El conocimiento y las vacunas contra el covid-19

Se entiende por conocimiento toda la comprensión obtenida a través del estudio o la experiencia de todos los seres humanos a lo largo de su historia. En otras palabras, es consecuencia de la insaciable curiosidad y la capacidad de pensar que caracteriza a la especie humana. El conocimiento, como bien común de la humanidad, no pertenece a nadie, es de todos y todos pueden contribuir a su crecimiento.

Los fundamentalistas del libre mercado han convertido el conocimiento en una mercancía –las patentes- que, como tal, proporciona grandes ganancias a aquellas grandes empresas que trafican con él haciendo que no puedan disfrutar de él aquellos que no tengan dinero. Sin embargo, no se trata solo de dinero, el sistema de patentes es altamente peligroso porque conduce a una falta de circulación de conocimientos. La suspensión de las patentes permite colaborar, compartir la investigación, producirla de forma masiva, que más investigadores garanticen que la vacuna contra el covid-19 es segura e incluso poner un precio justo.

Los últimos acontecimientos están poniendo de manifiesto la urgente necesidad de cambiar el sistema económico-social, en otras palabras, abandonar el sistema de elección racional, y ello, principalmente, porque no está avalado por ninguna investigación en Psicología y Neurociencia. Estas investigaciones han puesto de manifiesto que el ser humano, Homo Sapiens, es empático y social, por naturaleza. Por eso ha sobrevivido hasta ahora. Se habla mucho del egoísmo, pero se olvida, se ignora que ese egoísmo no es innato, sino impuesto por una determinada cultura, la cultura del capitalismo.

Para la gestión de esta «nueva mercancía» se incluyó, dentro de la Organización Mundial de Comercio (OMC) el Acuerdo sobre Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC). En estos momentos, ello está conduciendo a un modelo injusto e insostenible de fabricación de una vacuna contra el covid-19.

Este proceso es realmente mucho más peligroso de lo que parece. Su peligrosidad se debe, por un lado, a que conduce a una falta de circulación de conocimientos, es decir, dificulta el avance científico; y, por otro, a que sus aplicaciones técnicas no se dirigen a aquellas cosas que pueden mejorar la vida humana, sino a aquellas que las empresas consideran que, con una adecuada propaganda, pueden proporcionar mayores ganancias.

Economía vs salud

¿Qué ha sucedido estos últimos años en la Tierra para que abunden los seres humanos que persiguen ganancias económicas por encima de todo, incluso por encima de la vida de otros seres humanos? ¿Cómo ha sido posible este retroceso en el proceso de humanización? ¿Cómo podemos enderezar la situación?

El 2 de octubre de 2020 India y Sudáfrica, con el copatrocinio de Kenia y Eswatini, presentaron a la OMC una solicitud de suspensión temporal de los derechos de propiedad sobre cualquier tecnología, medicamento o vacuna contra esta enfermedad, al menos, hasta que se consiga la inmunidad de grupo global, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula en el 70% de la población del planeta. Esta suspensión de patentes permite compartir la investigación, producirla de forma masiva, que más investigadores garanticen que la vacuna es segura e, incluso, poner un precio justo.

Sin duda esta suspensión sería una oportunidad para tomar acciones concretas que ayuden a prevenir la trágica repetición del pasado comportamiento de la industria farmacéutica.

Según expone Jeremy Rifkin, uno de los pensadores sociales más célebres de nuestra época, en su libro La sociedad de coste marginal cero. El Internet de las cosas, el procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo (Paidós, 2014), «La transición de la era capitalista a la Era Colaborativa va cobrando impulso en todo el mundo, y es de esperar que lo haga a tiempo de restablecer la biosfera y de crear una economía global más justa, más humanizada y más sostenible para todos los seres humanos de la Tierra en la primera mitad del siglo XXI». (Rifkin denomina «procomún» lo que hasta ahora he denominado «bien común de la humanidad». Según el Diccionario de la Lengua Española, la palabra «procomún» significa «utilidad pública» y añade «el procomún debe ser respetado por todos los ciudadanos»). Con la aparición del covid-19, se ha convertido en urgente «la transición de la era capitalista a la Edad Colaborativa». Todos navegamos en el mismo barco, debemos estar unidos y colaborar para hacer frente a los problemas que nos surjan. En este caso, la aparición del virus covid-19.

En la página web de Médicos Sin Fronteras, he leído que el 14 de enero de este año, junto con más de 100 organizaciones académicas y expertos en salud se envió una carta dirigida a los responsables de quince compañías farmacéuticas exigiendo transparencia, compromiso y la puesta en común de su conocimiento para asegurar un acceso un acceso global, justo y equitativo de vacuna de la covid-19.

La iniciativa COVAX

No aceptada la propuesta de India y Sudáfrica, para garantizar la equidad en la distribución de la vacuna se ha creado un mecanismo internacional –COVAX- Fondo de Acceso Global para Vacunas contra el Covid-19; una alianza lanzada en abril de 2020 cuyo objetivo era garantizar 2.000 millones de dosis de una vacuna eficaz para finales de 2021. Antes que finalice este año se tendrán que haber reunido los recursos suficientes para poder financiarla.

La iniciativa COVAX se erige como una respuesta a la pandemia, impulsada por la ONU, la OMS, o la propia Unión Europea. Algunos actores clave del sistema internacional, como EE. UU. y Rusia, se han desmarcado de esta iniciativa replegándose en mensajes y políticas nacionalistas que concentran esfuerzos y recursos en su propio abastecimiento. China, por su parte, anunció recientemente su adhesión a COVAX. Todavía no se sabe si se conseguirá el dinero necesario

Según la prensa nacional (El País, 30 de enero de 2021), «La Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés) dio ayer su visto bueno a la autorización condicional de comercialización de la vacuna de la farmacéutica AstraZeneca, que se convierte en el tercer fármaco contra la covid-19 que recibe su luz verde, después de los de Pfizer BioNTech y de Moderna. […] La polémica sobre la vacuna de AstraZeneca, que como la de Pfizer, necesita la administración de dos dosis para ser efectiva, ha salpicado también, durante esta semana, a su supuesta eficacia en personas mayores de 65 años, tras una filtración en la prensa alemana –mal interpretada por los medios- y tras el borrador de un informe del Instituto Robert Koch –la referencia en Alemania para enfermedades infecciosas-, que hablaba de la falta de datos para la población con más de 65. Finalmente, este organismo recomendó ayer no administrar la vacuna a los mayores de esa edad en su informe definitivo». (Título de la noticia, «Europa suma otra vacuna a su arsenal contra el covid»)

La necesidad de la empatía

¿Qué pensar, cuando cada vacuna está protegida por una patente y el principal objetivo –ampliamente demostrado- de las farmacéuticas es ganar dinero? Son vacunas diferentes, ¿cuál de ellas es la mejor? Para colmo de males, en el mismo periódico redunda en la misma noticia con el título «Alemania desaconseja en mayores de 65 la vacuna de AstraZeneca», «El Instituto Robert Koch […] dice que no hay datos suficientes sobre su eficacia desde esta edad». Y más todavía. «Se trata de seis laboratorios con los que el Ejecutivo comunitario ha acordado la adquisición, a cambio de un adelanto de dinero, de 2.300 millones de dosis». Seis laboratorios con seis vacunas diferentes y precios distintos. Repito, ¿alguna de ellas es realmente eficaz?

Todo lo anterior sin pensar en los países que no tienen el dinero suficiente para comprar la vacuna. ¿Dónde está la empatía global necesaria para salvar la Tierra y evitar el derrumbe de la civilización? ¿Cómo es posible este retroceso en el proceso de humanización? ¿Cómo enderezar la situación?

Eudald Carbonell, codirector del Proyecto Atapuerca y director general de la Fundación Atapuerca, uno de los artífices del Museo de la Evolución Humana, creado en Burgos, obsesionado con la evolución humana y su futuro, ha afirmado en distintos medios de comunicación que «la covid-19 es el último aviso y sin conciencia crítica de especie, a la próxima la humanidad colapsará». Indica que «para superar este momento y evitar otras situaciones similares en el futuro, hay que establecer mecanismos de colaboración y de interdependencia en el planeta».

En la misma línea, Jeremy Rifkin en su libro La civilización empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis (2010), señala: «Quizá la cuestión más importante a la que se enfrenta la humanidad es si podemos lograr la empatía global a tiempo para salvar la Tierra y evitar el derrumbe de la civilización».

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