El turno de los ciudadanos

La Libertad guiando al pueblo, Eugène Delacroix. (Wikimedia Commons)
Prisión de la Bastilla de Jean-Pierre Houël (Wikimedia Commons)

«Empoderar: Hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido; Dar a alguien autoridad, influencia o conocimiento para hacer algo» (RAE)

El 14 de Julio de 1789 el pueblo de París, extenuado por la arbitrariedad y crueldad de la monarquía absolutista, se echaba a las calles y tomaba la fortaleza prisión de la Bastilla, uno de los principales símbolos de la misma. Aquel hecho representaría el pistoletazo de salida para una revolución que significó el fin del antiguo régimen no solo en Francia sí no de forma paulatina en toda Europa y trascendería de tal manera al futuro de la humanidad que se considera el punto de inflexión de la Edad Moderna a la Contemporánea.

En España las ideas de la Revolución Francesa calaron profundamente y así se recogieron en las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812 que ponía fin al absolutismo. Sin embargo tras la expulsión de las tropas de Bonaparte el pueblo español, en uno de los mayores errores de su historia, auspició el regreso de Fernando VII que con el apoyo del ejército suspendió la Constitución y persiguió hasta encarcelar o mandar al exilio a los redactores y defensores de la misma. Semejante desatino supondría el fin de la revolución liberal española y quedarse atrás en la revolución industrial –salvo en Cataluña y País Vasco con una larga tradición comercial e industrial-, lo que repercutiría negativa y sensiblemente durante décadas en el desarrollo económico y social de España.

El 23 de Febrero de 1848, también en París, una multitud de estudiantes se rebela contra el régimen de Luis Felipe I, exigiendo el sufragio universal y la dimisión del gobierno. La guardia nacional se pone de su lado, lo que conducirá a la abdicación del rey y a la instauración de la segunda república francesa. Sus ideas se expandieron por buena parte del continente en el contexto de la revolución industrial, de un nuevo y pujante movimiento obrero y de un entusiasmo nacionalista que acabaría reconfigurando el mapa europeo.

Entre Febrero y Octubre de 1917 se produciría en Rusia una revolución popular que acabaría trascendiendo a la historia y que tras el derrocamiento de Nicolás II, el fin de la autocracia zarista, la posterior guerra civil y la expulsión definitiva del ala socialdemócrata –mencheviques-, del Partido Obrero Socialdemócrata, más tarde el PCUS, por parte de los comunistas –bolcheviques-, dio lugar a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Un régimen que se acabaría convirtiendo en un estado totalitario pero que tendría un papel trascendental en todo el orbe hasta su desaparición a finales del SXX.

La noche del 10 de Mayo de 1968, decenas de miles de estudiantes se agolpaban en las barricadas del barrio latino de París levantadas tras una serie de altercados en la universidad de la Sorbona para protestar contra la rigidez de sus normas. La policía disolvió a las bravas a los estudiantes causando numerosos heridos y al día siguiente el ejército comenzó a patrullar las calles de la ciudad con vehículos blindados. Obreros y trabajadores se sumaron al movimiento y tres días más tarde se declara una huelga general que prácticamente paraliza toda Francia. Los estudiantes acabarían tomando la Sorbona del mismo modo que miles de trabajadores tomaron las fábricas, incluso de conocidas compañías francesas, exigiendo nuevas reformas sociales. El legendario general De Gaulle resulto el principal damnificado viéndose obligado a abandonar la presidencia de la república un año más tarde. Mitificado en buena parte en lo político ya que no produjo cambios sustanciales en ese aspecto más allá de la caída del general, no es menos cierto que el Mayo del 68 representó un hito en el ámbito social y cultural marcando la segunda mitad del SXX en ese terreno y que todavía al día de hoy sigue sirviendo de referente para muchos movimientos sociales del SXXI.

El 29 de Noviembre de 1999, decenas de miles de personas marchan en Seattle convocadas por varias organizaciones y colectivos de carácter social y político al margen de los tradicionales partidos poniendo en jaque a las autoridades hasta suspender la reunión de la Organización Mundial del Comercio que iba a celebrarse en la ciudad. Dicha manifestación y las que acontecerían los días siguientes en lo que se acabaría conociendo como «la batalla de Seattle» resultó el pistoletazo de salida para el movimiento antiglobalización o altermundista que, si bien incomprendido en buena parte al principio, acabará siendo reconocido en todo el planeta por sus propuestas: la reforma y control del mundo financiero, la tasa Tobin, echar el freno al poder de las multinacionales o dotar de más voz al pueblo a través de la democracia participativa. Además de poner sobre la mesa asuntos tan intranscendentes hasta ese momento como el ecologismo y las devastadoras consecuencias del cambio climático.

El 15 de Mayo de 2011, un grupo de jóvenes procedentes de una manifestación convocada por diversos colectivos sociales termina acampando espontáneamente en la Puerta del Sol de Madrid. A partir de ese momento y durante los días siguientes una multitud se concentra en la plaza y el movimiento se extiende a numerosas ciudades de España en protesta a las durísimas consecuencias de la crisis económica de 2007/8, la incapacidad de las instituciones para paliarlas y la corrupción generalizada por el binomio PP/PSOE que había hegemonizado la política española desde la consolidación de la democracia en los años 80. Sus propuestas resultaron de un gran calado para buena parte de la opinión pública, lo que acabó dando lugar no solo a la ruptura de dicho binomio sí no que numerosas nuevas formaciones políticas pasaran a formar parte de la escena pública española. Tanto es así que tras los sucesivos plebiscitos locales, regionales y nacionales muchas de ellas consiguieron ocupar numerosos puestos en las diferentes administraciones públicas, incluso logrando el gobierno municipal en las dos principales ciudades del país: Madrid y Barcelona. El Movimiento 15M ha servido además de referencia a otros muchos de similares características aparecidos en todo el mundo, el más destacado el de Occupy Wall Street que ha llegado a congregar a 20.000 personas solo en Nueva York, y junto a los que el 15 de Octubre del mismo año convocaron manifestaciones en casi un millar de ciudades a lo largo y ancho de los cinco continentes.

Manifestación del 15 de Octubre de 2011 en Madrid (Wikimedia Commons)

El sábado 17 de Noviembre del pasado año en Francia, otra vez Francia, es convocada una movilización a través de las redes sociales para manifestarse contra la subida de los combustibles. Bajo la denominación de los «chalecos amarillos», el movimiento alcanza una enorme popularidad en pocos días y sábado tras sábado decenas de miles de personas ocupan las calles francesas exigiendo más reivindicaciones, en general por la reiteradas pérdidas de poder adquisitivo de los ciudadanos, la degradación de los servicios públicos, la impunidad de las grandes fortunas, la falta de participación ciudadana en las decisiones políticas y, en definitiva, las políticas neoliberales del presidente de la república Emmanuel Macron. Cada vez más multitudinarias, con millares de detenidos por la policía y graves episodios de violencia callejera, el presidente Macron se ve obligado a dar marcha atrás en algunas de sus medidas, aunque el conflicto se mantiene abierto actualmente.

Desde un corte de carretera hoy hasta la toma de la Bastilla por parte de los revolucionarios franceses, los movimientos ciudadanos han tenido y tienen la capacidad para cambiar el orden de las cosas lo que en modo positivo ha dado lugar a la conquista de numerosos derechos sociales. Sin embargo, salvo el caso de los «chalecos amarillos» en Francia y otras honrosas excepciones, podría decirse que en estos tiempos que corren la mayor parte de la ciudadanía parece adormecida o se siente incapaz de doblegar un modelo de capitalismo atroz y cada vez más represivo que está poniendo en peligro el estado del bienestar, la propia democracia e incluso está situando al borde del colapso los recursos del planeta.

Muy al contrario de los movimientos políticos y sociales que hemos citado hasta ahora la espontaneidad no es sinónimo alguno de las tendencias conservadoras, como de hecho advierte su propio nombre, en las que sin embargo la devoción al líder sí representa uno de sus rasgos definitorios y según sea el caso puede dar lugar a enormes movilizaciones capaces de transformar incluso el modelo de estado. Probablemente el ejemplo más paradigmático de ello sea el de la Alemania de entreguerras donde la Gran Depresión de 1929 vino a resultar la estocada definitiva para una sociedad diezmada por las sanciones del Tratado de Versalles tras la primera Gran Guerra y que en respuesta acabaría encumbrando al partido nazi, con su batería de argumentos simplistas basados en el ultranacionalismo, la xenofobia y el racismo, a lo más alto del poder. No en vano en las elecciones de 1928 apenas si logró éste 12 escaños en el Reichstag para conseguir después 107 en las de 1930 y 230 escaños en las de 1932 hasta la promulgación de la denominada «Ley Habilitante» de 1933 que daría paso al estado totalitarista.

Acto del Partido Nazi Alemán, NSDAP, en Núremberg. Septiembre de 1934 (Wikimedia Commons)

En un contexto de terrible depresión económica el poder de sugestión de Adolf Hitler, el extraordinario aparato de censura y propaganda diseñado por Joseph Goebbels y una serie de medidas económicas y políticas como la construcción de infraestructuras, el desarrollo de una poderosa industria militar, la erradicación de las mujeres de los puestos de trabajo, el destierro y eliminación masiva de los judíos –alrededor de 6 millones-, y de todas aquellas etnias que consideraban inferiores además de discapacitados, homosexuales, políticos y personas no afines al régimen así como la confiscación de sus bienes, lograron en 5 años aumentar el PIB el 50 % y reducir en más de 30 puntos porcentuales el desempleo y conminó a la población a enfatizar con un proyecto de estado paranoico que acabaría conduciendo al desastre no solo a la sociedad alemana sí no dando lugar a la mayor tragedia de la historia de la humanidad con la declaración de la Segunda Guerra Mundial.

En la actualidad, la caída en desgracia de la socialdemocracia clásica por una especie de socio-liberalismo que se ha dejado abducir por las mieles del capitalismo ha roto el contrato social. La constatación de lo que en su día Margaret Tatcher refrendara como su mayor éxito político la figura de Tony Blair al desterrar éste los principios de la socialdemocracia del laborismo británico, tal como acabarían secundando la mayoría de partidos socialdemócratas europeos, ha supuesto el triunfo del individualismo, pilar fundamental de la doctrina neoliberal, por contra a priorizar el bien común en el conjunto de los ciudadanos. Su apuesta por un modelo de economía y finanzas liberado del control público ha traído como consecuencia la reciente crisis económica, una crisis que ha acabado redistribuyendo la riqueza de las naciones de manera cada vez más excluyente y que, en un alarde de presunción, se ha pretendido reconducir con mayores dosis de capitalismo.

El éxito de tal iniciativa en el terreno de la macroeconomía a costa del deterioro del estado del bienestar y el menoscabo de las clases medias y más desfavorecidas ha dado lugar a una nueva pulsión nacionalista en buena parte del continente europeo -en España representada en los independentistas catalanes por una parte y la denominada «España de los balcones» por la otra-, y ha vuelto aflorar una vez más esa parte de la sinrazón humana que parece disfrutar cebándose con los más débiles, en este caso los inmigrantes. Una turba que ha encontrado en la inmigración –sobre todo aquella que huye desesperada de la miseria, el hambre y los horrores de la guerra-, el chivo expiatorio a todos sus males siendo este el principal argumento de la ola de formaciones ultraconservadoras que a base de «Fake News», datos y cifras inverosímiles y en el mejor de los casos medias mentiras o medias verdades, están haciendo saltar por los aires todos los valores humanistas que promovieron la reconstrucción europea tras la Segunda Guerra Mundial. Por citar un ejemplo cercano, al día de hoy en España residen alrededor de un millón de inmigrantes menos que hace prácticamente una década y si bien por aquellos entonces no habían aparecido movimientos significativos en su contra más allá de pequeños grupúsculos neofascistas, en la actualidad ese mismo envite que recorre el resto del continente inunda las redes sociales españolas y está encumbrando sobremanera a un partido político sin apenas notoriedad alguna hasta ahora, Vox, que ha hecho del discurso anti-inmigratorio uno de los pilares básicos de su mensaje. Poco importan datos objetivos que en ningún caso avalan semejantes teorías dentro de la realidad de una Unión Europea con más de 500 millones de habitantes y con el conjunto de naciones más desarrolladas socialmente de todo el mundo. A pesar de las evidencias que hacen responsables al mundo financiero y la falta de control de un modelo de capitalismo radical que está poniendo en un brete a la misma cada vez más personas, ante la falta de respuestas eficaces de la clase política, son alentadas de responsabilizar a la cuestión migratoria de sus perjuicios inducidas por una panda de iluminados de una parte y de otra por unas élites interesadas en distraer la atención de las verdaderas raíces del problema.

Pero si hay un caso que en estos momentos ha puesto en evidencia la capacidad de persuasión de las masas desde el engaño, la mentira y la retórica con unas consecuencias aún por determinar y que pueden abocar al mayor desastre económico y político de la Unión Europea desde su fundación en 1957 –peor aún en un momento de augurada recesión económica-, es la abrupta salida del Reino Unido de la misma: el Brexit. Mayoritariamente a través de las redes sociales el UKIP, un partido neoliberal, nacionalista y xenófobo mediante continuas falsedades, en un país ya de por sí con una buena parte de la población tradicionalmente euroescéptica, consiguió imponer sus tesis en el absurdo referéndum al respecto convocado por el primer ministro conservador David Cameron en 2016. Ahora toda Europa se encuentra en la mayor encrucijada de su historia reciente, si cabe con repercusiones de orden mundial, a la espera de encontrar una solución aceptable o lo menos dolorosa posible a semejante despropósito.

17/11/2018. Manifestación de los Chalecos Amarillos en Francia (Wikimedia Commons)

¿Cómo hacer reaccionar a la ciudadanía ante tanta insensatez, tanta imprudencia y tanto desatino? Difícil respuesta. Los grandes medios de comunicación, en manos de poderosos holdings empresariales y financieros, han perdido casi toda su credibilidad de antaño y, en su defecto, los ciudadanos se han echado en manos de unas redes sociales que, en su mayor parte, están controladas por los mismos poderes fácticos que los medios tradicionales y de forma intencionada vierten en ellas todo tipo de controversias con la intención de manipular la opinión pública en su favor orientándola en dirección contraria de todo aquello que ponga al descubierto las perversidades y deficiencias del sistema económico y político actual. Una manera de garantizar ese mantra de la mayor parte de gobiernos occidentales y de la propia Comisión Europea que afirman de manera tan rotunda que otra forma de entender la economía, las finanzas y la política no es posible.

Sin embargo, en lo que nos toca más cerca, en España hemos aprendido que otra manera de hacer política sí es posible, si nos acercamos a movimientos y plataformas ciudadanas que han ido cobrando fuerza los últimos años. Probablemente desde la cercanía, atando en corto y no pretendiendo «asaltar los cielos» de un plumazo batallando contra un enemigo invisible pero de proporciones abrumadoras. Numerosos ayuntamientos, con los extraordinarios casos de Madrid y Barcelona a la cabeza, están dirigidos –al menos hasta el próximo mes de Mayo-, por el resultado de plataformas ciudadanas que supieron trasladar nuevas inquietudes en beneficio del conjunto de la sociedad y lejos de los espurios intereses de las grandes corporaciones industriales y financieras.

Aun tratándose de un proceso lento y tortuoso, sin duda la transversalidad y el empoderamiento de una ciudadanía desarmada y desolada por esos mismos poderes fácticos que desde recónditos despachos controlan todos los recursos parecen, sí no las únicas, sí las premisas más viables para intentar dar un vuelco a un sistema que no solo esta echando a perder la suerte de todos los seres humanos sí no hasta la propia viabilidad del planeta.

Felipe Pozueco

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