El conflicto palestino: el interminable infierno de Tierra Santa.

Jerusalén, cúpula de la roca, en el fondo la iglesia del Santo Sepulcro. Wikimedia Commons.
Jerusalén, cúpula de la roca, en el fondo la iglesia del Santo Sepulcro. Wikimedia Commons.

Se levantaron pueblos judíos en los lugares donde estaban los pueblos árabes. Ni siquiera conocéis los nombres de esos pueblos árabes, y no os culpo, porque ya no figuran en los libros de geografía, ni tampoco existen aquellos pueblos árabes. Moshe Dayan, politico y militar israelí, 1915-1981

Esta frase del conocido militar hebreo pronunciadas en 1947 a modo de arenga en el Technion, el Instituto Tecnológico de Israel, ejemplariza de forma bastante explicita lo que acabaría siendo el genocidio palestino. Más de siete décadas después de aquello, quizá no habremos vuelto a contemplar en los últimos años mayor gesto de obscenidad en la política que el de la reciente inauguración de la nueva embajada de EE.UU. en Jerusalén en medio de todo tipo de celebraciones y agasajos mientras a solo un centenar de kilómetros el ejército israelí reprimía a tiros y con sospechas incluso de otros alardes, las manifestaciones del pueblo palestino organizadas en contra de dicho acto y por los 70 años de ocupación de sus tierras. El resultado: más de un centenar palestinos muertos y más de un millar de heridos. Una vez más munición de guerra contra palos y piedras y con la impunidad manifiesta que caracterizan hechos como éste al estado de Israel.

Sería casi interminable hacer un recorrido por todo lo sucedido desde que se declararán abiertamente las hostilidades entre palestinos e israelíes un año más tarde del discurso de Dayan, a partir de la independencia de Israel en 1948, pero entendemos la necesidad después de 70 años de un drama que ha causado decenas de millares de víctimas de bucear al menos un poco en el tiempo, a fin de comprender como se ha llegado a la situación actual.

Las raíces del conflicto se remontan al SXIX, cuando al amparo de los movimientos nacionalistas que acabarán acomodando el mapa político europeo aparece el sionismo, un movimiento de carácter laico que pretende dar cobijo y reagrupar a los judíos que se encuentran repartidos por todo el mundo -consecuencia de las repetidas diásporas que les ha deparado la historia-, en las tierras de sus ancestros: la Tierra Prometida, la tierra que según la Biblia le fue prometida por Yahvé a Abraham. Un territorio que, en cualquier caso, puede decirse que desde los tiempos de Salomón nunca ha gozado de reconocimiento alguno, ocupado entonces y desde el SXVI por los otomanos y desde tiempos remotos por los sucesivos imperios que han dominado la región.

A finales del SXIX, cuando las corrientes migratorias empiezan a coger auge fruto del movimiento sionista en dirección a esas tierras, la llamada «Aliyá», la población judía de Palestina era de unas 25.000 personas por más de 500.000 árabes. La caída del Imperio Otomano tras su derrota en la 1ª. Guerra Mundial, trajo tras de sí la vigencia de la Declaración Balfour (1917), un documento extremadamente ambiguo que, por parte británica como administradora en esos momentos de dichos territorios, reconocía los derechos de los judíos sobre las tierras palestinas, aunque ni definía los límites de éstas por una parte ni especificaba de forma clara el reconocimiento en el mismo a las comunidades «no judías» que estaban asentadas en la zona desde tiempos remotos. Tras el fin de la guerra las potencias coloniales se repartieron Oriente Medio de una forma tan aleatoria que acabaría sirviendo de mecha a toda una serie de posteriores conflictos que tendrían lugar décadas más tarde y en el que el petróleo, descubierto también a finales del SXIX, jugaría un papel desestabilizador en la región muy al contrario de haber resultado en beneficio de toda la comunidad árabe.

Fue en el periodo de entreguerras cuando empezaron a producirse las primeras escaramuzas entre los primeros inmigrantes judíos y los antiguos pobladores, mayoritariamente árabes. Si bien existiera un deseo de la comunidad internacional por la coexistencia pacífica de ambos pueblos o por la partición legal del territorio, la presión de los poderosos e influyentes lobbies judíos norteamericanos fue, por una parte desacreditando la idea y por otra dotando de tal manera a los recién llegados que con el uso de malas artes, iban marginando poco a poco y desalojando de sus tierras a los árabes palestinos.

Haifa en 1898. Wikimedia Commons.

Palestina no era en absoluto una tierra vacía de habitantes. Contaba con una veintena de ciudades y con cerca de ochocientos pueblos construidos de piedra. La mayor parte de la población vivía de la agricultura, pero en las ciudades se dedicaba al comercio y a la artesanía, algunos aseguraban el funcionamiento de la administración, otros ejercían profesiones liberales (…). Los palestinos, cristianos y musulmanes, formaban una comunidad viva y orgullosa que ya había cruzado el umbral de un renacimiento intelectual y nacional. Compartían y expresaban los valores culturales y políticos de las metrópolis árabes vecinas. Mantenían, desde siglos atrás, relaciones comerciales con Europa y estaban en contacto con los europeos llegados en peregrinación a Tierra Santa (…). En vísperas de la maniobra sionista, los palestinos estaban tan profundamente apegados a su tierra como cualquier población urbana o rural del mundo. Walid Khalidi, historiador palestino, 1925

Así llegamos hasta 1947, cuando a través de la Resolución 181 de las Naciones Unidas se acuerda un plan para la partición de Palestina en dos estados. Sin embargo si bien la idea tiene cierto calado entre los judíos porque veían así la consecución de su añorado «hogar nacional», las características del nuevo estado dividido en tres áreas separadas sin continuidad lo hacían casi inviable. Por su parte la comunidad árabe se opuso frontalmente por cuanto el reparto de los territorios no se había producido en una justa proporción conforme a la población existente. Tanto es así que la Liga Árabe advirtió de inmediato que si el plan seguía adelante, actuaría con todos los medios a su alcance para evitarlo. Y así, el mismo día 15 de Mayo del año siguiente, cuando fue arriada la bandera británica que ponía fin al mandato de la potencia colonial sobre Palestina, ejércitos de Líbano, Siria, Irak y Egipto, declararon la guerra al recién nacido Estado de Israel.

Desde el día de la independencia israelí hasta hoy, el balance de víctimas es prácticamente incalculable ya que los sucesivos episodios bélicos y las acciones violentas, por ambas partes, con mayor o menor frecuencia e intensidad, no han dejado de producirse desde entonces. Sin embargo desde que, con la guerra del Yom Kipur de 1973 -al margen de otras paralelas como las diferentes guerras del Líbano en años posteriores-, desapareciera del conflicto el concepto de guerra convencional, la desproporción entre las fuerzas israelíes, dotadas de una extraordinaria potencia de fuego bajo el amparo de los EE.UU., y la capacidad operativa palestina es absolutamente desigual. De ahí que al levantamiento popular palestino contra las fuerzas de ocupación israelíes en Gaza y Cisjordania, la intifada, se le conozca también por “la guerra de las piedras” ya que este precario procedimiento es el medio más utilizado comúnmente por la población palestina para atacar y defenderse del ejército israelí. Más allá de esporádicos pero sangrientos atentados terroristas y los cada vez más aislados lanzamientos de los conocidos cohetes tipo katyusha, fabricados de manera artesanal por las milicias palestinas más extremistas.

Atentado palestino en Agosto de 2011, contra un autobús israelí con 7 víctimas mortales. Wikimedia Commons

Por su parte, el papel que ha jugado la comunidad internacional en todo el conflicto, desde antes incluso del inicio de las acciones violentas y poco más allá de un buen número de resoluciones de la ONU sin aplicación práctica, ha sido decepcionante. Además, con el transcurso del tiempo el conflicto se ha ido enquistado progresiva y exponencialmente a pesar de las innumerables negociaciones y acuerdos de paz habidos hasta la fecha, fruto de tantas décadas de enfrentamientos. Desde el momento en que los actos terroristas palestinos contra la población judía se entendieran como tales por parte de dicha comunidad de naciones, mientras que los bombardeos y las matanzas indiscriminadas sobre la indefensa población civil palestina se consideren por esta misma «acciones militares», ha sido y es imposible, de hecho, que el problema pueda entrar en vías de solución.

A pesar del éxito del proyecto sionista el año 1948, al ocupar la tierra y ahuyentar a la mayoría del pueblo palestino, por la fuerza de las armas y cometiendo grandes y pequeñas matanzas, cambiando los rasgos naturales y demográficos de la tierra, destruyendo 417 aldeas para demostrar que nosotros no habíamos estado nunca aquí ni habíamos existido, que no tenemos presente ni pasado, ni memoria… A pesar de ello, la verdad palestina sigue viva en la búsqueda por los árabes de su identidad y de su existencia en la historia. Sigue viva en el empeño de los pueblos subyugados en liberarse. Y esto es así gracias a nuestra firmeza corporal y cultural, a la conservación de nuestra memoria colectiva y nuestra dimensión árabe y humana. Mamad Darwix, escritor palestino, 1941-2008

La llegada de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU. ha venido a echar más combustible a un fuego que viene devastando no solo Palestina si no que con sus extensas ramificaciones ha alcanzado la totalidad de Oriente Medio con una infinidad de conflictos que se entremezclan entre sí desde 1948. El carácter irrespetuoso y desafiante de Trump se une ahora al del ultranacionalista y belicoso primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, que con provocaciones como la declaración de Jerusalén como capital del estado de Israel, vulnerando las decisiones de la ONU de los 80 y el traslado allí de la embajada estadounidense desde Tel Aviv, han vuelto a generar una nueva situación crítica en la zona cuyas repercusiones aún están por ver.

Por el momento las víctimas se cuentan ya por millares entre muertos y heridos a poca distancia del Muro de las Lamentaciones, el Santo Sepulcro y la Cúpula de la Roca, tres símbolos para cada una de las tres religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y el islam, que han hecho de Jerusalén ciudad sagrada y a la que los delirios de Netanyanhu y Donald Trump han hecho saltar de su estatus por los aires. Mientras tanto la comunidad internacional, especialmente la Unión Europea, se debate entre mirar a otro lado o evaluar de manera indefinida la situación sin mayores pretensiones. Su tónica habitual desde los inicios del conflicto, cediendo una y otra vez ante las acometidas israelitas y permitiéndole vilipendios inaceptables como la ocupación ilegal de los Altos del Golán en territorio sirio desde la Guerra de los Seis Días en 1967 o el desarrollo de un nada desdeñable arsenal nuclear no declarado, mientras curiosamente arremete contra su antagonista iraní en dicho sentido como si de un adalid del derecho internacional se tratara.

Unidad militar hebrea en Nablus 2ª. Intifada. Wikimedia Commons.

Muchos autores de la ficción literaria y cinematográfica han situado el inicio de la 3ª. Guerra Mundial en Oriente Medio, al albor precisamente del conflicto palestino-israelí. Si a esto añadimos la inestabilidad manifiesta en toda la región -el conflicto kurdo, la guerra de Siria, el inacabable problema iraquí, la guerra de Yemen o el fanatismo religioso enarbolado por radicales salafistas y chiitas, buena parte de todos ellos en medio de una de las mayores bolsas de petróleo del planeta-, la irrupción en escena de Donald Trump e incluso los sórdidos intereses en la zona del nuevo zar ruso Vladimir Putin, podrían darle aún visos más siniestros.

No cabe duda que, después de casi un siglo de desencuentros y ríos de sangre, la paz pasa por el reconocimiento mutuo de cada una de las partes implicadas en la disyuntiva palestina. Sin embargo su desigual resultado, el odio acumulado y el desarrollo de unos acontecimientos ensimismados en el cortoplacismo e intereses de facto, parecen quedar cada vez más lejos la esperanza de una paz estable y duradera que permita además el necesario desarrollo de su cultura, de sus pueblos y de sus gentes.

La paz no puede mantenerse por la fuerza. Solamente puede alcanzarse por medio del entendimiento. Albert Einstein, científico alemán de origen judío nacionalizado estadounidense (1879-1955).

Felipe Pozueco

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