El hombre elefante

The Houses of Parliament and Big Ben seen from Parliament Square, London, circa 1897. (Photo by London Stereoscopic Company/Hulton Archive/Getty Images)

La historia de John Merrick, desgraciadamente conocido por su terrible apodo de El hombre elefante, tenía que ser contada. No podía quedar como una anécdota de finales del siglo XIX, ni como una moda pasajera de aquellos años (porque lo fue, como veremos, tanto en su forma más miserable como en la más sofisticada). Había que escribir un libro sobre su vida, y filmar una película, y si hubiese una canción ya tendríamos la tríada de las artes que más consumimos en la actualidad completada. Y esto tendría un sentido muy especial, porque, bajo su aspecto de pesadilla, John Merrick tenía un alma de artista. Como una de sus amigas más queridas, la actriz de teatro Madge Kendal, pensó una vez, «parece un hombre… casi shakesperiano».

Quien lo hizo salir a la luz social, sacándolo de la oscuridad a que gente sin escrúpulos lo había confinado durante sus veintiún años de existencia anteriores, fue el doctor Frederick Treves, un cirujano conocido en el Londres de la década de los ochenta del siglo XIX. Lo encontró como atracción en una feria, y en un principio fue el afán de notoriedad el que lo hizo sacarlo de allí. Necesitaba un tema potente para su próxima conferencia, y qué mejor que presentar uno de los ejemplares más enfermos, deformados y médicamente inexplicados que había visto jamás. Lo alquiló por unos días, durante los cuales lo llevó al London Hospital, donde trabajaba, y lo estudió detalladamente. Fotografió su cráneo inmenso, los tumores que recubrían todo su cuerpo, el retorcimiento de sus huesos y la inexpresividad de su cara, completamente deformada. Sólo se salvaban el brazo izquierdo, elegante y delicado, y los genitales, completamente normales… y por tanto anormales en medio del horror que constituía el resto de su cuerpo.

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Treves era un hombre ambicioso, pero también con valores, y, como es lógico, se preguntaba si no estaba haciendo lo mismo que el desalmado que lo exhibía en la feria. Él no lo maltrataba, obviamente, y le daba bien de comer, pero iba a ganar prestigio y, por tanto, dinero, al utilizarlo como tema de su presentación. El dilema estaba servido… e iba a ser el más fácil de dilucidar de los que se presentarían a lo largo de su relación.

El maltrato a que lo sometía su dueño era tan feroz que Treves pudo lavar su conciencia salvándolo de las garras de ese hombre, pero debía ofrecerle una alternativa viable: un lugar donde vivir. Era difícil, puesto que Merrick no había dado muestras en ningún momento de tener inteligencia, lo cual era por una parte un alivio –sería horrible que alguien tan monstruoso fuese consciente de su monstruosidad– pero por otra lo catalogaba como incurable, y el London Hospital tenía un reglamento muy estricto que impedía su acogimiento.

Treves intentó por todos los medios que Merrick fuese aceptado como paciente, aunque lo tenía muy difícil… Incluso le enseñó a decir algunas frases de cortesía (puesto que sus cuerdas vocales, aunque con dificultad, podían articular sonidos) y hasta un salmo para llegar al corazón de Carr Gomm, el presidente del hospital. Pero claro, éste se dio cuenta de la treta, por lo que iba a dar por concluida la conversación… cuando ambos se sorprendieron al escuchar el salmo que Merrick empezó a recitar. Especialmente Treves, puesto que él le había enseñado un trozo… y John estaba recitándolo entero. Así descubrieron que sabía leer y escribir. Que tenía conciencia.

Y ése fue el principio de su conocimiento de un ser extraordinario, que a pesar de su terrible enfermedad y deformidad tenía un alma limpia, en la que no había lugar para el rencor, la desconfianza o el reproche. Era capaz de disfrutar de cualquier pequeño gesto de cariño con toda la intensidad de su ser, de perdonar a quienes le habían infligido daño, de ofrecer siempre una palabra amable y un agradecimiento sincero a quien le dedicase un momento de su ajetreada vida.

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Y es que para John cualquiera que fuese a verlo estaba haciendo un esfuerzo que él apreciaba en suma medida. Todo el mundo tenía tantas ocupaciones, tantos compromisos… Todos llevaban una vida normal, menos él, que no podía ni dormir estirado a causa del enorme peso de su cabeza (en vez de eso, tenía que apoyarla sobre sus rodillas y así intentar conciliar el sueño). Cuando su historia se dio a conocer, se puso de moda entre la jet set ir a visitarlo. Quedaba muy cool ser capaz de ser tan temerario y tan solidario a la vez. Muchos aristócratas y gente adinerada le hicieron regalos y estrecharon su mano. Y él sólo podía sentirse agradecido ante eso.

Ahí comenzaron los verdaderos dilemas éticos de Treves. ¿En qué estaba convirtiendo a John? ¿En una atracción de nuevo, aunque esta vez fuese para gente rica? ¿Le estaba haciendo concebir esperanzas de que podría acabar encajando en una sociedad que le presentaba sus respetos… falsos?

John Merrick aún permanecería agazapado en tiendas miserables y en circos desvencijados si yo no hubiera asistido aquel día y comprobado qué espléndido párrafo de diagnosis podía publicar en los periódicos. Y ha sido algo como pagarle en la misma moneda, ¿no te parece? Todo cuanto he tenido que hacer ha sido decir: «Acérquense, damas y caballeros. Acérquense y vean a su peor pesadilla personificada, a sus peores temores convertidos en huesos y carne… ¡Mírenlo por todos los lados! Vean al horror de Londres, al terror que yo, el buen doctor, traigo ante ustedes… ¡Miren desde todos los ángulos al terrible Hombre Elefante! Miren al monstruo que se ha puesto de moda, vean a este desecho… ¡Miren al monstruo de la Naturaleza!»

El hombre elefante presenta estos dilemas de una manera clara y concisa, como la propia historia que nos narra. Habla del miedo, del rechazo, de la maldad humana en su estado más puro. De la bondad también, aunque siempre sujeta a contradicciones y dudas.

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Pero sobre todo habla del viaje de un hombre cuyo interior poseía una belleza muy superior a la fealdad de su exterior. En aquellos años su enfermedad ni siquiera podía ser atisbada. Hoy sabemos que se trataba del Síndrome de Proteus, de la cual John Merrick sigue siendo el caso más extremo conocido hasta la fecha.

El viaje de John no sólo es físico (desde la inmundicia de un sótano y una barraca de feria hasta la comodidad de una habitación de hospital especialmente preparada para él). Es un viaje mental que le hizo creer en sí mismo como ser capaz de despertar el amor de los demás. En un mundo como el nuestro, en el que el culto al cuerpo es una constante, leer un libro en el que probablemente cualquier lector quede subyugado por y enamorado de su personalidad puede hacernos replantearnos nuestras prioridades a la hora de juzgar a los demás.

La forma de ser de John, cariñosa, amorosa, entrañable, es una de las riquezas de este libro apasionante. Su momento de afirmación personal, el instante en que el amor se transforma el rabia por una vez, porque en esta vida para que a uno lo respeten no sólo hay que ser bueno sino tener autoestima y saber que el solo hecho de ser humano ya es un motivo suficiente para ello… es el cúlmen de una historia en la que lo importante no es el final, sino la sensación que lo recorre.

… de improviso, un grito salió de sus labios, tan potente y seguro como nunca lo había emitido hasta aquel momento.

–¡No! –gritó– ¡No soy un elefante! ¡No soy un animal! ¡Soy un ser humano! Soy un hombre… ¡Soy un hombre!

Título: El hombre Elefante
  • Autor/es: Christine Sparks
  • Editorial: Plaza & Janés
  • Nº de páginas: 283
  • Encuadernación: Tapa blanda

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Asun López

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