El futuro de una forma musical: Sobre “Suite Albéniz” de Alfonso Alzamora

Puede que ningún objeto doméstico sea capaz de concentrar tanta ansiedad como un álbum fotográfico. ¿Seremos los mismos que entonces creíamos ser? ¿Habrá sido clemente el paso del tiempo con nuestros hábitos, nuestro vestuario o nuestras muecas infantiles? Pero por otro lado, el álbum de fotos es un resto de esa comodidad pequeño burguesa, siempre acosada por el progreso. Algo de eso comprendía muy bien Enrique Lihn, ese extraordinario poeta chileno tan olvidado, que el álbum familiar es un acumulador de decepciones y angustias, pero también un punto de resistencia, en un terreno no hollado. A él se deben las sombras en la sala de juego, el sinsentido y el horror o nos creemos el personaje de una vieja novela de aventuras.[1]”Álbum” en LIHN, Enrique: Algunos poemas. Ocnos, Barcelona, 1972, p. 71.

Tiene mucho de álbum familiar, pero más en el sentido de lo que resiste al crédito indebido que le otorgamos al olvido que en el de la ordalía del pretérito, el libro que escribe Alfonso Alzamora, bisnieto del músico español que, con Mompou, me parece el más grande en esta tierra de músicos. El punto de partida, conviene tener en cuenta que el autor no es músico en absoluto sino pintor, es un mosaico fotográfico del Museu Isaac Albéniz de Camprodón[2]ALZAMORA, Alfonso: Suite Albéniz. Turner, Madrid, 2018, p. 14.. Bueno es recordar, en tiempos de obtusos localismos de uno y otro lado, que nadie hizo más por situar la copla andaluza en el repertorio serio universal que este compositor catalán. Uno que recorrió Europa, que hizo con desigual fortuna las Américas y que encontró en Inglaterra su segunda patria. Pues bien él, escribió los más eficaces homenajes a esa “morenita ingrata” con la que identificaba a España en su correspondencia.

Almazora concibe su libro como un objeto peculiar, predeterminado como un mosaico o un collage. Esa característica aura desplazada, que tiene que ver tanto con la memoria como con la incertidumbre en torno a la posibilidad de la misma, le lleva a construir una suite a partir de treinta y ocho fragmentos más o menos caprichosos, más o menos enfáticos o legendarios. No se me escapa que hay algo de paradójico en referir el futuro de cualquier forma musical a la suite. En realidad la suite es el nombre, todo lo cambiante que se quiera (sonata, obertura) de la emancipación de lo instrumental. Así que en cierto sentido es menos que una forma. Es lo informe mismo de lo musical in nuce. De hecho, entre la “Suite Española” e “Iberia” la diferencia no es de naturaleza, sino de dificultad interpretativa. Pero no al oído, sobre el que Albéniz es siempre benigno, sino a la mano.

Sobre esa benevolencia y esa benignidad de Albéniz, y sobre todo por lo que concierne a una cierta implantación formal, el filósofo y músico Vladimir Jankélévitch escribió: “La diversidad, la exacerbada prodigalidad, la renovación perpetua: esta es la única que impera en una obra que emana inspirada de principio a fin por el espíritu pluralista de la rapsodia; lejos de economizar los temas, como la sonata, que es el arte de discurrir con el menor gasto posible, malgasta sin límite, y en este aspecto se parece a la naturaleza. Pues la naturaleza es toda ella munificencia y generosidad”[3]JANKÉLËVITCH, Vladimir: La presencia lejana. Albéniz Séverac Mompou. Ediciones del Bronce, Barcelona, 1999, p. 21.. Así que de lo que hablamos no es tanto de una forma como de su desborde, más de la libertad omnímoda de la obertura que de la repetición de la sonata. Porque el espíritu rapsódico es el de la generosidad misma, y aunque el bisnieto no se ahorre anécdotas sobre la generosidad en todos los órdenes de Albéniz, sobre todo la que cuenta es la musical.

Lo rapsódico es el verdadero cuerno de la abundancia que el compositor derramaba sobre sus amigos cuando estos se acercaban pidiendo dinero.[4]Suite Albéniz, p. 88.

Después de terminar el libro uno tiene la impresión de haber estado más cerca de este creador.

De sus relativos fracasos, por ejemplo el de no haber conseguido jamás haber dejado una huella más consistente, pese a todo su empeño, en el repertorio lírico clásico. Y digo que son relativos, porque esta cercanía que nos proporciona el bisnieto, también nos muestra, y con toda evidencia, que era de alguna manera inasequible al fracaso humano, cuya pauta conocía demasiado bien, como él mismo anotase, igual que en un ejercicio de exorcismo, el 12 de septiembre de 1904: “desgraciado aquel que cree y no crea”[5]Ob.cit. p. 132.. Sabemos más de Isaac Albéniz como muñidor de sus propias leyendas, de esas batallitas que se van heredando de padres a hijos y de hijos a nietos o bisnietos. Por eso, y con la ambivalencia de los álbumes fotográficos que apuntábamos al inicio, todo se desenvuelve en una atmósfera interesada y cordial. Como en una tertulia entre allegados. Casi podemos imaginar el juego de té sobre la mesa, ya terminada nuestra colación, y como se va trazando un mapa bien peregrino de anécdotas, de recuerdos e invenciones.

Tal vez suena “Almería” en los altavoces, una de las páginas más misteriosas y melancólicas de Albéniz. ¿Cómo de lejos puede llevarnos una peregrina conversación, cuando más cerca estamos? Tan lejos como un poema de David Rosenmann- Taub, que se encabalga a la partitura y tritura el nombre hasta convertirlo en una propiedad, a la vez de armas y de almarios: “en el vientre de la noche está el sol: / el deseo del deseo”[6]ROSENMANN-TAUB, David: Alm-ería. Pre-Textos, Valencia, 2017, p. 13.. Y en torno a dicha lejanía extrema, que se entrecruza con el testimonio del propio proceso creativo, del azar como bendición o condena (Alzamora es pintor), con la música pop que hace el tataranieto o con el recuerdo de una visita a la tumba de Walter Benjamin en Port-Bou, se dibuja la naturaleza irrepetible, la singularidad del libro mismo como artefacto. Una singularidad que seguiría siendo atractiva aunque fuésemos sordos o la gloriosa excelencia del músico nos resultase sólo una anticuada remanencia de nuestra infancia sonora.

Esa lejanía ya no identifica a “Suite Albéniz” con un álbum de fotos familiar, ni tampoco con la variedad más previsible de una forma musical, que tal vez ya no tiene futuro, que ha perdido sus prestigios en una zona fría de tránsito histórica, en ese no lugar que llamamos “hoy” no sin cierta dosis de exageración. No, lo lejano me recuerda más bien, desde el inicio y desde luego a partir de la mención a Walter Benjamin, al extraño e inclasificable Atlas Mnemosyne de Aby Warburg. Ese que el pensador Massimo Cacciari, para hacerse cargo de la fragilidad de todas las cartografías de la memoria, describió como i molti rinascimenti. Por mucho que intentemos determinar una continuidad del proyecto de Warburg en la historia de la iconografía, como lo ha hecho por ejemplo Carlo Ginzburg, tan poco apto para ciertas místicas de la modernidad[7]GINZBURG, Carlo: De A. Warburg a E.H. Gombrich. Notas de un problema de método, en Mitos, Emblemas e Indicios. Gedisa, Barcelona, 1989, pp. 38-93.. En efecto, son muchos los renacimientos. Demasiados como para eludir lo que hay en ellos de mero azar, de conexión volátil o artificiosa. Porque todo cuenta, todo merece ser contado. Y de esta manera jamás podrán salirnos las cuentas. Salvo como fulguración y como shock, igual que un paseante que se extravía en un mapa virtual de la ciudad, trazado con todos los pasos que diera otro paseante no menos perdido.

En el caso de “Suite Iberia”, su naturaleza de objeto hallado, de artefacto ornado con un aura intransferible, viene determinado por el dibujo de Eduardo Arroyo sobre Albéniz, y que se repite en diferentes formatos o variaciones al menos tres veces, y en el epílogo poético de Luis García Montero, mucho menos inquietante que esa carta escrita desde ninguna parte que es la “Alm- ería” de Rosenmann-Taub. ¿Por qué no habríamos de aceptar esas agregaciones de materiales, en gran parte tan llamativas al oído? El futuro de una forma, aunque parezca en franco declive, consiste en que podamos rellenar huecos, por ejemplo entre Wagner y Debussy, como hizo con noble belleza Isaac Albéniz. Y eso es lo que hace Alzamora con su libro. Porque rellenar huecos no es determinar una dirección sino, más bien, ensanchar la vida.

Título: Suite Albéniz
  • Autor/es: Alfonso Alzamora
  • Editorial: Turner Libros
  • Nº de páginas: 160
  • Encuadernación: Rústica con solapas

Referencias   [ + ]

1. ”Álbum” en LIHN, Enrique: Algunos poemas. Ocnos, Barcelona, 1972, p. 71.
2. ALZAMORA, Alfonso: Suite Albéniz. Turner, Madrid, 2018, p. 14.
3. JANKÉLËVITCH, Vladimir: La presencia lejana. Albéniz Séverac Mompou. Ediciones del Bronce, Barcelona, 1999, p. 21.
4. Suite Albéniz, p. 88.
5. Ob.cit. p. 132.
6. ROSENMANN-TAUB, David: Alm-ería. Pre-Textos, Valencia, 2017, p. 13.
7. GINZBURG, Carlo: De A. Warburg a E.H. Gombrich. Notas de un problema de método, en Mitos, Emblemas e Indicios. Gedisa, Barcelona, 1989, pp. 38-93.
Julio García Caparrós

Un comentario

  1. “En 2016, después de realizar un mural de cerca de cuatro metros de altura en el Museo Isaac Albéniz de Camprodón, un collage fotográfico con 42 imágenes de la vida y el entorno del compositor, surgió de manera natural un relato al que solo le faltaba la palabra”. Este es el punto de partida de Suite Albéniz, que llevaba el subtítulo “El día que Rosa Torres-Pardo y yo ejercimos de bisnietos de Isaac Albéniz”. Mi editora no me lo dejó poner. Y es una lástima, porque anticipaba el valor narrativo de las imágenes, que me parece reseñable (son algo más que ilustraciones), y el tono “fresco” (como lo llamó Jorge de Persia) del libro. Además, este enunciado es una de las tesis del libro: la consanguinidad no es imprescindible para ser descendiente de Albéniz. De hecho, son pocos los descendientes que pueden alardear de ello. Yo, desde luego, no soy uno de ellos; en cambio, Rosa merece ser considerada como tal.
    Como muy bien apuntas en algún lugar de este bello e intenso artículo, el legado más importante de Albéniz es su música, pero su vida da mucho juego y disfrutamos narrando anécdotas mientras tomamos un té con tazas de porcelana en un salón de su querido París. O un whisky, apoyados en la barra de un bar en el casco viejo de Almería. O mientras degustamos un arroz a banda en la terraza de un restaurante mirando al mar, frente al muelle griego de Sant Martí d’Empuriès. Una cosa lleva a otra y acabamos hablando de procesos creativos, de su compromiso con la música y con el género humano, de poesía: “en el vientre de la noche está el sol: / el deseo del deseo”. De belleza.
    Me ha encantado leer que “después de terminar el libro uno tiene la impresión de haber estado más cerca de este creador”, porque esta era mi intención (hay otras intenciones, pero eso ya lo sabes). Y gracias también por escribir frases como esta: “…igual que un paseante que se extravía en un mapa virtual de la ciudad, trazado con todos los pasos que diera otro paseante no menos perdido.”

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