El futuro y la puta deuda

Por encima de la baraúnda parlamentaria, destacan las ideas y eso es lo que nos ha venido a ver en cuanto al manifiesto que firman Thomas Piketty, Cristina Narbona, Nacho Álvarez y Steve Keen, secundados por numerosas personalidades del ámbito académico y la economía de varios países europeos, solicitando al BCE la cancelación de la deuda que tienen contraída con éste cada uno de los estados de la Unión a cambio de «invertir los mismos montos en la reconstrucción ecológica y social» de los mismos.

De una parte sus argumentos, enfatizando la manera en que le fueron perdonados dos tercios de su deuda pública a la, por aquellos entonces, República Federal Alemana en 1953 para que pudiera salir adelante tras la debacle de la II Guerra Mundial.

Un caso excepcional pero no aislado ya que desde finales del SXVIII ha sido un recurso utilizado hasta prácticamente nuestros días y que por razones de extrema necesidad se ha aplicado en casos puntuales en base a criterios políticos y sociales por encima de la ortodoxia económica sin mayores perjuicios.

De otra la contundente negativa de Luis de Guindos, en su cargo de vicepresidente del BCE y demás guardianes del dogma neoliberal. Aunque la propuesta no deba tener nada de extravagante cuando al propio presidente del parlamento europeo, el italiano David Sassoli, no le parece tan descabellado.

Por un lado el cuestionamiento de 2.5 billones de euros que manaron directamente desde el BCE, un recurso supuestamente creado por y para los ciudadanos europeos, capaz de crear dinero en forma de crédito para sus respectivos estados y que se verá todavía más incrementado a raíz de la pandemia.

Por otro la imagen de poca ejemplaridad ante ese ente inmaterial, cual divina majestad de los mercados financieros y del dinero, que según dicen nos amenaza continuamente y decide sobre nuestras vidas sin mayor miramiento.

No voy a ser yo quien cuestione a De Guindos cuando dice que tal supuesto es ilegal pero si me voy a permitir la libertad de contar en unas pocas líneas que es lo que un servidor considera verdaderamente «ilegal», cuando no amoral, rayano incluso en la indecencia.

Lo que a buen seguro, para quienes defienden su mismo mantra, considerarían libertinaje o en mejor gracia demagogia barata.

Y como tanto De Guindos como quien suscribe somos fruto de la misma tierra, además que de sobra es conocido el retroceso que en lo social ha sufrido el conjunto de la Unión Europea a lo largo de las últimas décadas, nos quedaremos echando un vistazo a la situación en España que para aquellos que no nos dejamos amedrentar por mensajes simplistas y argumentos tan de moda de medio pelo, sabemos que la cosa viene muy, pero que muy de lejos.

La calidad de vida

Basta echar un vistazo a la mayor parte de los estudios que publican regularmente las instituciones europeas para darnos cuenta que si bien es cierto que España representa la cuarta economía de la Unión, la realidad es que lo es por su población, la cuarta igualmente en el ranking europeo, pero eso no quiere decir que las bondades de la misma repercutan en la misma medida que las de sus vecinos allende de los Pirineos.

Lo que nos dice el gráfico anterior es muy sencillo. Ni más ni menos cuán tan apurados están para llegar a final de mes los ciudadanos de la Unión Europea. En nuestro caso –algo que se viene repitiendo puesto arriba puesto abajo cada año-, queda muy claro que nos retrata como «cabeza de ratón» o «cola de león».

O lo que es lo mismo, España se sitúa a la cabeza del pelotón de cola de la Unión Europea en cuanto a la relación entre los ingresos de los ciudadanos y el coste de sus necesidades más básicas. Ello determinará entonces su capacidad de ahorro y, en definitiva, su calidad de vida.

Y es aquí donde entramos en el capítulo de las eternas contradicciones de nuestro país.

Un país que cuenta como recursos el mayor número de kilómetros de alta velocidad ferroviaria del continente, que podría decirse atesora un aeropuerto en cada pueblo y un palacio de congresos -la mar de bonito eso sí-, en cada esquina pero en su inmensa mayoría absolutamente infrautilizados por innecesarios.

Sin embargo, a la hora de visualizar la tabla anterior, resulta que nos encontramos claramente por debajo de otros países con menos kilómetros de alta velocidad, menos aeropuertos y menos palacios de congresos. Dicho de otro modo, las pasaremos canutas para llegar a fin de mes pero rodeados de magníficos y relumbrantes fuegos de artificio.

Igual, digo yo, nos vendría mejor dejar de lado tantas sutilezas y centrarnos en el día a día de nuestros hogares y familias. Por eso, para darnos cuenta mejor de la realidad social española, detengámonos un poco más en el tema de los ingresos: las rentas del trabajo.

El modelo laboral

En España el problema de las retribuciones de los trabajadores se pierde en la profundidad de los tiempos. Casi podría decirse que responden a un concepto «caciquil» del asunto que es asumido, aunque no sea de buen grado, por una parte importante de la ciudadanía.

En mis tiempos de veinteañero, corría la Transición, trabaje para una empresa en la que llegué a realizar labores de encargado. Cobraba estrictamente el salario mínimo y a la vista de mi insistencia ante el propietario para que me subiera el sueldo, me acabo respondiendo que su obligación como empresario era pagarle lo menos posible a sus trabajadores. Son de esas cosas que uno guarda en el baúl de los recuerdos.

Obviamente no es lo mismo en todos los casos pero, según vemos en la tabla anterior además de los desmanes vistos en infraestructuras tan innecesarias como sobredimensionadas, la verdad que dicha experiencia no debe ser tan inusual y se ha perpetuado con el paso del tiempo.

Más aun con la consolidación del espíritu neoliberal donde los asalariados de base son considerados un coste más de la empresa y no como una inversión.

Fruto de ese modelo laboral aun durante la última crisis económica, en el periodo 2007/2019, la retribución de los directivos ha aumentado en España el 23.39 %, mientras que el de sus empleados ha sido del 18.69 %. Incluso en el año 2019 cuando el SMI tuvo un aumento del 22 %, al final el salario de los empleados solo logro una subida media del 1.89 % mientras que la de los directivos alcanzaba el 4.6 %.

De la misma manera, con respecto a la inflación acumulada en el mismo periodo, los directivos han ganado seis puntos por encima de esta mientras que sus empleados apenas si la superan por un punto. Por lo que los primeros cada vez afrontan con más facilidad sus necesidades básicas en detrimento de los segundos.

Eso sin tener en cuenta la alta dirección, consejeros y ejecutivos de nuestras grandes empresas donde la cosa puede llegar a rozar lo indecente, con el eterno debate añadido sobre su productividad en unas compañías donde el control de las mismas se concentra entre unas pocas personas, gracias a la potestad ignorada de sus accionistas.

Conclusiones

Una vez visto el carácter coercitivo del modelo laboral español, al que habría que añadir su alta temporalidad y demás aflicciones, este aboca al país a un menor desarrollo y a unas altísimas tasas de desempleo que, consecuencia de tan desastrosas políticas durante décadas, duplican o triplican de manera habitual las de los países más desarrollados de la UE.

La sobre dependencia de sectores de baja cualificación como la construcción y el turismo ahonda aún más el problema ante la falta de trabajos de mayor calidad que proporcionen salarios más altos.

El lastre de tan baja renta disponible además de provocar un crecimiento más débil por la falta de capacidad de inversión, repercute directamente en el bien común ya que los ingresos fiscales para el estado en forma de impuestos son mucho más bajos impidiendo un mejor desarrollo del estado del bienestar y unos adecuados servicios públicos.

En cualquier caso a todos los que permanecen ensimismados con las políticas neoliberales de las que España es uno de sus múltiples ejemplos fallidos, poco habrán de escocerles tan desoladores datos más allá de las bienaventuranzas de su preciado escenario macroeconómico, cada vez más alejado de la economía real a pie de calle, así como por su fe en la benevolencia de sus próceres en tan incógnitos mercados.

Lo cierto es que algo no debe ir muy bien en la 4.ª economía de la Unión Europea cuando más de 4 millones de sus conciudadanos son ya víctimas de la pobreza y pueden superar ampliamente esa cifra con motivo de la pandemia del Covid-19.

Las respuestas

La recuperación de la crisis económica de 2008 –resuelta solo en el campo macroeconómico-, y la catástrofe provocada por la actual pandemia no pueden mantenerse sobrecargadas a costa de una deuda que aun siendo legítima tiene que resolverse de manera urgente, máxime cuando emana de los propios recursos de sus deudores.

En Mayo del pasado año el Parlamento Europeo solicitó 2 billones de euros para hacer frente a la crisis económica derivada de la pandemia en la Unión. Como era de esperar la Comisión Europea, mucho más conservadora, rebajo meses después esa cifra hasta los 750.000 millones y no sin un soberano esfuerzo ante las reticencias de algunos de sus miembros.

Dada la parquedad en que quedo la propuesta inicial, no estaría de más que al tan referido NextGenerationEU pudiera sumarse la cancelación de una deuda que de manera especial mantienen consigo mismo cada uno de los estados de la Unión por cuanto brota del propio BCE tal como advierten los firmantes del escrito que da pábulo a este artículo.

Que sin embargo y según alegan los sumos sacerdotes de la ortodoxia capitalista podría provocar la desconfianza y recelo de los dioses del olimpo financiero y a saber si consumarían sobre la Unión nuevas plagas como las que padeciera otrora el Egipto de los faraones.

Todo ello a pesar que el manifiesto en cuestión pone especial énfasis en la necesidad de condonar la deuda contraída, recordemos por enésima vez que de sus propios recursos, con el compromiso de dedicar esos fondos al desarrollo en las condiciones establecidas por la agenda de la propia UE.

Porque de eso es de lo que debería tratarse: garantizar un presente y un mañana en condiciones dignas para los ciudadanos europeos, poniendo freno al cada vez más desigual reparto de la riqueza generada.

La pandemia actual ha desatado la mayor crisis sanitaria e irremediablemente económica desde hace décadas y ante problemas de tal índole sólo quedan soluciones extraordinarias.

Supeditar también una catástrofe de semejante magnitud, con decenas de millones de damnificados, a la doctrina del «egoísmo responsable» del liberalismo económico, puede arruinar definitivamente el derecho a la emancipación de los pueblos y asestar un golpe fatal a su futura supervivencia.

Veremos.

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