El cerebro de Shakespeare

Si la semana pasada destacábamos una antología de narradores menores de treinta años que aspiran al establishment literario desde el escaparate de editoriales alternativas importantes, hoy quiero prestar atención a una producción teatral de una de esas compañías pequeñas que se mueven por muchos lugares de nuestro país impulsadas por jóvenes dramaturgos, directores e intérpretes con talento, nuevos cómicos de la legua que transportan con mucho esfuerzo y entusiasmo risas, dramas, ilusiones.

Desde Murcia, Traspiés Teatro trata de abrirse paso con El cerebro de Shakespeare desde hace algunos meses, una comedia de cuatro personajes en la que dos científicos contemporáneos, profesores de literatura, tienen en sus manos el cerebro de Williams Shakespeare y polemizan sobre la necesidad de abrirlo para entender mejor la esencia del pensamiento del personaje británico del milenio, mientras Shakespeare y Darwin, en otro plano, pasan las horas muertas en el purgatorio, a la espera del juicio final, jugando a las cartas, al ajedrez, a las damas, entre el cargo de conciencia del científico y la desvergüenza del escritor.

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Los privilegiados que asistimos a la representación en el espacio escénico de La Cúpula Recreativa en La Carabassa, cúpula hexagonal en el campo alicantino, entre Elche y Alicante, próximo al mar, que es la culminación del sueño de un hombre de teatro, Manuel de la Dueña, contemplamos una comedia crítica que busca la carcajada cómplice del espectador inteligente a través de la disputa entre la razón de la ciencia y la sinrazón de la literatura y la parodia de una academia científica que secciona cerebros, que ahoga ideas y que se aleja de la humanidad de los personajes que analiza.

Un programa de radiofónico vota al personaje británico del milenio en 1999. Shakespeare, literato, gana a Churchill, a Darwin, a Caxton. A ritmo de baile los personajes cambian su ropa. A golpe de música y luz se crean los dos ambientes con los que se aprovecha el espacio escénico. Por un lado, Darwin y Shakespeare sentados en una mesa, en el purgatorio, plantean la reflexión sobre la ciencia y el arte y consiguen la carcajada en el extremo de los argumentos. Un Darwin acomplejado por su error científico frente a un Shakespeare desenfadado y ganador.

Por otro lado, el doctor Smog y la doctora Blather discuten sobre la conveniencia de abrir el cerebro que tienen en sus manos. El doctor Smog trama robarlo para participar en una subasta y la doctora Blather está obsesionada por conocer el pensamiento de su amado dramaturgo. Ambos perfilan la parodia de la obra en su dialéctica y a partir de la exageración de sus caracteres (vestuario, gestualidad, maquillaje). Risas aseguradas y una reflexión crítica final acerca del embotellamiento de la literatura y sus textos después del cercenamiento del cerebro de Shakespeare.

Por la escena suenan los tópicos más comunes acerca de la obra y el carácter del escritor frente a la incrédula y casi paranoica reacción de un Shakespeare que ha saltado desde el purgatorio para comprobar por qué han manipulado su cerebro. El dramaturgo asiste a una escena final del argumento desternillante en la que los profesores se dirigen a sus alumnos con una parte del cerebro en una mano y un libro en la otra y el bis cómico del propio Shakespeare que corrobora o se indigna ante las afirmaciones sobre su persona y su obra.

Humor, sobre todo humor, la de la compañía Traspiés Teatro. Un golpe de comedia crítica en estos tiempos críticos. Mucha mierda.

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La Cúpula Recreativa

Victor M. Sanchis

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