El aire turbio

I.

Haiku e ilustración, Chus

Un buen haiku dice todo lo que quiere decir. No provengo de esta tradición, ni soy muy ortodoxa, ni he escrito más de este haiku en la vida. Así que, si quieres, hasta aquí puedes leer. O bien, aquí se rompe el 5-7-5 y su interior se despliega.

Viejas. Las que estaban ahí, para otres, y no quisimos ver y menos derribar.

Espinas. Alambre. Vallas. Fronteras. El Mar de Alborán. Barajas. La provincia. Tu portal.

En otoño, en este tiempo, ahora. Nos rozan. Nos pinchan. Nos erizan y arañan. Nos atraviesan. ¿Nos interpelan?

Claustrofobia. Atrape. Enfado. Impotencia. Frustración. Miedo. Tristeza. Resignación. Apatía.

Nuestra piel blanca, suave, libre de pecado, ideal de belleza y salud. Libre. Mi piel blanca, lejos de estar acostumbrada a ser el blanco de fronteras y espinas, sintiendo a mil revoluciones en este tiempo arrastrado e interminable. La OMS se preocupa porque la población europea se fatiga, se agota, tras 8 meses de aguante pandémico. El resto de la población mundial no sabemos cómo se lo estará tomando, claro que, gran parte, está más hecha a las fatigas. Atlántico, Octubre: 480 personas muertas en solo una semana, jóvenes que iban de Senegal a Canarias.

II.

El verso se fue enreversando y se mostró vestido de complejo escenario y algorítmicas acciones, mientras en el trasfondo la maquinaria respondía a las normas de (los de) siempre. ¡Viva el mal, viva el capital! Siempre ha habido pobres. Salvemos la Navidad. Cíclicamente las catástrofes naturales merman la población mundial (en general, no de hemisferios en particular).

Más del 40% de las inversiones reales del Estado serán destinadas a gasto militar, según planifican los Presupuestos Generales del Estado para 2021.

Asistimos a una suspensión y recorte de muchos de nuestros derechos en nombre de una causa mayor, común y global. Un peso enorme que cargamos sin ver a las instituciones asumirlo en la misma proporción ni poniendo en el centro a las personas y la salud. Un stand by de derechos fundamentales que hemos aceptado mayoritaria y civilizadamente. También puede ser que se me haya pasado el anuncio de contratación de más personal sanitario y de limpieza, personal administrativo, profesorado, trabajadoras de residencias. Con fondos públicos y mediante procesos contractuales que ofrezcan todas las garantías. Cada vez que alguien dice que en España hay muchos funcionarios, se muere una profesora. En cambio, si hablamos de policías o militares, funcionarios también, nunca son suficientes: la Policía Nacional ha visto crecer su presupuesto anual en un 20,81%.

—España, Españita, ¡qué cuerpo policial y militar tan grande tienes!

—¡Para curarte mejor!

Más allá de la queja cotidiana por la mascarilla (que, en ciertos empleos, es un problema serio de salud), no es menor ni banal el no poder acompañar a nuestras personas enfermas y mayores, o despedirnos de las muertas. Es surrealista que no se garantizara el derecho al voto en las elecciones gallegas y vascas a quienes dieron positivo. Es tremenda la limitación a la movilidad, donde nuestras razones para movernos son valoradas a discreción del policía o guardia civil de turno bajo el paraguas de las leyes mordazas. Espera a que saquen la vacuna y, sin ser obligatoria, te la exijan para acceder a ciertos países. ¡Eso sí que será una carambola legal levanta muros! y, encima, por tu salud, por la de todos. Es inaceptable que la infancia y la adolescencia hayan sido criminalizadas, encerradas y empantalladas, dejadas a su suerte y a las desiguales posibilidades familiares. Y es muy llamativo que hayamos asimilado un lenguaje bélico (salvoconducto, toque de queda, en primera línea…) en un Estado donde nos preocupan tan poco las guerras y sus consecuencias. Hablo de nuestra (des)memoria histórica, hablo de venta de armas a otras regiones, de negar el refugio a quienes huyen de las guerras, de Marruecos en armas contra nuestra colonia abandonada.

Sin embargo, aunque haya alguna restricción innovadora, son viejas espinas porque muchas eran parte del paisaje de nuestras ciudades y pueblos, solo que nos las veíamos, no eran para nosotras, estaban dirigidas a las personas migrantes (y no solo). Apenas podemos imaginarlas ahora que las sentimos más cerca. Tener miedo a salir a la calle por si te para la poli. Verte encerrada, sin poder generar ingresos, perdiendo redes de apoyo y abrazos, conviviendo con tu agresor. Sentir que no puedes tomar decisiones vitales, de tu ámbito íntimo, ni estar donde quieres estar: ver crecer a tus nietes, viajar para estar con tu familia, ir a ver a tu novia a su pueblo, decidir cuándo te embarazas o cuándo abortas, o ver cómo procesos burocráticos (sanitarios, judiciales, administrativos…) fundamentales para ti se quedan paralizados y sin respuesta.

Viejos dolores no solo derivados de las ausencias obligatorias, todas esas situaciones donde no puedes estar, sino también de presencias forzadas. Porque para el mercado laboral puedes ser negra, sin papeles, marroquí, no hablar castellano, vivir en la periferia, todo a la vez, y que todas tus vulnerabilidades le vengan genial para sacar adelante la temporada, para cuidar de peques y mayores, para tenerte interna desde marzo, vaya a ser que te contagies al ver a tu gente y se lo pegues al abuelo.

Un aire cada vez más turbio, en medio de esta tormenta perfecta, que, donde a nosotres nos agobia, a otres les deja sin respiro.

III.

Encuentra las respuestas en la AutoSopa:

AutoSopa, Chus

Ahí aplaudes, vigilas y te vigilan . El lugar donde recibir comida en un transporte precario . Donde nos quieren con y sin COVID . El lugar donde atender los cuidados y sustituir al cole . Donde te toca vivir con tu agresor y violador . Ahí trabajas, cobrando, sin cobrar, confinada o no, hacinadxs o no

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