a calidad que supone la última realización de William Wyler, The Liberation of L.B. Jones (No se compra el silencio, 1970), y directamente el bodrio insalvable, The Klansman (El hombre del Klan, 1974), una película nefasta donde Richard Burton sufre, directamente, de una alcoholización severa. …tick…tick…tick… (1970), dirigida por Ralph Nelson, es, empero, una de las más injustamente desconocidas a este respecto. Prácticamente inencontrable, resulta de lo más sugerente como parábola sobre el Sur más profundo y sus problemas.

El nada honroso aroma xenófobo de los WASP sureños hiede especialmente cuando el sheriff John Little (un colosal George Kennedy) descubre que va a ser relevado de su cargo por el ganador de las elecciones: el antiguo policía militar de color, Jim Price (Jim Brown). El dueño del café, Junior (Dub Taylor), el redneck H.C. Tolbert (Anthony James) y un sórdido ayudante de sheriff, Bengy Springer (Don Stroud), son quienes lanzan su voz contra la nueva designación de Price como representante legal. Little, aunque herido porque no sabe a qué se va a dedicar y tiene mujer e hijos que alimentar, se toma la noticia con cierto estoicismo, aunque su propio pueblo se ríe ante el hecho de que un hombre de color le haya arrebatado el cargo.

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El alcalde de la ciudad, el veterano Jeff Parks (excelso Fredric March, en uno de sus últimos papeles), simplemente quiere mantener la paz y evitar que las tropas federales, en caso de conflicto, tengan que acudir allí. Pero en el Sur, el descanso se ve interrumpido por el consumo de alcohol y los ánimos exaltados: un muchacho ebrio, John Braddock (Bob Random), provoca un choque con otro coche y mata a una niña que viajaba dentro. Price se teme lo peor cuando se entera de que es hijo de un empresario poderoso, vinculado a la extrema derecha (Karl Swenson) y que amenaza con invadir el pueblo para sacar a su hijo de la prisión en la que un “negro” lo ha metido.

Estructuralmente comprometida con el antirracismo, el guión de James Lee Barrett es quizás un libreto que merecía mayor desarrollo, quizás porque obvia una parte que hubiera sido interesante: las discutibles connotaciones políticas y sociológicas de la elección de Price como sheriff. En cualquier caso, Nelson logra una magnífica pintura sureña, crítica y con un trasfondo amargo. La película se inicia con el último día de Kennedy como sheriff y enseguida asistimos a una ruptura de la paz, cuando éste es objeto de burlas y de la cínica mirada del líder del Klan, interpretado por un Clifton James que masca sus palabras, como acostumbra.

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Si hay algo que nos parece reseñable, es que la descripción de …tick…tick…tick… (1970) es relativamente justa. El sheriff Price es muy consciente de que un alto muro, arbitrario, separa todavía a blancos y negros, y que eso ha creado prejuicios y miedos en ambos lados. Existe un cierto tipo de justicia moral que lleva al antiguo representante de la ley -un liberal, dicho sea de paso- a unir fuerzas con el actual. Y sin embargo, existe una potente crítica política hacia el tan paternalista alcalde que, sólo cuando lo inevitable está a punto de ocurrir, decide igualmente actuar.

Este film está muy lejos, empero, de ser uno panfletario. Recordemos, si no, cuando un chico de color llega a la oficina, a solicitar el puesto de ayudante solamente por venganza contra los blancos y Price le dice que ese no es un motivo y que “la ley no entiende de color de piel”. El muchacho resulta ser, además, un violador irredento, y su detención desata las iras de la comunidad negra contra el sheriff mismo.

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La community de …tick…tick…tick… (1970) sólo renunciará a sus conflictos internos ante el asalto del empresario y sus hombres, uniendo fuerzas. Barrett, como guionista, tampoco nos permite equivocar la mirada: si lo hacen, si parte del Klan y la comunidad de color se apoyan, es sólo porque no están dispuestos a dejar que vengan “de fuera” a entrometerse en su vida diaria. Si el alcalde quiere evitar a los federales y el Klan a los del pueblo cercano es por idéntica razón. También el hecho de que el sheriff trate de combatir contra el asesino de una blanca podría ser un motivo.

Ralph Nelson ha creado, no quepa duda, un producto de clase, técnicamente irreprochable. El espectador recordará que es, asimismo, el artífice de una divertida comedia (Father Goose, 1964) y de una obra maestra de lo amargo (Soldier Blue, 1973). Hemos vuelto al Sur hoy, y quizás tomemos una cerveza caliente mientras los grillos cantan, y el calor no concede apenas tregua. El tiempo, apenas un tic.
 
 

A George Kennedy, in memoriam

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Daniel Arana

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