El alucinado Wols

Wols, Sin título, 1942. Colección Particular.

París, 1951. En un cuarto de hotel, sobre la cama, un personaje visiblemente cascado se aplica a la pintura en sus últimos instantes de vida, tras pedir marcharse del hospital. ¡Cualquier sitio es mejor que una cama de hospital! Se trata de Alfred Otto Wolfgang Schulze (Wols), lleva semanas enfermo y no considera la reclusión entre cuatro paredes blancas como una alternativa deseable a la muerte. Estamos ante uno de los artistas más jugosos del siglo XX, pero también un gran desconocido para el público. Vamos a tratar de bucear un poco…

La figura de Wols (Berlín, 1913), creador inclasificable vinculado al Informalismo y Tachismo,[1]Más bien los prefigura, pues Wols no se adhiere a ninguna etiqueta. fue marginal en su tiempo y lo sigue siendo todavía. Pintor, fotógrafo, poeta, grabador… Wols desarrolló una extensa obra en la que el pesimismo existencial propio a su contexto (la Europa de la II Guerra Mundial) se entremezcla con inquietudes espirituales que lo acercarían al pensamiento oriental. Un mundo en ruinas exigía una nueva mirada, nuevas respuestas, y él las buscará allá donde siempre se han buscado: primero en el cielo, en el cosmos, y luego en sus propias profundidades, un camino que le llevará también al campo de lo lisérgico y de lo visionario. Todo ello encuentra eco en sus pinturas, acuarelas y dibujos abstractos, fruto del eterno esfuerzo artístico por traducir lo inexpresable, pues las estrellas, como el alma, acostumbran a revelar en el silencio…[2]Aunque produjo algunos lienzos de tamaño considerable en su última etapa, Wols será principalmente un pintor de acuarelas y óleos de pequeño formato, así como dibujos, bocetos… Fue además un notable fotógrafo. Aquí me centraré en el Wols pintor y, particularmente, en el Wols abstracto de 1940 en adelante.

Wols, El fuego, 1947-49. Colección Particular.

Su vida fue un erial sembrado de circunstancias adversas. Optó por marcharse, como tantos otros, de la inminente Alemania nazi en 1932. El inicio de la Guerra Civil Española lo encuentra en 1936 en Barcelona, y de ahí será deportado a Francia. Se instala en París con ayuda de Fernand Léger, pero al estallar la guerra con Alemania en el 39 su origen germano le costará un año de encierro en sucesivos campos de internamiento, donde coincidirá y trabará amistad con Marx Ernst y Hans Bellmer. Tras casarse en 1940 podrá huir a Cassis con su pareja, Gréty Dabija, en condiciones muy difíciles… Sobrevive a la guerra, pero pasará los años restantes en la bohemia, con un precario estado de salud y un más que tímido éxito en el plano artístico. Su matrimonio se derrumba. Pese a todo esto, al tiempo que lidiaba con el absurdo de la existencia,[3]Incluso su amigo Jean Paul Sartre, el rey del Existencialismo, verá y admirará en Wols al prototipo del individuo outsider y desencantado que avanza inexorable hacia su propia extinción. mostrará un gran entusiasmo por la poesía china y por el Taoísmo, el cual queda reflejado en sus aforismos y poemas anotados en papelitos que iba guardando en una bolsa; en ellos aflora un anhelo de armonía con el Todo.

[Izda.] Wols, Autorretrato, 1937. VG Bild-Kunst. [Dcha.] Wols, Autorretrato salvaje, 1947. Colección Particular.

Así, la abstracción en Wols es bidireccional. Por un lado conlleva la imposibilidad de representar, desde los cánones clásicos del arte, el horror de la guerra y sus consecuencias, una tierra cubierta de escombros y de cadáveres en donde, junto a innumerables tragedias personales, han aparecido las fotografías de los campos de exterminio nazis o se ha lanzado la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki (cuyos cuerpos mutilados son tan horripilantes como los de los Auschwitz, por mucho que los 70 años de marketing yankee lo hayan soslayado); por otro lado, encontramos esa misma dificultad a la hora de plasmar los paisajes espirituales o internos, de naturaleza esquiva. Mucho cuidado, porque hablar aquí de «paisajes espirituales» no implica apelar al ecosistema apacible de formas geométricas, líneas y colores brillantes que veíamos en la pintura abstracta de principios del siglo XX, al contrario, un mundo roto dejará igualmente su impronta en un alma rota, agotada y perpleja. Poco tiene que ver por tanto la propuesta estética de Wols con la de Kandinsky, Jellet, Kupka, Delaunay, etc., para quienes la pintura transcurría por las avenidas de la quietud y de la especulación metafísica. Esta manera de entender el arte, que conoció perfectamente en su juventud gracias a la relación con László Moholy-Nagy, pintor, fotógrafo y maestro de la Bauhaus, tendrá poco que hacer contra un mundo en llamas y un artista destinado a marcar su propio y desgarrador camino.

[Izda.] Christer Strömholm, La niña ciega, Hiroshima, 1963. [Dcha.] Mainie Jellet, Pintura, 1938. Ulster Museum.
Wols, Composición, 1948. Museo Reina Sofía.

Wols trabaja desde la visceralidad y la emoción, atacando al lienzo, arañándolo, manchándolo,[4]«Mancha» en francés es tache, de ahí la denominación de Tachismo para este tipo de pintura. lo cual no significa en ningún caso que fuese un artista rabioso con escasa o nula preocupación por cuestiones filosóficas, pero sí da cuenta de la caducidad de muchos de los planteamientos e ideales previos a la II Guerra Mundial, que habían llegado incluso a concebir la Gran Guerra anterior como un bautismo de fuego que alumbraría a un mundo redimido, más sabio y más justo. Todo eso se ha vaporizado en 1945. Wols será un artista profundamente humano, sensible y espiritual, pero con muy pocos argumentos a favor de la esperanza. En él ya no hay rastro de idealismo…

Durante la década de 1940 tiene depresiones, es prácticamente alcohólico y sufre delirios que le llevan de viaje hacia sus abismos subconscientes, habitados por luces y tinieblas, fantasmagorías y divinidades… En este sentido constituye una personalidad análoga en muchos aspectos a la de ese otro gran alucinado que fue Henri Michaux (1899-1984),[5]Sobre Michaux apareció en esta misma revista un gustoso artículo de la mano de Daniel Arana titulado «Hacia lo solo: a propósito de Henri Michaux». Enlace: https://amanecemetropolis.net/el-camino-hacia-lo-solo-una-nota-sobre-michaux/ coetáneo suyo y compañero de inmersión a través del infinito turbulento.[6]El infinito turbulento (1957) es un libro de Henri Michaux sobre sus experiencias con la mezcalina y el L.S.D. Algunas fuentes especulan con que también Wols habría recurrido a este tipo de sustancias psicoactivas en alguna ocasión. En ambos subyace la misma necesidad de excavar en sí mismos, de configurar sus propios símbolos, idéntica desesperación ante una fractura interna irreconciliable. Pintan para librar su alma.

Henri Michaux, Sin título, 1945-46. Colección Particular.
Wols, Sin título, 1937-50. Tate Gallery.

Hasta cierto punto, ninguno son solo pintores abstractos, sino cazadores de monstruos (del latín monstrum: prodigio, maravilla; y este a su vez de mostro: mostrar). De hecho, existe la opinión de que la pintura de Wols no debería calificarse simple y llanamente como «abstracta», sino que en ella se muestra una realidad (ya sea externa o interna) destruida y desdibujada por la Humanidad; es el retrato hiperrealista de una barbarie que no tiene forma. Con todo, siempre dual, Wols hace gala también de su influencia taoísta, que le impide negar por completo la Naturaleza. Así, ese «imaginario de la desintegración» abundará en reminiscencias orgánicas y biomorfas (otro rasgo compartido con Michaux).[7]Tanto Wols como Michaux apreciaron asimismo la obra de Paul Klee y su improvisación psíquica, a quien adeudan en parte ese gusto por las formas orgánicas y espontáneas. El artista, en su espontaneidad, aspira a crear igual que lo hace la vida, no como una copia, sino emulándola en sus procesos: «El arte nunca terminará ─ escribe Wols ─ porque el universo y la naturaleza son infinitos. Ellos nunca han terminado. La naturaleza es arte».

Toda su obra pictórica participa de estos juegos formales. Sus composiciones abstractas tienen algo de «vivo» y hasta de «viscoso» (¡pero sabroso!), mientras que las figurativas dan a menudo la impresión de combatir su propia laxitud, como a punto de deshacerse, algo que probablemente ocurriría si la pincelada agresiva y cargada de su autor no las fijase bien al soporte; en ocasiones, solo el título de la pieza nos permite intuir lo representado.

Wols, Sin título, 1939-41. MoMA New York.
Wols, El fantasma azul, 1951. Museum Ludwig.

No conviene sin embargo acusar a Wols de cripticismo o de alarde intelectual en sus propuestas, muy al contrario, quería dotar a la pintura de un valor universal, y, si bien es cierto que la abstracción previa ahondó en reflexiones y lecturas de regusto hermético (H.P. Blavatsky, Webster Leadbeater, Rudolf Steiner, etc.),[8]Todos ellos autores de carácter esotérico y vinculados a sociedades ocultistas como la Teosofía o la Antroposofía. en Wols prevalecerá una visión cruda e irónica del mundo. Además, aún en su vertiente mística, adopta la clara sencillez del Taoísmo, más intuitiva que teórica pese a sus amplios conocimientos sobre el tema.[9]Así lo demuestran sus poemas y aforismos, de los que se desprende un importante grado de profundidad en su comprensión de las ideas, no solo taoístas, también cristianas y herméticas.

Innegables son en cambio las cualidades alucinatorias (o alucinadas) de sus imágenes… Como ya adelantaba, desde el inicio de la guerra y hasta su muerte, Wols se embarca en un proceso autodestructivo donde la depresión y la bebida se combinan con simulacros de iluminación espiritual, pero también descensos al infierno. No en vano el alcohol ha sido siempre una droga vinculada a contextos rituales y esotéricos.[10]Los incas bebían la chicha en honor de sus dioses, los antiguos griegos el kykeon durante los misterios de Eleusis, los cristianos siguen encontrando en el vino la mismísima sangre de su dios, los indios quiché tenían a sus míticos cuatrocientos jóvenes ebrios… Los ejemplos son infinitos. De él contará su amiga Simone de Beauvoir que todos los días tenía preparado un litro de aguardiente y que jamás lo conoció sobrio.

Si, como dice William Burroughs, «la degradación nunca está muy lejos de la revelación» (Yonqui, 1953), en el caso de Wols a esto cabe añadirle su contacto con los surrealistas, esa vanguardia enraizada en el inconsciente que reinó sobre todas las demás en la década de 1930. Hay en él claros indicios del automatismo defendido por André Breton y sus secuaces, así como del recurso a lo onírico; una primera fase de los sueños, por ejemplo, y de otros estados visionarios (como los producidos por plantas psicoactivas), consiste en la percepción de una serie de fenómenos ópticos como fosfenos, geometrías, líneas en zigzag, curvas… que en un estado de trance más avanzado acaban por transmutarse en seres vivos e hibridaciones varias. Todo eso puede detectarse en la pintura de Wols, quien por lo demás trascenderá ampliamente las poéticas del Surrealismo, al que estuvo más próximo en sus primeros años, para convertirse en un verdadero «alucinado», mezcla del griego aluein (caminar, vagar) y el latín lux (luz), es decir, en un vagabundo de la luz, lo que conlleva siempre su mitad de sombra…

[Izda.] Wols, Objetos flotantes (la banana), 1932. Colección Particular. [Dcha.] Joan Miró, Retrato de Mrs. Mills, 1929. MoMA New York.
[Izda.] Wols, Los otros bajo el puente, 1938. Museo Reina Sofía. [Dcha.] Giorgio di Chirico, Las musas inquietantes, 1960 (el lienzo original es de 1916). Galleria Farsetti.

Alfred Otto Wolfgang Shulze pertenece a ese peculiar género de artistas visionarios como Hildergard von Bingen, El Bosco, William Blake o Hilma af Klint, que parecen haber realizado viajes de ida y vuelta hacia dimensiones desconocidas, salvo que él, herido en lo más profundo, se arrastrará hasta ellas como una bestia moribunda en busca de refugio. Todo en él está roto (incluso su nuevo nombre, Wols, lo entresaca de un telegrama roto), pero es justamente en esa fractura donde se produce el contacto. Un alma resquebrajada no tiene nada en este mundo capaz de rellenar las grietas; Wols nos enseña sin miedo ni retórica esas grietas, todavía sangrantes, brillantes, y es allí, ante un precipicio en el que nada sobrevive, excepto dioses y monstruos, que nos adentramos en nuestra propia ausencia, sin rumbo, hacia no se sabe qué encuentros…

En Agosto de 1951, con 38 años, sobrio y disfrutando de cierto éxito artístico, el pintor cae gravemente enfermo por una intoxicación alimentaria mal diagnosticada que le lleva a ser hospitalizado. El 31 de ese mismo mes, con la muerte completamente asumida, pide abandonar el hospital: pasará su último día en el lujoso Hotel de Montalembert junto a Gréty, según la leyenda, pintando hasta el final. Wols nunca había dejado de buscar.

Wols, Lo inacabado, 1951. Colección Particular.

«Los ojos abiertos los
ojos cerrados
encontramos
incluso en el hastío
en el abismo y en el tedio
encontramos…»

(Wols, Aphorismes de Wols, 1989)

Referencias   [ + ]

1. Más bien los prefigura, pues Wols no se adhiere a ninguna etiqueta.
2. Aunque produjo algunos lienzos de tamaño considerable en su última etapa, Wols será principalmente un pintor de acuarelas y óleos de pequeño formato, así como dibujos, bocetos… Fue además un notable fotógrafo. Aquí me centraré en el Wols pintor y, particularmente, en el Wols abstracto de 1940 en adelante.
3. Incluso su amigo Jean Paul Sartre, el rey del Existencialismo, verá y admirará en Wols al prototipo del individuo outsider y desencantado que avanza inexorable hacia su propia extinción.
4. «Mancha» en francés es tache, de ahí la denominación de Tachismo para este tipo de pintura.
5. Sobre Michaux apareció en esta misma revista un gustoso artículo de la mano de Daniel Arana titulado «Hacia lo solo: a propósito de Henri Michaux». Enlace: https://amanecemetropolis.net/el-camino-hacia-lo-solo-una-nota-sobre-michaux/
6. El infinito turbulento (1957) es un libro de Henri Michaux sobre sus experiencias con la mezcalina y el L.S.D. Algunas fuentes especulan con que también Wols habría recurrido a este tipo de sustancias psicoactivas en alguna ocasión.
7. Tanto Wols como Michaux apreciaron asimismo la obra de Paul Klee y su improvisación psíquica, a quien adeudan en parte ese gusto por las formas orgánicas y espontáneas.
8. Todos ellos autores de carácter esotérico y vinculados a sociedades ocultistas como la Teosofía o la Antroposofía.
9. Así lo demuestran sus poemas y aforismos, de los que se desprende un importante grado de profundidad en su comprensión de las ideas, no solo taoístas, también cristianas y herméticas.
10. Los incas bebían la chicha en honor de sus dioses, los antiguos griegos el kykeon durante los misterios de Eleusis, los cristianos siguen encontrando en el vino la mismísima sangre de su dios, los indios quiché tenían a sus míticos cuatrocientos jóvenes ebrios… Los ejemplos son infinitos.
Sergio Lasmarías

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